viernes, 26 de febrero de 2010

EN EL AÑO SACERDOTAL (2 de 4)
MEDITACIONES DE CUARESMA

SAN PEDRO A LOS PASTORES:
“NO MANDONEAR, DAR EJEMPLO”


Estoy exponiendo en estos cuatro viernes de Cuaresma, la lectura comentada de un texto de la Primera carta de Pedro: 4,19 - 5, 4, con la finalidad de mostrar que según San Pedro, para ser un buen presbítero hay que empeñarse en ser un buen cristiano. Y, dado que ser cristiano es vivir de cara al Padre como Hijo, para pastorear a los hijos, hay que ser, uno mismo, un buen hijo de Dios, que espeje en sí mismo la filialidad del Hijo y sea, con el ejemplo, modelo de filialidad, como lo es Jesucristo y lo fueron Pedro y Pablo. El Obispo y el sacerdote gobiernan como hermanos mayores, con el ejemplo de hermano mayor, es decir, de hijo mayor, que viven tomando ejemplo del Primogénito entre muchos hermanos: Jesucristo. Decía San Agustín: "para vosotros soy obispo, con vosotros soy cristiano". Nosotros podríamos glosarlo así: "Para vosotros puedo ser Padre, porque con vosotros anhelo y me empeño en ser hijo como el Hijo". No podemos ser pastores, guardianes, defensores y nutridores del alma de nuestros fieles si no los presidimos, encabezamos, guiamos, alimentamos y defendemos en su fidelidad, en su condición de hijos. Cuanto mejores hijos somos, tanto mejores Padres resultamos.

Lectura de la primera carta de Pedro

4,19 Así que, los que padecen según la voluntad de Dios, pongan sus almas en manos de su fiel Creador sin dejar de obrar el bien. 5, 1 A los presbíteros, pues, de entre vosotros, les exhorto yo, el con-presbítero y testigo de los sufrimientos de Cristo y también el copartícipe de la gloria que está próxima a manifestarse.
2 Apacentad la grey de Dios que os está encomendada, vigilando, no forzados, sino espontáneamente, según Dios; no por mezquino afán de ganancia, sino generosamente;
3 ni como enseñoreándose de la suerte confiada, sino engendrados [Vulg.: ex animo, dócilmente] como modelos de la grey. 4 Y cuando aparezca el Pastor supremo, recibiréis la corona de gloria que no se marchita. De igual manera los menores sujetáos a los mayores. Y todos revestíos de sentimientos de humildad”
(1ª Pe 4,19 - 5, 5a).

lunes, 22 de febrero de 2010

EL LENGUAJE DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS (1 de 5)

POR QUÉ A DIOS LO LLAMAMOS "LUZ"
Santo Tomás de Aquino

Ilustración: Gustavo Doré,
El Paraíso de La Divina Comedia de Dante


Como nosotros llegamos al conocimiento de lo inteligible partiendo de lo sensible, por eso trasladamos incluso los nombres del conocimiento sensible al inteligible, y principalmente los que pertenecen a la vista, porque es el más alto y espiritual entre los demás sentidos y, en consecuencia, el más afín al entendimiento; ésta es la causa de que se llame “visión” al mismo conocimiento intelectual. Y como la visión corporal sólo se realiza mediante la luz, todo cuanto perfecciona al conocimiento intelectual recibe también el nombre de “luz”; [...]

viernes, 19 de febrero de 2010

EN EL AÑO SACERDOTAL (1 de 4)
MEDITACIONES DE CUARESMA

SAN PEDRO A LOS PRESBÍTEROS:
"NO MANDONEAR...
dar ejemplo siendo modelos de la grey".
Hermanos mayores
que enseñan con su vida
a vivir como hijos del Padre celestial


Expongo en cuatro entradas que aparecerán éste y los siguientes viernes de cuaresma, la lectura comentada de un texto de la Primera carta de Pedro: 4,19 - 5, 4.
Según San Pedro, para ser un buen presbítero hay que empeñarse en ser un buen cristiano.
Y, dado que ser cristiano es vivir de cara al Padre, como Hijo, para pastorear a los hijos, hay que ser, uno mismo, un buen hijo de Dios, Para espejar en sí mismo la filialidad del Hijo. Ser así, con el ejemplo, modelo de filialidad, como lo es Jesucristo y lo fueron Pedro y Pablo.
El Obispo y el sacerdote gobiernan como hermanos mayores: con el ejemplo de hermano mayor.
Se es hermano mayor por ser hijo mayor. Los hijos mayores, a su vez, viven tomando ejemplo del “Primogénito entre muchos hermanos”: Jesucristo.

No podemos ser pastores, guardianes, defensores y nutridores del alma de nuestros fieles si no los presidimos, encabezamos, guiamos, alimentamos y defendemos en su fidelidad, en su condición de hijos.
Cuanto mejores hijos somos, tanto mejores Padres resultamos.

Nuestro ministerio pastoral será tanto más eficaz espiritualmente, nuestra predicación sucederá tanto más en ostentación de poder, cuanto más y mejor vivamos nuestra condición filial, dejándonos engendrar por el Padre.

Decía San Agustín: "para vosotros soy obispo, con vosotros soy cristiano". Nosotros podríamos glosarlo así: "Para vosotros puedo ser Padre, porque con vosotros anhelo y me empeño en ser hijo como el Hijo".

lunes, 15 de febrero de 2010

SOBRE LAS PARÁBOLAS 4ª DE 4

Semilla y Palabra de Dios
No se exagerará la importancia de la "parábola del sembrador" que encierra, de algún modo, el secreto del género. En efecto. Jesús presenta esta parábola como la clave de interpretación de todas las parábolas y condiciona la comprensión de todas las demás a la intelección del sentido de ésta. "¿No comprendéis esta parábola? Entonces, ¿cómo entenderéis todas las parábolas?" (Marcos 4, 13).
Se trata de que el divino Sembrador sigue sembrando su Palabra y de que ésta sigue dando fruto de amor a Dios en muchos de los hombres alcanzados por ella: en los que la reciben con fe.

jueves, 11 de febrero de 2010

SOBRE LAS PARÁBOLAS 3ª DE 4

El modelo patrístico fiel al evangelio

En un tiempo como éste, conviene volver a los Santos Padres y tomarlos como modelo del comentario de las Parábolas para ponernos de nuevo sobre las huellas de aquélla exégesis mistagógica capaz de saciar el apetito de los fieles con el buen pan de los misterios cristianos y de embriagarlos en el Espíritu.

Así lo ha hecho en Argentina el Padre Alfredo Sáenz en ocho volúmenes publicados por la Editorial Gladius, Buenos Aires, presentando la interpretación de las parábolas evangélicas por los santos Padres.

La interpretación de los Santos Padres nos cautiva

jueves, 4 de febrero de 2010

SOBRE LAS PARÁBOLAS 2ª DE 4

LUZ Y FUERZA

La Palabra divina tiene un aspecto luminoso, intelectual y otro dinámico, que mueve la voluntad al amor y a la acción, al cambio de vida. Ambos íntima e inseparablemente unidos. “Dijo Dios y sucedió así”; enseña y transforma; dice y engendra.

La predicación, como ministerio de la Palabra divina, debe reflejar esa perfección. Si le falta la fuerza, la enseñanza se queda en gnosis vana. De alguna manera recae en ley: pone de manifiesto el pecado, pero no da fuerza para la virtud.