
Centro Ecuménico Diego de Medellín – Sgo. Chile
y de Agenda Latinoamericana,
Abril 2008 [Colección Tiempo Axial]
Traducción al castellano de un original alemán inédito
por Manuel Ossa
La obra de este jesuita belga, actualmente párroco en una aldea de montaña en Austria, se inscribe en el universo mental y emocional de la ideología gnóstica modernista, del progresismo secularista. Opone a la realidad concreta de la Iglesia católica, [a su dogma, a su magisterio, a sus formas concretas de culto y predicación y al “fiel católico” concreto], las objeciones de un mundo mental y emocional que les es visceralmente adverso y espeja el perfil del fanatismo anticatólico de cuna protestante.
La ideología progresista de origen católico, se configura oponiéndole a la Iglesia católica histórica, como ya lo hicieron muchos,una utopía cristiana que sería, esa sí, por fin, aceptable para el “hombre de hoy”, el “hombre moderno”.
El espíritu rupturista de la oposición a la Iglesia histórica procede aboliendo los usos bajo pretexto de corregir los abusos. Es la misma forma de pensar de las revoluciones francesa, soviética, mayofrancesa del 68 y de todas las ideologías abolicionistas de cualquier orden bajo pretexto de corregir sus desórdenes.
El autor es un típico exponente del jesuita europeo, flamenco, secularizado.
Es perceptible en esta obra, la impregnación del espíritu de acedia propio de la corriente en que navega el autor; a la que pertenece y que se delata en el ánimo acusatorio hacia la realidad eclesial católica que él considera que debe ser abolida y reemplazada por otra, mediante una revolución en la Iglesia.
Estamos ante una obra de divulgación en la que el autor se ahorra demostraciones y se contenta con repetir acusaciones y slogans
de un anticatolicismo que se presenta como católicismo celoso. El género es tan viego como las "Reflexiones autocríticas sobre el catolicismo" (Nova Terra, 1966).
El autor no explicita sus fuentes bibliográficas ni cita autores pero se nutre de pensadores que han conocido gran difusión en Europa. La impronta de los pensadores modernistas y en particular de Bultmann, es evidente.
Su pensamiento se inscribe en la escuela del pensamiento modernista, convertido hoy en sentido común. Por ser divulgador. Por el hecho de que repite un pensamiento que se ha convertido en gran medida en sentido común, no se muestra capaz de criticar sus propios principios ni sus presupuestos, de los que apenas parecen consciente. La ideología modernista no le permite percibir nada más que defectos en la realidad eclesial al estilo de las propuestas "otra Iglesia es posible".
Los pensadores modernistas se presentaron siempre como inquietos por hacer compatible el mensaje eclesial con el pensamiento y la sensibilidad del “hombre moderno”. El propósito modernista de lograr una presentación del evangelio aceptable para el hombre de hoy, lícita en sí, da lugar sin embargo a la amputación del mensaje, a la medida de lo que contenga de “aceptable para el hombre de hoy”.
La propuesta la formuló Bultmann con su programa de desmitologización de los contenidos de la revelación cristiana. Esta maestro del pensamiento modernista, propuso que, para hacer aceptable al hombre moderno el mensaje cristiano, era necesario purificarlo de sus contenidos míticos.
En los hechos, tal como se aplicó en las comunidades eclesiales protestantes, esta subordinación de la verdad doctrinal a la finalidad pastoral de la aceptabilidad, dio lugar a la autodisolución y a la descristianización del cristianismo.
No obstante eso, el P. Lenaers vuelve a proponer una receta que, manifiestamente, fue incapaz de atraer a la fe cristiana al hombre moderno europeo, sino que, por el contrario, contribuyó a la masiva pérdida de la fe de pastores y creyentes, devastando las comunidades eclesiales protestantes y también al pueblo católico.
No es extraño que el libro no haya encontrado editor en Europa de habla Alemana, donde este tipo de discurso pastoral ha tenido ya su ocaso hace décadas, puesto que ya no es necesario pensar en lo que se practica espontáneamente y donde es redundante repetir lo que es “de sentido común”. Es el mismo discurso que se oía en Holanda, Bélgica, Alemania y Francia hace cincuenta años, en la década del sesenta.
Lo extraño es que lo que se ha demostrado como un discurso destructivo de la fe en la Iglesia en Europa se nos vuelva a proponer ahora como una novedad, y como una nueva forma posible de cristianismo, como una promesa de éxito para la Iglesia católica en América Latina,.
Es llamativo también que se encargue de difundirlo en América Latina la editorial, de la Congregación salesiana, Abya Yala, en el Ecuador. Esta editorial, fundada en 1986 se dedica a temas indigenistas y está cercana a la “teología india” que es sucesora de la “teología de la liberación”. Abya Yala ha publicado más de 1600 títulos de autores y sobre temas indígenas. Y esto solamente se explica por una convergencia en la crítica anticatólica de corrientes aparentemente muy lejanas entre sí, pero emparentadas por una hostilidad común.
Es propio de estas corrientes de pensamiento el sentimiento anticatólico y la crítica, la inculpación al catolicismo, aún sobreviviente, de ser el culpable de extinguir la religiones precolombinas, y de la descristianización actual europea, debido a su presunto "empecinamiento conservador", por el que sigue presentando un kerygma y practicando un culto inaceptable para el hombre de hoy.
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El intento de sacrificar el evangelio para extender el evangelio es de siglos.
“Si esta es la verdad ¿por qué no la aceptan todos?” se preguntó en el siglo XIX el metodista uruguayo Celedonio Nin y Silva. Y la pregunta lo impulsó a difundir en múltiples tomos la reducción racionalista del cristianismo, que presuntamente sería aceptable para todos, por ser puramente racional. En el fondo fue, en Uruguay un repetidor de los realizadores del proyecto de Kant, quien había propuesto “una religión dentro de los límites de la pura razón”. Es decir “aceptable para todos”.
El libro del Padre Roger Lenaers está en oposición, ya desde el título y desde sus propustas, con el paulino: una sola fe puesto que propone otra que se exprese en el lenguaje de la modernidad.
El criterio de discernimiento paulino “Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre” (Efesios 4,5) descalifica directamente el proyecto de este libro. O mejor dicho, a la inversa, este libro va directamente en contra del paradigma eclesial paulino.
Tanto a él como a los que han aprobado su publicación, lo han traducido y lo han publicado, se les aplica también la advertencia a los Corintios: “Pero temo que como la serpiente con su astucia engañó a Eva, vuestros sentidos sean de alguna manera extraviados de la sincera fidelidad a Cristo. Porque si viene alguno predicando a otro Jesús que el que os hemos predicado, o si recibís otro espíritu que el que habéis recibido, u otro evangelio que el que habéis aceptado, bien lo toleráis” (2 Corintios 11: 3, 4).
San Pablo enfrentaba algo parecido al intento de Lenaers y de sus maestros, y de todos los que quieren cortar el evangelio a la medida de la aceptación de los hombres, cuando escribió a los Gálatas: “Estoy asombrado de que tan pronto os estéis apartando del que os llamó por la gracia de Cristo, para ir tras un evangelio diferente. No es que haya otro evangelio, sino que hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo. Pero aun si nosotros mismos o un ángel del cielo os anunciara un evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema. Como ya lo hemos dicho, ahora mismo vuelvo a decir: Si alguien os está anunciando un evangelio contrario al que recibisteis, sea anatema. ¿Busco ahora convencer a los hombres, o a Dios? ¿Será que busco agradar a los hombres? Si yo todavía tratara de agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo” (Gálatas 1, 6-10).
Como los autores modernistas, también Lenaers, repito, quiere hacer aceptable el evangelio con el propósito de convertirlos. Pero, leyendo a estos autores, surge la duda y se impone la sospecha: ¿es que realmente creen?
Si creyeran advertirían que lo que intentan a toda costa es convertir el evangelio a los hombres y no los hombres al evangelio. ¿Cómo podrían predicar la fe los que no creen y, sin embargo, se creen ser los verdaderos creyentes por lo que sienten aversión por ellos?
Los dichos de Pablo nos persuaden de que esa situación espiritual no es nueva. No sólo es necesario predicar el evangelio. Es necesario también no escandalizarse por el rechazo de la predicación. Y también conviene leer la primera carta de Juan, para persuadirse que no todos los que se dicen creyentes lo son.
Es llamativo que Roger Lenaers formule una propuesta de “Otro cristianismo posible y de una fe en lenguaje de la modernidad”, pero que no haya ido a ofrecerla en las ciudades y parroquias secularizadas de la Europa postcristiana, donde presumiblemente, debería encontrar aceptación y convertir a muchos.
Por el contrario, ha ido a predicar a una parroquia de católicos aldeanos tradicionales. Es allí, donde aparentemente, puede tener alguna audiencia este lenguaje de “fe” en clave de modernidad y esta propuesta de otro cristianismo posible. Esto hace pensar que, desde el punto de vista pastoral y misionero, esta ideología es consciente de su propia esterilidad. Y que su eficacia se limita a la, muy triste y deletérea, de confundir a los que aún son creyentes, con una propuesta pseudocristiana. Este discurso inicuo sólo puede prosperar destruyendo la fe donde todavía existe. No es un discurso pastoral constructivo sino demoledor. Y lo peor es que a los que hace apostatar, habiéndolos persuadido y apartado de la fe, para imbuirlos de esa ideología de temas cristianos, los considera los verdaderos cristianos, les extiende un certificado de auténticos creyentes, menospreciando en el mismo acto, la fe de los fieles.
El Padre Lenaers repite (ad satietatem para quien ya los conoce) los lugares comunes de la gnosis modernista.
En el capítulo segundo, por ejemplo, muestra su afiliación al discurso relativista, en particular al relativismo histórico y del lenguaje. Su relativismo apunta a relativizar el mensaje revelado y su trasmisión por la predicación de la Iglesia. Asoma la cabeza allí el rechazo modernista de la revelación histórica. Siendo todo lo histórico relativo, también la revelación histórica es relativa y lo que hubiera dicho Dios en ella, suponiendo que dijo algo, no podría ser vinculante para todos los tiempos. Pero junto con el mensaje, se rechaza a la Iglesia católica que lo trasmite.
Ese es el camino por donde se aparta de la revelación histórica y le niega el asentimiento de fe, el pensamiento modernista. Sin embargo, la que el modernismo descalifica como incompatible con la racionalidad moderna, es la única fe válida para el fiel católico. Cuando Dios habla, su palabra es válida para todos los tiempos y para todos los “paradigmas” [término predilecto del relativismo teológico] de pensamiento, y para todos los sistemas de axiomas. Jesucristo es y será Alfa y Omega. Y la Nueva Era de Acuario, pretenderá en vano suprimir la Era del Pez
¡Por supuesto que, la Palabra hecha carne, seguirá siendo la Palabra de Dios perfecta, solamente para todos los que no se cierren programáticamente a creer en ella!
Lenaers practica a cada paso cabriolas argumentales metódicamente incorrectas. Una de ellas consiste en que transfiere indebidamente afirmaciones verdaderas acerca de la certeza de las ciencias geométricas y matemáticas a la certeza, muy diversa, de la fe a la revelación histórica. Véase lo que afirma: “Todo depende [en el sistema de Euclides] del axioma de donde se parte. Y esta elección es libre. La corrección de los artículos de la fe, también es relativa” (p.28). ¡Salto mortal! Lógicamente inaceptable.
Sin embargo, tras este argumento falso de toda falsedad, se escuda Lenaers: “de la falsa apreciación de que las ideas de este libro son una ilación ininterrumpida de herejías”. Falso es ya el argumento en que se escuda. Y en la medida en que la suya es una obra que repite los errores modernistas, se le aplica con toda verdad, a pesar de sus protestas en contrario, la afirmación de San Pío X, que considera al modernismo “el compendio de todas las herejías” (Pascendi 38)..
Cada ciencia tiene sus principios. La teología tiene los suyos, que son los misterios revelados por Dios y recibidos por la fe. Y según son sus principios es la certeza de cada una.
La argumentación de Lenaers a partir de sus afirmaciones sobre la relatividad del lenguaje, se apartan de las claras afirmaciones de que, entre lo que anuncia la Iglesia, lo que anunció Jesucristo y lo que revela Dios, existe una continuidad que no caduca con los cambios de época, pues es una palabra de Dios revelada a los hombres para todos los siglos y a cuyo sentido se tiene acceso por la asistencia histórica del Espíritu Santo.
Lenaers ignora esta perspectiva, que Cristo, además de haber vivido en un momento histórico, es el Señor de todos los siglos y el Alfa y Omega.
Contra el relativismo que repite Lenaers, hay que recordar que Jesús envía a sus apóstoles a anunciar lo mismo que él anunció (Mateo 28). Que los envía como el Padre lo envió a Él (Juan 20). Y que el Padre, que de muchas maneras habló en el pasado a los hombres, en los últimos tiempos nos habló en su hijo (Hebreos 1).
Para saber lo que Dios nos ha querido revelar, enseña la Iglesia, es necesario investigar diligentemente lo que los autores sagrados dijeron y quisieron decir según los modos de hablar de su tiempo, pero en el mismo Espíritu con que ellos fueron inspirados, según el contexto de toda la Escritura, de la tradición y de la analogía de la fe, que es, para el Concilio, la única válida, la católica (Dei Verbum 12). (Véase también la Instrucción Dominus Jesu).
Lo que se aparta de estas enseñanzas se aparta de la fe de la Iglesia. La argumentación de Lenaers, conscientemente o no, se ubica en el contexto del discurso modernista que es el padre del discurso de la Nueva Era.
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Por fin: esta obra de Lenaers pertenece al mismo contexto de pensamiento que las de Juan Luis Segundo, que he analizado pormenorizadamente en “Teologías Deicidas. El Pensamiento de Juan Luis Segundo en su contexto” (Ediciones Encuentro, Madrid, 2000 1ª Edición. Segunda edición en Editorial Lulú, 2011 http://stores.lulu.com/).
En esta obra muestro la existencia de ese contexto y bosquejé los rasgos de esa ideología modernista, rasgos que son en ella claramente discernibles.
Sería ocioso repetir aquí el análisis de sus características, que son las del pensamiento gnóstico y modernista.
Si esta obra produce cierta perplejidad en el creyente, se debe a lo que tan agudamente expresó el Padre Le Guillou y yo aplicaba al pensamiento de Juan Luis Segundo en la introducción a Teologías Deicidas:
“El pensamiento gnóstico moderno ha sido bien descrito y estudiado. Sus representantes se apartan de la organicidad propia de la verdad cristiana. Toman prestados de la fe su lenguaje y sus temas, pero para entenderlos a su manera. Aunque no crean en todos los artículos del Credo revelado, sin embargo utilizan en su discurso un cierto número de ellos. Ante ese discurso, el creyente experimenta un cierto malestar. Siente que los objetos de la fe están como deportados, descentrados en relación con la verdad orgánica del dogma, que por ello entran en contradicción unos con otros y que, en ese contexto, no se puede mantener la síntesis orgánica. Y es que los gnósticos no están determinando sus convicciones por la fe teologal. Formalmente, el motivo de su «fe» es una convicción humana (juicio de valor, opción estética, filosófica, ética o política, opción ideológica), no el efecto de un descubrimiento de la Revelación de Dios, de una adhesión obediente y amorosa a su Persona. El gnóstico cree por toda una serie de razones, excepto por la única razón que en definitiva puede ser determinante para la fe: que Dios ha querido revelarse tal como es. Los gnósticos modernos comienzan en general con una apologética que quisiera ofrecer a los hombres una fe «creíble». Pero al situar los elementos del cristianismo en una perspectiva radicalmente extraña a la visión propia de la fe, los pervierten. Los separan de la estructura original que los sostiene y les da sentido. Al hacer esto no reconocen la especificidad de la Revelación cristiana y despedazan su organicidad.
[M. J. Le Guillou, El Misterio del Padre. Fe de los Apóstoles. Gnosis actuales, Encuentro, Madrid 1998. Original francés Arthème Fayard, Paris 1973. Ver pp. 42-43].
No se puede terminar este comentario de una enésima obra demoledora de la fe católica, que ha pasado todos los filtros, y aparece con todas las “bendiciones”, sin volver a hacerse la reflexión que se hacía un reseñista propósito de la desidia culpable o cómplice de los censores con las obras de Juan Luis Segundo:
“A pesar de que este libro cuenta con el imprimatur del Obispo y el Nihil Obstat del Provincial de la Orden a la que pertenece el autor, estamos ante el proyecto de una 'nueva religión', resultado de una mezcla de pelagianismo, protestantismo, racionalismo, modernismo, marxismo, progresismo. Se trata de una nueva religión, con un nuevo dogma y una nueva moral, ajena a la Iglesia de siempre” [¡Otro cristianismo también es posible” proclama Lenaers!] [Carlos Saraza, Reseña de Liberación de la Teología, en Mikael (1978), n. 17, pp. 119-136, cita en pp. 135-136]
Y la reflexión de Saraza, vuelve hoy como un eco que no cesa de repetirse, a evocarme el asombro con que concluía el último capítulo de Teologías deicidas:
“Al culminar este reexamen, informe crítico y evaluación, se comparte el asombro de este reseñista [Saraza, a quien cité antes] y la misma pregunta acerca de cómo pudo suceder que los censores diocesanos y de la Orden hayan sido insensibles para detectar los errores y la naturaleza gnóstica y modernista del pensamiento de Juan Luis Segundo vertido en sus obras, —advertidos y señalados sin embargo por obispos y teólogos—, y se haya tolerado que se publicasen, munidas de licencias que los legos interpretan, con razón, puesto que deberían serlo, como certificados de salubridad doctrinal y hasta como una implícita recomendación de la obra. Este caso [¡y hoy el de Lenaers!] cuestiona la eficacia de la institución misma de la censura tal como está funcionando hoy de hecho. El daño que han producido estas obras está por medirse aún. Y aún cuando pudiera medirse parece que ya no puede remediarse como exigiría la justicia” [Teologías Deicidas, p. 334]
Recalco: ¡LA FE Y LA JUSTICIA! Porque es de justicia enseñar la verdad, y es gravísima injusticia enseñar el error, o tolerar que se enseñe cuando se tiene poder para impedirlo. Y si esto es grave en cualquier disciplina del saber, lo es mucho más cuando está en juego la verdadera doctrina de la fe, de la que depende la salvación eterna, y cuya extensión y defensa es fin primario de la Compañía de Jesús, según la Fórmula del Instituto.
[Comenté esta obra, a pedido del entonces Padre Provincial Juan José Mosca,Jueves santo, 9 de abril 2009]
Sobre Roger Lenaers informa Wikipedia.
El autor no explicita sus fuentes bibliográficas ni cita autores pero se nutre de pensadores que han conocido gran difusión en Europa. La impronta de los pensadores modernistas y en particular de Bultmann, es evidente.
Su pensamiento se inscribe en la escuela del pensamiento modernista, convertido hoy en sentido común. Por ser divulgador. Por el hecho de que repite un pensamiento que se ha convertido en gran medida en sentido común, no se muestra capaz de criticar sus propios principios ni sus presupuestos, de los que apenas parecen consciente. La ideología modernista no le permite percibir nada más que defectos en la realidad eclesial al estilo de las propuestas "otra Iglesia es posible".
Los pensadores modernistas se presentaron siempre como inquietos por hacer compatible el mensaje eclesial con el pensamiento y la sensibilidad del “hombre moderno”. El propósito modernista de lograr una presentación del evangelio aceptable para el hombre de hoy, lícita en sí, da lugar sin embargo a la amputación del mensaje, a la medida de lo que contenga de “aceptable para el hombre de hoy”.
La propuesta la formuló Bultmann con su programa de desmitologización de los contenidos de la revelación cristiana. Esta maestro del pensamiento modernista, propuso que, para hacer aceptable al hombre moderno el mensaje cristiano, era necesario purificarlo de sus contenidos míticos.
En los hechos, tal como se aplicó en las comunidades eclesiales protestantes, esta subordinación de la verdad doctrinal a la finalidad pastoral de la aceptabilidad, dio lugar a la autodisolución y a la descristianización del cristianismo.
No obstante eso, el P. Lenaers vuelve a proponer una receta que, manifiestamente, fue incapaz de atraer a la fe cristiana al hombre moderno europeo, sino que, por el contrario, contribuyó a la masiva pérdida de la fe de pastores y creyentes, devastando las comunidades eclesiales protestantes y también al pueblo católico.
No es extraño que el libro no haya encontrado editor en Europa de habla Alemana, donde este tipo de discurso pastoral ha tenido ya su ocaso hace décadas, puesto que ya no es necesario pensar en lo que se practica espontáneamente y donde es redundante repetir lo que es “de sentido común”. Es el mismo discurso que se oía en Holanda, Bélgica, Alemania y Francia hace cincuenta años, en la década del sesenta.
Lo extraño es que lo que se ha demostrado como un discurso destructivo de la fe en la Iglesia en Europa se nos vuelva a proponer ahora como una novedad, y como una nueva forma posible de cristianismo, como una promesa de éxito para la Iglesia católica en América Latina,.
Es llamativo también que se encargue de difundirlo en América Latina la editorial, de la Congregación salesiana, Abya Yala, en el Ecuador. Esta editorial, fundada en 1986 se dedica a temas indigenistas y está cercana a la “teología india” que es sucesora de la “teología de la liberación”. Abya Yala ha publicado más de 1600 títulos de autores y sobre temas indígenas. Y esto solamente se explica por una convergencia en la crítica anticatólica de corrientes aparentemente muy lejanas entre sí, pero emparentadas por una hostilidad común.
Es propio de estas corrientes de pensamiento el sentimiento anticatólico y la crítica, la inculpación al catolicismo, aún sobreviviente, de ser el culpable de extinguir la religiones precolombinas, y de la descristianización actual europea, debido a su presunto "empecinamiento conservador", por el que sigue presentando un kerygma y practicando un culto inaceptable para el hombre de hoy.
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El intento de sacrificar el evangelio para extender el evangelio es de siglos.
“Si esta es la verdad ¿por qué no la aceptan todos?” se preguntó en el siglo XIX el metodista uruguayo Celedonio Nin y Silva. Y la pregunta lo impulsó a difundir en múltiples tomos la reducción racionalista del cristianismo, que presuntamente sería aceptable para todos, por ser puramente racional. En el fondo fue, en Uruguay un repetidor de los realizadores del proyecto de Kant, quien había propuesto “una religión dentro de los límites de la pura razón”. Es decir “aceptable para todos”.
El libro del Padre Roger Lenaers está en oposición, ya desde el título y desde sus propustas, con el paulino: una sola fe puesto que propone otra que se exprese en el lenguaje de la modernidad.
El criterio de discernimiento paulino “Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre” (Efesios 4,5) descalifica directamente el proyecto de este libro. O mejor dicho, a la inversa, este libro va directamente en contra del paradigma eclesial paulino.
Tanto a él como a los que han aprobado su publicación, lo han traducido y lo han publicado, se les aplica también la advertencia a los Corintios: “Pero temo que como la serpiente con su astucia engañó a Eva, vuestros sentidos sean de alguna manera extraviados de la sincera fidelidad a Cristo. Porque si viene alguno predicando a otro Jesús que el que os hemos predicado, o si recibís otro espíritu que el que habéis recibido, u otro evangelio que el que habéis aceptado, bien lo toleráis” (2 Corintios 11: 3, 4).
San Pablo enfrentaba algo parecido al intento de Lenaers y de sus maestros, y de todos los que quieren cortar el evangelio a la medida de la aceptación de los hombres, cuando escribió a los Gálatas: “Estoy asombrado de que tan pronto os estéis apartando del que os llamó por la gracia de Cristo, para ir tras un evangelio diferente. No es que haya otro evangelio, sino que hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo. Pero aun si nosotros mismos o un ángel del cielo os anunciara un evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema. Como ya lo hemos dicho, ahora mismo vuelvo a decir: Si alguien os está anunciando un evangelio contrario al que recibisteis, sea anatema. ¿Busco ahora convencer a los hombres, o a Dios? ¿Será que busco agradar a los hombres? Si yo todavía tratara de agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo” (Gálatas 1, 6-10).
Como los autores modernistas, también Lenaers, repito, quiere hacer aceptable el evangelio con el propósito de convertirlos. Pero, leyendo a estos autores, surge la duda y se impone la sospecha: ¿es que realmente creen?
Si creyeran advertirían que lo que intentan a toda costa es convertir el evangelio a los hombres y no los hombres al evangelio. ¿Cómo podrían predicar la fe los que no creen y, sin embargo, se creen ser los verdaderos creyentes por lo que sienten aversión por ellos?
Los dichos de Pablo nos persuaden de que esa situación espiritual no es nueva. No sólo es necesario predicar el evangelio. Es necesario también no escandalizarse por el rechazo de la predicación. Y también conviene leer la primera carta de Juan, para persuadirse que no todos los que se dicen creyentes lo son.
Es llamativo que Roger Lenaers formule una propuesta de “Otro cristianismo posible y de una fe en lenguaje de la modernidad”, pero que no haya ido a ofrecerla en las ciudades y parroquias secularizadas de la Europa postcristiana, donde presumiblemente, debería encontrar aceptación y convertir a muchos.
Por el contrario, ha ido a predicar a una parroquia de católicos aldeanos tradicionales. Es allí, donde aparentemente, puede tener alguna audiencia este lenguaje de “fe” en clave de modernidad y esta propuesta de otro cristianismo posible. Esto hace pensar que, desde el punto de vista pastoral y misionero, esta ideología es consciente de su propia esterilidad. Y que su eficacia se limita a la, muy triste y deletérea, de confundir a los que aún son creyentes, con una propuesta pseudocristiana. Este discurso inicuo sólo puede prosperar destruyendo la fe donde todavía existe. No es un discurso pastoral constructivo sino demoledor. Y lo peor es que a los que hace apostatar, habiéndolos persuadido y apartado de la fe, para imbuirlos de esa ideología de temas cristianos, los considera los verdaderos cristianos, les extiende un certificado de auténticos creyentes, menospreciando en el mismo acto, la fe de los fieles.
El Padre Lenaers repite (ad satietatem para quien ya los conoce) los lugares comunes de la gnosis modernista.
En el capítulo segundo, por ejemplo, muestra su afiliación al discurso relativista, en particular al relativismo histórico y del lenguaje. Su relativismo apunta a relativizar el mensaje revelado y su trasmisión por la predicación de la Iglesia. Asoma la cabeza allí el rechazo modernista de la revelación histórica. Siendo todo lo histórico relativo, también la revelación histórica es relativa y lo que hubiera dicho Dios en ella, suponiendo que dijo algo, no podría ser vinculante para todos los tiempos. Pero junto con el mensaje, se rechaza a la Iglesia católica que lo trasmite.
Ese es el camino por donde se aparta de la revelación histórica y le niega el asentimiento de fe, el pensamiento modernista. Sin embargo, la que el modernismo descalifica como incompatible con la racionalidad moderna, es la única fe válida para el fiel católico. Cuando Dios habla, su palabra es válida para todos los tiempos y para todos los “paradigmas” [término predilecto del relativismo teológico] de pensamiento, y para todos los sistemas de axiomas. Jesucristo es y será Alfa y Omega. Y la Nueva Era de Acuario, pretenderá en vano suprimir la Era del Pez
¡Por supuesto que, la Palabra hecha carne, seguirá siendo la Palabra de Dios perfecta, solamente para todos los que no se cierren programáticamente a creer en ella!
Lenaers practica a cada paso cabriolas argumentales metódicamente incorrectas. Una de ellas consiste en que transfiere indebidamente afirmaciones verdaderas acerca de la certeza de las ciencias geométricas y matemáticas a la certeza, muy diversa, de la fe a la revelación histórica. Véase lo que afirma: “Todo depende [en el sistema de Euclides] del axioma de donde se parte. Y esta elección es libre. La corrección de los artículos de la fe, también es relativa” (p.28). ¡Salto mortal! Lógicamente inaceptable.
Sin embargo, tras este argumento falso de toda falsedad, se escuda Lenaers: “de la falsa apreciación de que las ideas de este libro son una ilación ininterrumpida de herejías”. Falso es ya el argumento en que se escuda. Y en la medida en que la suya es una obra que repite los errores modernistas, se le aplica con toda verdad, a pesar de sus protestas en contrario, la afirmación de San Pío X, que considera al modernismo “el compendio de todas las herejías” (Pascendi 38)..
Cada ciencia tiene sus principios. La teología tiene los suyos, que son los misterios revelados por Dios y recibidos por la fe. Y según son sus principios es la certeza de cada una.
La argumentación de Lenaers a partir de sus afirmaciones sobre la relatividad del lenguaje, se apartan de las claras afirmaciones de que, entre lo que anuncia la Iglesia, lo que anunció Jesucristo y lo que revela Dios, existe una continuidad que no caduca con los cambios de época, pues es una palabra de Dios revelada a los hombres para todos los siglos y a cuyo sentido se tiene acceso por la asistencia histórica del Espíritu Santo.
Lenaers ignora esta perspectiva, que Cristo, además de haber vivido en un momento histórico, es el Señor de todos los siglos y el Alfa y Omega.
Contra el relativismo que repite Lenaers, hay que recordar que Jesús envía a sus apóstoles a anunciar lo mismo que él anunció (Mateo 28). Que los envía como el Padre lo envió a Él (Juan 20). Y que el Padre, que de muchas maneras habló en el pasado a los hombres, en los últimos tiempos nos habló en su hijo (Hebreos 1).
Para saber lo que Dios nos ha querido revelar, enseña la Iglesia, es necesario investigar diligentemente lo que los autores sagrados dijeron y quisieron decir según los modos de hablar de su tiempo, pero en el mismo Espíritu con que ellos fueron inspirados, según el contexto de toda la Escritura, de la tradición y de la analogía de la fe, que es, para el Concilio, la única válida, la católica (Dei Verbum 12). (Véase también la Instrucción Dominus Jesu).
Lo que se aparta de estas enseñanzas se aparta de la fe de la Iglesia. La argumentación de Lenaers, conscientemente o no, se ubica en el contexto del discurso modernista que es el padre del discurso de la Nueva Era.
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Por fin: esta obra de Lenaers pertenece al mismo contexto de pensamiento que las de Juan Luis Segundo, que he analizado pormenorizadamente en “Teologías Deicidas. El Pensamiento de Juan Luis Segundo en su contexto” (Ediciones Encuentro, Madrid, 2000 1ª Edición. Segunda edición en Editorial Lulú, 2011 http://stores.lulu.com/).
En esta obra muestro la existencia de ese contexto y bosquejé los rasgos de esa ideología modernista, rasgos que son en ella claramente discernibles.
Sería ocioso repetir aquí el análisis de sus características, que son las del pensamiento gnóstico y modernista.
Si esta obra produce cierta perplejidad en el creyente, se debe a lo que tan agudamente expresó el Padre Le Guillou y yo aplicaba al pensamiento de Juan Luis Segundo en la introducción a Teologías Deicidas:
“El pensamiento gnóstico moderno ha sido bien descrito y estudiado. Sus representantes se apartan de la organicidad propia de la verdad cristiana. Toman prestados de la fe su lenguaje y sus temas, pero para entenderlos a su manera. Aunque no crean en todos los artículos del Credo revelado, sin embargo utilizan en su discurso un cierto número de ellos. Ante ese discurso, el creyente experimenta un cierto malestar. Siente que los objetos de la fe están como deportados, descentrados en relación con la verdad orgánica del dogma, que por ello entran en contradicción unos con otros y que, en ese contexto, no se puede mantener la síntesis orgánica. Y es que los gnósticos no están determinando sus convicciones por la fe teologal. Formalmente, el motivo de su «fe» es una convicción humana (juicio de valor, opción estética, filosófica, ética o política, opción ideológica), no el efecto de un descubrimiento de la Revelación de Dios, de una adhesión obediente y amorosa a su Persona. El gnóstico cree por toda una serie de razones, excepto por la única razón que en definitiva puede ser determinante para la fe: que Dios ha querido revelarse tal como es. Los gnósticos modernos comienzan en general con una apologética que quisiera ofrecer a los hombres una fe «creíble». Pero al situar los elementos del cristianismo en una perspectiva radicalmente extraña a la visión propia de la fe, los pervierten. Los separan de la estructura original que los sostiene y les da sentido. Al hacer esto no reconocen la especificidad de la Revelación cristiana y despedazan su organicidad.
[M. J. Le Guillou, El Misterio del Padre. Fe de los Apóstoles. Gnosis actuales, Encuentro, Madrid 1998. Original francés Arthème Fayard, Paris 1973. Ver pp. 42-43].
No se puede terminar este comentario de una enésima obra demoledora de la fe católica, que ha pasado todos los filtros, y aparece con todas las “bendiciones”, sin volver a hacerse la reflexión que se hacía un reseñista propósito de la desidia culpable o cómplice de los censores con las obras de Juan Luis Segundo:
“A pesar de que este libro cuenta con el imprimatur del Obispo y el Nihil Obstat del Provincial de la Orden a la que pertenece el autor, estamos ante el proyecto de una 'nueva religión', resultado de una mezcla de pelagianismo, protestantismo, racionalismo, modernismo, marxismo, progresismo. Se trata de una nueva religión, con un nuevo dogma y una nueva moral, ajena a la Iglesia de siempre” [¡Otro cristianismo también es posible” proclama Lenaers!] [Carlos Saraza, Reseña de Liberación de la Teología, en Mikael (1978), n. 17, pp. 119-136, cita en pp. 135-136]
Y la reflexión de Saraza, vuelve hoy como un eco que no cesa de repetirse, a evocarme el asombro con que concluía el último capítulo de Teologías deicidas:
“Al culminar este reexamen, informe crítico y evaluación, se comparte el asombro de este reseñista [Saraza, a quien cité antes] y la misma pregunta acerca de cómo pudo suceder que los censores diocesanos y de la Orden hayan sido insensibles para detectar los errores y la naturaleza gnóstica y modernista del pensamiento de Juan Luis Segundo vertido en sus obras, —advertidos y señalados sin embargo por obispos y teólogos—, y se haya tolerado que se publicasen, munidas de licencias que los legos interpretan, con razón, puesto que deberían serlo, como certificados de salubridad doctrinal y hasta como una implícita recomendación de la obra. Este caso [¡y hoy el de Lenaers!] cuestiona la eficacia de la institución misma de la censura tal como está funcionando hoy de hecho. El daño que han producido estas obras está por medirse aún. Y aún cuando pudiera medirse parece que ya no puede remediarse como exigiría la justicia” [Teologías Deicidas, p. 334]
Recalco: ¡LA FE Y LA JUSTICIA! Porque es de justicia enseñar la verdad, y es gravísima injusticia enseñar el error, o tolerar que se enseñe cuando se tiene poder para impedirlo. Y si esto es grave en cualquier disciplina del saber, lo es mucho más cuando está en juego la verdadera doctrina de la fe, de la que depende la salvación eterna, y cuya extensión y defensa es fin primario de la Compañía de Jesús, según la Fórmula del Instituto.
[Comenté esta obra, a pedido del entonces Padre Provincial Juan José Mosca,Jueves santo, 9 de abril 2009]
Sobre Roger Lenaers informa Wikipedia.