viernes, 14 de marzo de 2014

EL APOCALIPSIS Y LA MISA - Scott Hahn [3 de 3]



En este capítulo Scott Hahn da razones convincentes del por qué la Iglesia nos prescribe no perdernos la Misa dominical

CAPÍTULO IV
EL RITO HACE LA FUERZA
EN QUÉ SE DISTINGUE LA MISA

[Tomado de: Scott Hahn, La Cena del Cordero, La Misa, el cielo en la tierra. Edit. Rialp, Madrid 2011 (15ª ed.) Patmos, Libros de espiritualidad]

Ir a Misa es ir al cielo, donde «Dios mismo [...) enjugará toda lágrima» (Apoc 21, 34). Pero el cielo es mucho más que eso. Es donde nos sometemos a juicio, donde nos vemos a nosotros mismos a la clara luz matutina del día eterno, y donde el justo Juez lee nuestras obras en el libro de la vida. Nuestras obras nos acompañan, cuando vamos al Cielo. Van con nosotros, cuando vamos a Misa.

Ir a Misa es renovar nuestra alianza con Dios, como en un banquete de bodas... porque la Misa es la cena nupcial del Cordero. Como en una boda, hacemos unas promesas, nos comprometemos a nosotros mismos, asumimos una nueva identidad. Somos cambiados para siempre.

Ir a Misa es recibir la plenitud de la gracia, la vida misma de la Trinidad. Ningún poder del cielo o de la tierra puede darnos más de lo que recibimos en Misa, pues recibimos a Dios dentro de nosotros mismos.
 No debemos subestimar estas realidades. En la Misa Dios nos ha dado su misma vida. No se trata simplemente de una metáfora, un símbolo o un anticipo. Tenemos que ir a Misa con ojos y oídos, mente y corazón, abiertos a la verdad que se nos presenta delante, la verdad que se eleva como incienso. La vida de Dios es un don que tenemos que recibir adecuadamente y con gratitud. Nos da la gracia como nos ha dado el fuego y la luz, que, mal usados, pueden quemarnos o cegarnos. De modo parecido, la gracia recibida indignamente nos expone a un juicio y a consecuencias mucho más graves.

En cada Misa, Dios renueva su Alianza con cada uno de nosotros poniendo ante nosotros vida y muerte, bendición y maldición. Tenemos que elegir para nosotros la bendición y rechazar la maldición, y tenemos que hacerlo desde el mismo comienzo.

DA EL GOLPE
 Desde el momento en que te encaminas a la iglesia, te sitúas bajo juramento. A1 meter los dedos en agua bendita, renuevas la alianza que comenzó con tu bautismo. Quizá te bautizaron de niño; tus padres tomaron la decisión por ti. Pero ahora, con este simple movimiento, tomas la decisión por ti mismo. Con el agua, tocas la frente, el corazón, los hombros y te santiguas en «el nombre» en el que fuiste bautizado. Este gesto envuelve tu aceptación del Credo, que tus padres aceptaron en tu nombre cuando te bautizaron. Unido a este gesto está tu rechazo de Satanás, y de todas sus pompas, y de todas sus obras.
 Haciendo esto, testificas, das testimonio, como si estuvieras en un tribunal. En un tribunal, un testigo se pone en riesgo a sí mismo, su reputación y su futuro. Si falla en decir la verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad, sabe que se enfrentará a severas consecuencias.

Tú también estás bajo juramento. No lo olvides: la palabra latina sacramentum significa literalmente « ju ramento». Cuando haces la señal de la cruz renuevas el sacramento del bautismo, renovando así tu obliga ción de vivir de acuerdo con los derechos y obligacio nes de la Nueva Alianza. Amarás a Dios con todo tu corazón, con toda tu mente, con toda tu alma y con to das tus fuerzas; amarás al prójimo como a ti mismo. Te has comprometido especialmente a decir la verdad durante esta Misa. Porque ésta es la sala de justicia del cielo; aquí Dios abrirá el libro de la vida; aquí ocuparás el estrado de los testigos. Muchas, muchas veces durante la vida dirás «Amén», palabra aramea que expresa asentimiento y estar de acuerdo: ¡Sí! ¡Así sea! ¡En verdad! «Amén» es más que una respuesta; es un compromiso personal. Cuando dices « Amén», comprometes tu vida. Por tanto, tienes que saber lo que dices.
Por eso, en la Misa no eres simplemente un espectador. Eres un participante. Tuya es la alianza que vas a renovar. Tuya es la alianza que Jesús mismo renovará, aquí y ahora.

COMIDA QUE SELLA UN PACTO
 Siempre que Dios hizo una Alianza, dio también un programa para su renovación. La Alianza no era
 solamente un acontecimiento pasado; estaba en activo, perpetuamente presente, continuamente actualizada. Habrían de pasar generaciones desde la Alianza del Sinaí; pero cada vez que los hijos de Israel renovaban esa Alianza, cada vez que celebraban la Pascua, era como si la Alianza se estuviera realizando hoy.
La Misa es nuestra perpetua renovación de la Nueva Alianza. Es un juramento solemne que haces ante innumerables testigos, como en la sala de justicia del Apocalipsis. « Por eso con todos los coros angélicos cantamos [...]». Cuando el cielo baja a la tierra, recibes el privilegio de rezar junto a los ángeles. Pero recibes también la obligación de vivir con arreglo a tus oraciones. Esos mismos ángeles te harán responsable de cada palabra que reces.
Y no sólo de lo que reces, sino de lo que oigas. Porque lo que oímos proclamar es la Palabra de Dios, y no las promesas de cualquier político a quien podemos votar «a favor» o « en contra»..Escuchamos la Palabra de Dios, y no cualquier reportaje de actualidad cuya fiabilidad podemos permitirnos poner en duda. En los tribunales de la tierra los testigos simplemente juran sobre la Biblia; en Misa juramos la Biblia. Oímos la Palabra de Dios; estaremos obligados por ella.
«Creo ea la Iglesia que es una, santa, católica y apostólica». ¿Vivimos de acuerdo con las enseñanzas de esa Iglesia sin reservas y sin excepción? Los encuestas indican que más del 90% de los católicos de los Estados Unidos, por ejemplo, rechazan la enseñanza de la Iglesia sobre el control artificial de la natalidad. Pero podemos suponer que estos mismos católicos se sitúan bajo juramento cada domingo y recitan el Credo. ¿Cuáles son las consecuencias de tan enormes falsos testimonios?
«Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden». Nosotros, que mendigamos la misericordia de Dios, ponemos esta condición para su misericordia: que perdonaremos primeramente a aquellos que nos han agraviado. Pero casi todos cargamos con algunos rencores, incluso más allá del umbral de la iglesia.
«La paz del Señor esté siempre con vosotros. Y con tu espíritu». Simbólicamente damos la paz a los que están a nuestro lado, pero ¿cuántas horas pasarán entre el final de la Misa y el primer estallido de nuestro genio?
«El Cuerpo de Cristo. Amén». ¿Con qué atención recibimos el pan de vida, al Cristo de la fe y de la historia? Si cumplimentásemos a un rey de la tierra con la misma atención, ¿cómo seríamos juzgados?
Oír la palabra de Dios. Recibir el pan de vida. Son profundos misterios; son dones increíbles; pero son también poderosos compromisos. En la Misa recibimos vida divina, poder divino, más poderoso que las mayores fuerzas de la tierra. Piensa en la electricidad, que puede alumbrar tu casa o parar tu corazón. Piensa en el fuego, que puede dar calor a tu familia o consumir una manzana de la ciudad. No son más que sombras borrosas del poder sobrenatural de Dios, que creó el fuego y formó la tierra de la nada. Si enseñamos a nuestros hijos a tratar con respeto la electricidad y el fuego, ¿con cuánto mayor respeto deberíamos tratar los misterios mismos del cielo, que nos llenan en la Comunión?

 LA VERDAD O SUS CONSECUENCIAS
No podemos excusarnos del juicio que nos atraemos cuando fracasamos en cumplir nuestro testimonio. Escucha la advertencia de San Pablo: «por tanto cualquiera que come el pan o bebe el cáliz del Señor indignamente será reo de profanar el Cuerpo y la Sangre del Señor» (1 Cor 11, 27). ¡Reos de blasfemia! No es poca cosa. Para asegurarse un sacrificio puro, los primeros cristianos confesaban sus pecados... ¡en público! Hoy en día el sacramento de la Confesión es privado y no tan oneroso. ¿Le sacamos el máximo provecho?
« Por esto es por lo que muchos de vosotros sois débiles y enfermos y algunos han muerto» (1 Cor 11, 29). No nos atrevemos a desechar esta afirmación como algo caducado o supersticioso. San Pablo sabía lo que decía y la Iglesia, aún hoy, conserva esta idea en la liturgia. La malas comuniones hacen recaer un juicio sobre nuestras cabezas. El sacerdote, antes de recibirla Comunión, dice: « no sea para mí un motivo de juicio y condenación sino que [...] me aproveche para defensa de alma y cuerpo y como remedio saludable».
Recibir la Comunión, por tanto, es recibir el cielo... o buscarse el más severo castigo. En algunas épocas y lugares, el peso de este juicio apartó a los cristianos de la Comunión durante años. Pero ésta no es la solución de San Pablo. Más que apartarse, recomienda el arrepentimiento. «Examínese el hombre a sí mismo y entonces coma del pan y beba del cáliz» (1 Cor 11, 28).
Nadie puede superar este examen. Todos somos pecadores. Nadie es digno de acercarse a Dios todo poderoso... y mucho menos de entrar en comunión con Él. Incluso San Juan, el discípulo amado y modelo de pureza y virtud, cayó maravillado cuando vio a su mejor amigo, Jesucristo, en la gloria. ¿Cómo respondemos interiormente cuando el sacerdote levanta la hostia y dice « éste es el Cordero de Dios...»?
No lo dudes: tenemos que empeñarnos en las batallas espirituales que nos conseguirán recogimiento, atención y contrición durante la Misa.

AMOR VERDADERO SIEMPRE
 Queremos la bendición de la alianza y no la maldición. Cuanto más preparados estemos para la Misa, más gracia sacaremos de ella. Y recuerda: la gracia disponible en la Misa es infinita... es toda la gracia del cielo. El único límite es nuestra capacidad para recibirla.
Esta bendición es puro poder, aunque no como el mundo entiende el poder. La gracia significa libertad, pero no como el mundo entiende la libertad. La unión con Cristo hizo a Simón Pedro más fuerte que el emperador romano Nerón, aun cuando Nerón decretase la muerte de Pedro. Pedro recibió el cielo; Nerón gobernó el mundo, pero fue consumido por sus perversiones, que crecieron cada vez más depravadas llevándole al suicidio el año 68.
La gracia compensa cada debilidad de nuestra naturaleza humana. Con la ayuda de Dios somos capaces de hacer lo que nunca podríamos hacer por nosotros mismos: a saber, amar perfectamente, sacrificarnos completamente, entregar nuestras vidas como Cristo lo hizo. No estaremos aferrados a nada de la tierra, prefiriendo en vez de eso levantarnos hacia el cielo.
Los mártires del Apocalipsis son los únicos que hablan desde el altar. Son sacramentos del sacrificio eucarístico de Cristo. En sus vidas, manifestaron la verdadera naturaleza del amor: ofrecerse uno mismo en sacrificio.
Podemos vivir este martirio dondequiera que estemos. Para ser mártires, no necesitamos viajar a países opresores anticristianos. Tan sólo necesitamos hacer las mismas cosas que hemos hecho siempre... pero haciendo, de cada uno de esos gestos, acciones, pensamientos y sentimientos, una expresión de amor al Padre, una imitación del Hijo dentro de nosotros. Eso es lo que quiere decir vivir la Misa.

HACER MARAVILLAS
 Ser misionero y mártir quiere decir restaurar todas las cosas en Cristo. Significa hacer la cena para Cristo, y por Él para el Padre y para sus hijos, que son los tuyos. Significa ir a trabajar y hacer las tareas con amistad hacia tus compañeros, y no solamente para que te suban el sueldo el próximo año o para conseguir una promoción, sino para ganar una herencia eterna.
Recuerda de nuevo las palabras del Vaticano 11: « todas sus obras, oraciones, tareas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el trabajo diario, el descanso espiritual y corporal [...], todo ello se convierte en sacrificios espirituales agradables a Dios por Jesucristo [...], que ellos ofrecen con toda piedad a Dios
 Padre en la celebración de la Eucaristía uniéndolos a la ofrenda del Cuerpo del Señor».
Toda nuestra vida está metida en la Misa y se convierte en nuestra participación en la Misa. Cuando el cielo baja a la tierra, levantamos nuestro corazón para encontrarlo a mitad de camino. Ése es el esplendor de lo ordinario: el día a día se convierte en nuestra Misa. Así es como realizamos el Reino de Dios. Cuando empezamos a ver que el cielo nos espera en la Misa, empezamos ya a llevar nuestra casa al cielo. Y empezamos ya a llevarnos el cielo a casa.
Nos convertimos en mártires, testigos de Jesucristo, cuya parusía, cuya Presencia, conocemos más íntimamente.

LA CENA ESTÁ PREPARADA
 Fuimos hechos como criaturas de la tierra, pero fuimos hechos para el cielo, nada menos. Fuimos hechos en el tiempo, como Adán y Eva, pero no para permanecer en un paraíso terrenal, sino para ser llevados a la vida eterna de Dios mismo. Ahora, el cielo ha sido desvelado para nosotros con la muerte y resurrección de Jesucristo. Ahora se da la Comunión para la que Dios nos ha creado. Ahora, el cielo toca tierra y te espera. Jesucristo mismo te dice: «mira, estoy a la puerta y llamo; si alguno escucha mi voz y abre la puerta, entraré a él y comeré con él y él conmigo» (Apoc 3, 20).

La puerta se abre ahora a la cena nupcial del Cordero

viernes, 7 de marzo de 2014

EL APOCALIPSIS Y LA MISA - Scott Hahn [2 de 3]



  CRISTO ESTÁ A LA PUERTA

 LA MISA REVELADA
[Tomado de Scott Hahn, La Cena del Cordero, Introducción]

 De todas las realidades católicas, no hay ninguna tan familiar como la Misa. Con sus oraciones de siempre, sus cantos y gestos, la Misa es como nuestra casa. Pero la mayoría de los católicos se pasarán la vida sin ver más allá de la superficie de unas oraciones aprendidas de memoria. Pocos vislumbrarán el poderoso drama sobrenatural en el que entran cada domingo. Juan Pablo II ha llamado a la Misa «el cielo en la tierra», explicando que « la liturgia que celebramos en la tierra es una misteriosa participación en la liturgia celestial»'.
 ' La afirmación de Juan Pablo II está tomada de su Discurso en el Angelus (3 de noviembre de 1996). Juan Pablo II dirigió también un «Discurso sobre la Liturgia» a los Obispos de los Estados Unidos en su visita ad limina de 1998, en el que declara: «el desafío ahora consiste [...] en alcanzar el punto exacto de equilibrio, en especial entrando más profundamente en la dimensión contemplativa del culto [...]. Esto sucederá sólo si reconocemos que la liturgia tiene dimensiones tanto locales

 La Misa es algo próximo y querido. En cambio, el libro del Apocalipsis parece lejano y desconcertante. Página tras página nos deslumbra con imágenes extrañas y aterradoras: guerras y plagas, bestias y ángeles, ríos de sangre, ranas demoníacas y dragones de siete cabezas. Y el personaje que despierta más simpatía es un cordero de siete cuernos y siete ojos. «Si esto es solamente la superficie, dicen algunos católicos, no creo que quiera ver las profundidades».
Bien, en este pequeño libro me gustaría proponer algo insólito. Mi propuesta es que la clave para comprender la Misa es el libro bíblico del Apocalipsis; y, más aún, que la Misa es el único camino por el que un cristiano puede encontrarle verdaderamente sentido al Apocalipsis.
Si te sientes escéptico, deberías saber que no estás solo. Cuando le dije a una amiga que estaba escribiendo sobre la Misa como una clave del libro del libro del Apocalipsis, se echó a reir y dijo: "¿Apocalipsis?", ¿no es esa cosa tan extraña?

Nos parece extraño a los católicos, porque durante mucho años lo hemos estado leyendo al margen de la tradición cristiana. Las interpretaciones que la mayoría de la gente conoce hoy son las que han hecho los periódicos o las listas de libros más vendidos y han sido mayoritariamente protestantes. Lo sé por experiencia propia. Llevo estudiando el libro del Apocalipsis más de  veinte años. Hasta 1985 lo estudié como ministro protestante y en todos esos años me encontré enfrascado, una tras otra, en la mayoría de las teorías interpretativas que estaban en boga o que ya estaban pasando de moda. Probé con cada llave, pero ninguna pudo ab rir la puerta. De vez en cuando oíc un clic que me daba esperanzas. Pero sólo cuando empecé a contemplar la Misa, sentí que la puerta empezaba a ceder, poco a poco. Gradualmente me encontré atrapado por la gran tradición cristiana y en 1986 fui recibido en plena comunión con la Iglesia católica. Después de eso, las cosas se fueron aclarando en mi esuio del libro del Apocalipsis. "Después tuve una visión: ¡una puerta abierta en el cielo!" (Apoc. 4, 1). Y la puerta daba a... la Misa de domingo en tu parroquia. 
En este momento, puedes   replicar que tu experiencia semanal de la Misa es cualquier cosa menos celestial. De heho, se trata de una hora incómoda, interrumpida por bebés que chillan, sosos cantos desafinados, homilías que divagan sinuosamente y sin sentido, y gente a tu alrededor vestida como si fuera a ir a un partido de fútbol, a la playa o de excursión.


 Aun así, insisto en que realmente estamos en el cielo cuando vamos a Misa, y esto es verdad en cadaMisa a la que asistimos, con independencia de la calidad de la música o del fervor de la predicación. No se trata de aprender a « mirar el lado bueno» de liturgias descuidadas. Ni de desarrollar una actitud más caritativa hacia los que cantan sin oído. Se trata, ni más ni menos, de algo que es objetivamente verdad, algo tan real como el corazón que late dentro de ti. La Misa y me refiero a cada una de las misas es el cielo en la tierra.
Puedo asegurarte que no se trata de una idea mía; es la de la Iglesia. Tampoco es una idea nueva; existe aproximadamente desde el día en que San Juan tuvo su visión del Apocalipsis. Pero es una idea que no la han entendido los católicos de los últimos siglos. La mayoría de nosotros admitirá que queremos «sacar más» de la Misa. Bien, no podemos conseguir nada mayor que el cielo mismo.
Me gustaría decir desde el principio que este libro no es un «tratado bíblico». Está orientado a la aplicación práctica de un único aspecto del Apocalipsis, y nuestro estudio está lejos de ser exhaustivo. Los escrituristas debaten interminablemente sobre quién escribió el libro del Apocalipsis, cuándo, dónde y por qué, y en qué tipo de pergamino. En este libro, no me voy a ocupar de esas cuestiones con gran detalle. Tampoco he escrito un manual de rúbricas de la liturgia. El Apocalipsis es un libro místico, no un vídeo de entrenamiento o un manual de hágalo-ustedmismo.
A lo largo de este libro, probablemente te acercarás a la Misa por nuevos caminos, caminos distintos  de los que estás acostumbrado a recorrer. Aunque el cielo baja a la tierra cada vez que la Iglesia celebra la Eucaristía, la Misa parece diferente de un lugar a otro y de un tiempo a otro. 

Donde vivo, la mayoría de los católicos están acostumbrados a la liturgia de rito latino (de hecho, la palabra «Misa» propiamente se refiere sólo a la liturgia eucarística de rito latino). Pero hay muchas liturgias eucarísticas en la Iglesia católica: ambrosiana, armenia, bizantina, caldea, copta, malabar, malankar, maronita, melquita y rutena, entre otras. Cada una tiene su propia belleza; cada una tiene su propia sabiduría; cada una nos muestra un rincón diferente del cielo en la tierra.
Investigar La cena del Cordero me ha dado nuevos ojos para ver la Misa. Rezo para que la lectura de este libro te dé el mismo don. Juntos, pidamos también un corazón nuevo para que, a través del estudio y la oración, crezcamos más y más en amor a los misterios cristianos que nos ha dado el Padre.
El libro del Apocalipsis nos mostrará la Misa como el cielo en la tierra. Ahora, sigamos adelante, sin dilación, porque el cielo no puede esperar.

[Scott Hahn, La Cena del Cordero La Misa, el cielo en la tierra, Ed. Rialp, Madrid, 2011 (15ª ed.) Patmos, Libros de espiritualidad]

viernes, 28 de febrero de 2014

EL APOCALIPSIS Y LA MISA - Scott Hahn [1 de 3]


La Misa: Clave del Apocalipsis. 
El Apocalipsis: Clave de la Misa.

"Una clave maravillosa para comprender la Misa es el libro bíblico del Apocalipsis; y, viceversa: la Misa es el único camino por el que un cristiano puede encontrarle verdaderamente sentido al Apocalipsis".
 
Sobre esta relación entre la Santa Misa y el Apocalipsis que se iluminan mutuamente ha escrito ha escrito un libro el pastorScott Hahn calvinista convertido al catolicismo. El libro se titula: “La cena del Cordero. La Misa, el cielo en la tierra”.  


Esta íntima relación entre la Misa y el Apocalipsis puede parecernos extraña a los católicos, porque durante muchos años lo hemos estado leyendo o bien oyendo leer al margen de la tradición católica. 
“Mira que estoy a la puerta y llamo:
si alguno escucha mi voz y abre la puerta,
entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo […] 
Después tuve una visión: una puerta abierta en el cielo”
(Apocalipsis 3, 20; 4,1)

"De todas las realidades católicas, no hay ninguna tan familiar como la Misa.
Con sus oraciones de siempre, sus cantos y gestos, la Misa es como nuestra casa. Pero la mayoría de los católicos se pasarán la vida sin ver más allá de la superficie de unas oraciones aprendidas de memoria. Pocos vislumbrarán el poderoso drama sobrenatural en el que entran cada domingo. Juan Pablo II ha llamado a la Misa «el cielo en la tierra»[1], explicando que “la liturgia que celebramos en la tierra es una misteriosa participación en la liturgia
Celestial”[2].
Refiriéndose a las liturgias orientales, Juan Pablo II decía que: el sentido de la liturgia es particularmente viva entre los hermanos orientales. Para ellos la liturgia es de verdad el cielo “sobre la tierra”. Es la síntesis de toda la experiencia que nace de la fe. Es una experiencia totalizante, que toca a la persona humana en su totalidad, espiritual y corpórea. Todo va dirigido, en la acción sacra, a expresar “la divina armonía y el modelo de la humanidad transfigurada”: las formas del templo, los sonidos del canto y de la música, los colores, las luces, los perfumes. La misma duración de tiempo prolongado de las celebraciones y las repetidas invcocaciones, expresan el progresivo ensimismarse de la persona en el misterio que se celebra”[3].
            En realidad, lo que sucede en la liturgia bien celebrada y bien vivida es una salida del tiempo, del cual no se nota la duración. Y ese acontecer sin duración es precisamente un pregusto de la eternidad.

viernes, 14 de febrero de 2014

SANTO, SANTO, SANTO - Dimas Antuña [2 de 3]

El Sanctus en la Misa
Por Dimas Antuña
"Podemos proyectar el Sanctus de la Misa sobre cualquiera de los dos esquemas de la revelación: sobre el de Isaías o sobre el del Apocalipsis. [Ver la entrada anterior: 07/02/2014]

Si lo proyectamos sobre el de Isaías, la Iglesia canta el Sanctus porque no tiene labios inmundos. El carbón encendido, símbolo del Espíritu Santo, tocó sus labios y fue quitada su culpa en el bautismo y limpiada de su pecado en la Cruz. "Esto" tocó tus labios, es decir, el fuego en el carbón encendido que es el Espíritu Santo de Cristo, o sea el Espíritu Santo de Dios ardiendo en la Encarnación y la Pasión y comunicado a la Iglesia en Pentecostés. Lo canta viendo ya realizada la obra de Dios, no sólo la tierra está llena de su gloria, signo de la Encarnación, sino los cielos y la tierra: Cristo ha sido glorificado.

Y pronuncia el Benedictus y la aclamación mesiánica al Rey, Señor, porque se ha cumplido aquél: ¿A quién enviaré? del Padre; y aquél ¿quién irá por nosotros? del consejo de la Trinidad. Y saluda al enviado, al que viene in Nomine Domini siendo él mismo Señor, al que viene enviado del Padre y es Uno de la Trinidad.

Y en los dos casos, ante la contemplación de la gloria que llena los cielos y la tierra y que hace prorrumpir en el Sanctus eterno, el Trisagio incesante; y ante la contemplación del Mesías, que viene en el nombre del Señor, para cumplir la obra de santificación y redención, canta: Hosanna, es decir, Dios salve en lo alto. Dios haga plenamente eficaz en nosotros su consejo eterno y no quedemos excluidos de él.

*  *  *

Y lo mismo ocurre si proyectamos el Sanctus de la Misa sobre el Sanctus del Apocalipsis. Tanto en el de la Misa como en el del Apocalipsis cantan el Sanctus no sólo los serafines (como en Isaías) sino ahora lo cantan todos: los cielos, ángeles, arcángeles, tronos, dominaciones… No sólo las llamas de fuego sino los seres vivientes llenos de ojos. Y el contenido del Sanctus de la Misa es el mismo (en cuanto al misterio) que el del Apocalipsis, pues es la glorificación del Dios Omnipotente que llena los cielos y la tierra de su gloria, el que era y el que es y que viene.

En este 'y que viene' (en vez de 'y que será') está precisamente el misterio de Cristo: el ¿a quién enviaré? y el ¿quién irá por nosotros? En ese 'y que viene', debido a ese misterio es que los cielos y la tierra están llenos de su gloria, gloria manifestada no sólo en la Creación sino también en la Economía, en la deificación.

Y debido a ese 'y que viene' y mientras viene y según viene, y 'hasta que venga' donec veniat, hasta que venga en gloria y majestad, plena y definitivamente, la Iglesia anta el Benedictus que es la aclamación mesiánica, el deseo de la recepción del misterio. Y canta el Hosanna, deseo de que el tal misterio sea efectivamente para nosotros que lo recibimos, es decir, que no seamos excluidos de él por falta de fe, de vigilancia y de amor.

La Iglesia canta el Sanctus de la Misa asociándose al Sanctus eterno de los cielos, entre las dos venidas: entre la venida del que vino en carne mortal, que el Padre envió y la Iglesia aclama en el Benedictus, y la venida que esperamos como manifestación en gloria y majestad de su venida primera, y que mostrará que 'el enviado' era Dios mismo, era uno de los Tres, era el Dios que era y que es, y que viene: Santo y a la vez Emmanuel".
Dimas Antuña

Estimado visitante, lo invito a escuchar el Sanctus de la Misa en estos videos
El primero es el de la misa solemne en la elección del Papa Francisco
http://youtu.be/Czxn7AYVkDc

viernes, 7 de febrero de 2014

SANTO, SANTO, SANTO - Dimas Antuña [1 de 3]

La Visión de Isaías se cumple con la venida de Cristo. En la Santa Misa, la Iglesia hace profesión de ello en el Prefacio acoplando el Trisagio de Isaías (Santo Santo Santo) con el Bendito el que viene y el Hosanna. Dimas Antuña, el grande e ignorado mistico de la Eucaristía nos lo hace contemplar en la siguiente meditación.

SANCTUS,  SANCTUS, SANCTUS
En Isaías, en el Apocalipsis en la Misa
Por Dimas Antuña

"El Sanctus de Isaías no es el Sanctus del Apocalipsis. Y ni el uno ni el otro es el Sanctus de la Misa. ¡Pero en los tres está el mismo misterio! Profetizado por Isaías, realizado en el Apocalipsis, 'sacramentado' en la Misa. Y en los tres el misterio es éste: Primero: la confesión de la santidad de Dios; segundo: la de su venida santificadora.

En los tres el triángulo es idéntico: Santo, Santo, Santo.
En Isaías: Sanctus, Sanctus, Sanctus, Dominus Deus exercituum.
Plena es omnis terra gloria eius.
En el Apocalipsis: Sanctus, Sanctus, Sanctus, Dominus Deus omnipotens,
Qui erat, et qui est, et qui venturus est.
En la Misa : Sanctus, Sanctus, Sanctus, Dominus Deus Sabaoth
Pleni sunt coeli et terra gloria tua, Hosanna in excelsis
Benedictus qui venit in Nomine Domini, Hosanna in excelsis.

*  *  *

El canto de los serafines revela la santidad de Dios: Sanctus, Sanctus, Sanctus. Pero cuando queda purificado – tetigit hoc labia tua: 'esto tocó tus labios – y puede oír, no ya a los ángeles, sino a Dios mismo en su silencio divino, oye el: Quem mittam? Et quis ibit nobis?,  '¿A quién enviaré? ¿Y quién irá de parte nuestra?'
Dios sólo revela su santidad para santificarnos.

*  *  *

El Sanctus en Isaías
En Isaías, a la confesión por los serafines de la santidad y trascendencia de Dios, siguen dos efectos; uno cósmico, el otro moral. El efecto cósmico: se estremecen los quiciales de las puertas y la casa se llena de humo. El efecto moral: el ¡ay! del profeta que reconoce su miseria.

Dije: ¡Ay de mí! que soy muerto: que siendo hombre inmundo de labios y habitando en medio de un pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Señor de los ejércitos. Vae mihi! Quia tacui! Quia vir pollutus labiis sum et in medio populi polluta labia habentis ego habito et Regem, Dominum excercituum vidi oculis meis!

En entonces "voló hacia mí uno de los serafines teniendo en su mano un carbón encendido, tomado del altar con unas tenazas y tocó con él mis labios y dijo: Ecce, tetigit hoc labia tua et auferetur iniquitas tua et peccatum tuum mundabitur: 'Mira, esto tocó tus labios y es quitada tu culpa y limpio tu pecado'.

Después oí la voz del Señor que decía: Quem mittam et quis ibit nobis? '¿A quién enviaré y quién irá por nosotros?' Entonces respondí: Ecce ego, mitte me, 'Heme aquí, aquí estoy, envíame'.

*  *  *
En Isaías la alabanza cósmica que los cielos presentan a Dios estremece los quiciales de las puertas del Templo: a esa voz los quiciales se estremecen. Y cuando el serafín purifica al profeta (que no puede unirse al Sanctus eterno porque halla tener labios inmundos y porque su pueblo los tiene igualmente[1]) el profeta oye la consecuencia de ese canto, es decir, lo que estaba en Dios, lo que los serafines que cantan el Sanctus ven en él, y debido a eso lo cantan ¿qué es lo que ven? ven el designio santificador:
"¿A quién enviaré y quién irá por nosotros?"

Quem mittam? Voz del Padre: et quis ibit nobis? Consejo de la Trinidad: ¿quién irá de nosotros? ¿quién irá por nosotros? El que vaya será el Enviado. El que vaya será recibido como enviado: Benedictus qui venit in Nomine Domini, 'Bendito el que viene en el nombre del Señor'. Tal es la realización histórica.

*  *  *

El Sanctus en el Apocalipsis
Y por eso el Apocalipsis canta el Sanctus eterno a 'El que era y que es y que viene' y llama al Señor no sólo Deus Sabaoth, Señor de los Ejércitos (nombre del Creador) sino Señor Dios Omnipotente, porque está al cabo de toda la obra de Dios, tanto de la Creación, como de la Economía[2].

Esta es la obra máxima, la que continuamente exige que se recuerde la Omnipotencia como lo hace el Ángel a María: 'Ninguna cosa es imposible para Dios'. Y como lo dice Cristo: 'Para Dios todo es posible, para el que cree todo es posible'.
[Continúa en una próxima entrada]



[1] Nota del editor: Para profesar la santidad divina es necesario tener labios puros y corazón puro.
[2] La Economía salvífica, santificadora