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viernes, 14 de marzo de 2014

EL APOCALIPSIS Y LA MISA - Scott Hahn [3 de 3]



En este capítulo Scott Hahn da razones convincentes del por qué la Iglesia nos prescribe no perdernos la Misa dominical

CAPÍTULO IV
EL RITO HACE LA FUERZA
EN QUÉ SE DISTINGUE LA MISA

[Tomado de: Scott Hahn, La Cena del Cordero, La Misa, el cielo en la tierra. Edit. Rialp, Madrid 2011 (15ª ed.) Patmos, Libros de espiritualidad]

Ir a Misa es ir al cielo, donde «Dios mismo [...) enjugará toda lágrima» (Apoc 21, 34). Pero el cielo es mucho más que eso. Es donde nos sometemos a juicio, donde nos vemos a nosotros mismos a la clara luz matutina del día eterno, y donde el justo Juez lee nuestras obras en el libro de la vida. Nuestras obras nos acompañan, cuando vamos al Cielo. Van con nosotros, cuando vamos a Misa.

Ir a Misa es renovar nuestra alianza con Dios, como en un banquete de bodas... porque la Misa es la cena nupcial del Cordero. Como en una boda, hacemos unas promesas, nos comprometemos a nosotros mismos, asumimos una nueva identidad. Somos cambiados para siempre.

Ir a Misa es recibir la plenitud de la gracia, la vida misma de la Trinidad. Ningún poder del cielo o de la tierra puede darnos más de lo que recibimos en Misa, pues recibimos a Dios dentro de nosotros mismos.
 No debemos subestimar estas realidades. En la Misa Dios nos ha dado su misma vida. No se trata simplemente de una metáfora, un símbolo o un anticipo. Tenemos que ir a Misa con ojos y oídos, mente y corazón, abiertos a la verdad que se nos presenta delante, la verdad que se eleva como incienso. La vida de Dios es un don que tenemos que recibir adecuadamente y con gratitud. Nos da la gracia como nos ha dado el fuego y la luz, que, mal usados, pueden quemarnos o cegarnos. De modo parecido, la gracia recibida indignamente nos expone a un juicio y a consecuencias mucho más graves.

En cada Misa, Dios renueva su Alianza con cada uno de nosotros poniendo ante nosotros vida y muerte, bendición y maldición. Tenemos que elegir para nosotros la bendición y rechazar la maldición, y tenemos que hacerlo desde el mismo comienzo.

DA EL GOLPE
 Desde el momento en que te encaminas a la iglesia, te sitúas bajo juramento. A1 meter los dedos en agua bendita, renuevas la alianza que comenzó con tu bautismo. Quizá te bautizaron de niño; tus padres tomaron la decisión por ti. Pero ahora, con este simple movimiento, tomas la decisión por ti mismo. Con el agua, tocas la frente, el corazón, los hombros y te santiguas en «el nombre» en el que fuiste bautizado. Este gesto envuelve tu aceptación del Credo, que tus padres aceptaron en tu nombre cuando te bautizaron. Unido a este gesto está tu rechazo de Satanás, y de todas sus pompas, y de todas sus obras.
 Haciendo esto, testificas, das testimonio, como si estuvieras en un tribunal. En un tribunal, un testigo se pone en riesgo a sí mismo, su reputación y su futuro. Si falla en decir la verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad, sabe que se enfrentará a severas consecuencias.

Tú también estás bajo juramento. No lo olvides: la palabra latina sacramentum significa literalmente « ju ramento». Cuando haces la señal de la cruz renuevas el sacramento del bautismo, renovando así tu obliga ción de vivir de acuerdo con los derechos y obligacio nes de la Nueva Alianza. Amarás a Dios con todo tu corazón, con toda tu mente, con toda tu alma y con to das tus fuerzas; amarás al prójimo como a ti mismo. Te has comprometido especialmente a decir la verdad durante esta Misa. Porque ésta es la sala de justicia del cielo; aquí Dios abrirá el libro de la vida; aquí ocuparás el estrado de los testigos. Muchas, muchas veces durante la vida dirás «Amén», palabra aramea que expresa asentimiento y estar de acuerdo: ¡Sí! ¡Así sea! ¡En verdad! «Amén» es más que una respuesta; es un compromiso personal. Cuando dices « Amén», comprometes tu vida. Por tanto, tienes que saber lo que dices.
Por eso, en la Misa no eres simplemente un espectador. Eres un participante. Tuya es la alianza que vas a renovar. Tuya es la alianza que Jesús mismo renovará, aquí y ahora.

COMIDA QUE SELLA UN PACTO
 Siempre que Dios hizo una Alianza, dio también un programa para su renovación. La Alianza no era
 solamente un acontecimiento pasado; estaba en activo, perpetuamente presente, continuamente actualizada. Habrían de pasar generaciones desde la Alianza del Sinaí; pero cada vez que los hijos de Israel renovaban esa Alianza, cada vez que celebraban la Pascua, era como si la Alianza se estuviera realizando hoy.
La Misa es nuestra perpetua renovación de la Nueva Alianza. Es un juramento solemne que haces ante innumerables testigos, como en la sala de justicia del Apocalipsis. « Por eso con todos los coros angélicos cantamos [...]». Cuando el cielo baja a la tierra, recibes el privilegio de rezar junto a los ángeles. Pero recibes también la obligación de vivir con arreglo a tus oraciones. Esos mismos ángeles te harán responsable de cada palabra que reces.
Y no sólo de lo que reces, sino de lo que oigas. Porque lo que oímos proclamar es la Palabra de Dios, y no las promesas de cualquier político a quien podemos votar «a favor» o « en contra»..Escuchamos la Palabra de Dios, y no cualquier reportaje de actualidad cuya fiabilidad podemos permitirnos poner en duda. En los tribunales de la tierra los testigos simplemente juran sobre la Biblia; en Misa juramos la Biblia. Oímos la Palabra de Dios; estaremos obligados por ella.
«Creo ea la Iglesia que es una, santa, católica y apostólica». ¿Vivimos de acuerdo con las enseñanzas de esa Iglesia sin reservas y sin excepción? Los encuestas indican que más del 90% de los católicos de los Estados Unidos, por ejemplo, rechazan la enseñanza de la Iglesia sobre el control artificial de la natalidad. Pero podemos suponer que estos mismos católicos se sitúan bajo juramento cada domingo y recitan el Credo. ¿Cuáles son las consecuencias de tan enormes falsos testimonios?
«Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden». Nosotros, que mendigamos la misericordia de Dios, ponemos esta condición para su misericordia: que perdonaremos primeramente a aquellos que nos han agraviado. Pero casi todos cargamos con algunos rencores, incluso más allá del umbral de la iglesia.
«La paz del Señor esté siempre con vosotros. Y con tu espíritu». Simbólicamente damos la paz a los que están a nuestro lado, pero ¿cuántas horas pasarán entre el final de la Misa y el primer estallido de nuestro genio?
«El Cuerpo de Cristo. Amén». ¿Con qué atención recibimos el pan de vida, al Cristo de la fe y de la historia? Si cumplimentásemos a un rey de la tierra con la misma atención, ¿cómo seríamos juzgados?
Oír la palabra de Dios. Recibir el pan de vida. Son profundos misterios; son dones increíbles; pero son también poderosos compromisos. En la Misa recibimos vida divina, poder divino, más poderoso que las mayores fuerzas de la tierra. Piensa en la electricidad, que puede alumbrar tu casa o parar tu corazón. Piensa en el fuego, que puede dar calor a tu familia o consumir una manzana de la ciudad. No son más que sombras borrosas del poder sobrenatural de Dios, que creó el fuego y formó la tierra de la nada. Si enseñamos a nuestros hijos a tratar con respeto la electricidad y el fuego, ¿con cuánto mayor respeto deberíamos tratar los misterios mismos del cielo, que nos llenan en la Comunión?

 LA VERDAD O SUS CONSECUENCIAS
No podemos excusarnos del juicio que nos atraemos cuando fracasamos en cumplir nuestro testimonio. Escucha la advertencia de San Pablo: «por tanto cualquiera que come el pan o bebe el cáliz del Señor indignamente será reo de profanar el Cuerpo y la Sangre del Señor» (1 Cor 11, 27). ¡Reos de blasfemia! No es poca cosa. Para asegurarse un sacrificio puro, los primeros cristianos confesaban sus pecados... ¡en público! Hoy en día el sacramento de la Confesión es privado y no tan oneroso. ¿Le sacamos el máximo provecho?
« Por esto es por lo que muchos de vosotros sois débiles y enfermos y algunos han muerto» (1 Cor 11, 29). No nos atrevemos a desechar esta afirmación como algo caducado o supersticioso. San Pablo sabía lo que decía y la Iglesia, aún hoy, conserva esta idea en la liturgia. La malas comuniones hacen recaer un juicio sobre nuestras cabezas. El sacerdote, antes de recibirla Comunión, dice: « no sea para mí un motivo de juicio y condenación sino que [...] me aproveche para defensa de alma y cuerpo y como remedio saludable».
Recibir la Comunión, por tanto, es recibir el cielo... o buscarse el más severo castigo. En algunas épocas y lugares, el peso de este juicio apartó a los cristianos de la Comunión durante años. Pero ésta no es la solución de San Pablo. Más que apartarse, recomienda el arrepentimiento. «Examínese el hombre a sí mismo y entonces coma del pan y beba del cáliz» (1 Cor 11, 28).
Nadie puede superar este examen. Todos somos pecadores. Nadie es digno de acercarse a Dios todo poderoso... y mucho menos de entrar en comunión con Él. Incluso San Juan, el discípulo amado y modelo de pureza y virtud, cayó maravillado cuando vio a su mejor amigo, Jesucristo, en la gloria. ¿Cómo respondemos interiormente cuando el sacerdote levanta la hostia y dice « éste es el Cordero de Dios...»?
No lo dudes: tenemos que empeñarnos en las batallas espirituales que nos conseguirán recogimiento, atención y contrición durante la Misa.

AMOR VERDADERO SIEMPRE
 Queremos la bendición de la alianza y no la maldición. Cuanto más preparados estemos para la Misa, más gracia sacaremos de ella. Y recuerda: la gracia disponible en la Misa es infinita... es toda la gracia del cielo. El único límite es nuestra capacidad para recibirla.
Esta bendición es puro poder, aunque no como el mundo entiende el poder. La gracia significa libertad, pero no como el mundo entiende la libertad. La unión con Cristo hizo a Simón Pedro más fuerte que el emperador romano Nerón, aun cuando Nerón decretase la muerte de Pedro. Pedro recibió el cielo; Nerón gobernó el mundo, pero fue consumido por sus perversiones, que crecieron cada vez más depravadas llevándole al suicidio el año 68.
La gracia compensa cada debilidad de nuestra naturaleza humana. Con la ayuda de Dios somos capaces de hacer lo que nunca podríamos hacer por nosotros mismos: a saber, amar perfectamente, sacrificarnos completamente, entregar nuestras vidas como Cristo lo hizo. No estaremos aferrados a nada de la tierra, prefiriendo en vez de eso levantarnos hacia el cielo.
Los mártires del Apocalipsis son los únicos que hablan desde el altar. Son sacramentos del sacrificio eucarístico de Cristo. En sus vidas, manifestaron la verdadera naturaleza del amor: ofrecerse uno mismo en sacrificio.
Podemos vivir este martirio dondequiera que estemos. Para ser mártires, no necesitamos viajar a países opresores anticristianos. Tan sólo necesitamos hacer las mismas cosas que hemos hecho siempre... pero haciendo, de cada uno de esos gestos, acciones, pensamientos y sentimientos, una expresión de amor al Padre, una imitación del Hijo dentro de nosotros. Eso es lo que quiere decir vivir la Misa.

HACER MARAVILLAS
 Ser misionero y mártir quiere decir restaurar todas las cosas en Cristo. Significa hacer la cena para Cristo, y por Él para el Padre y para sus hijos, que son los tuyos. Significa ir a trabajar y hacer las tareas con amistad hacia tus compañeros, y no solamente para que te suban el sueldo el próximo año o para conseguir una promoción, sino para ganar una herencia eterna.
Recuerda de nuevo las palabras del Vaticano 11: « todas sus obras, oraciones, tareas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el trabajo diario, el descanso espiritual y corporal [...], todo ello se convierte en sacrificios espirituales agradables a Dios por Jesucristo [...], que ellos ofrecen con toda piedad a Dios
 Padre en la celebración de la Eucaristía uniéndolos a la ofrenda del Cuerpo del Señor».
Toda nuestra vida está metida en la Misa y se convierte en nuestra participación en la Misa. Cuando el cielo baja a la tierra, levantamos nuestro corazón para encontrarlo a mitad de camino. Ése es el esplendor de lo ordinario: el día a día se convierte en nuestra Misa. Así es como realizamos el Reino de Dios. Cuando empezamos a ver que el cielo nos espera en la Misa, empezamos ya a llevar nuestra casa al cielo. Y empezamos ya a llevarnos el cielo a casa.
Nos convertimos en mártires, testigos de Jesucristo, cuya parusía, cuya Presencia, conocemos más íntimamente.

LA CENA ESTÁ PREPARADA
 Fuimos hechos como criaturas de la tierra, pero fuimos hechos para el cielo, nada menos. Fuimos hechos en el tiempo, como Adán y Eva, pero no para permanecer en un paraíso terrenal, sino para ser llevados a la vida eterna de Dios mismo. Ahora, el cielo ha sido desvelado para nosotros con la muerte y resurrección de Jesucristo. Ahora se da la Comunión para la que Dios nos ha creado. Ahora, el cielo toca tierra y te espera. Jesucristo mismo te dice: «mira, estoy a la puerta y llamo; si alguno escucha mi voz y abre la puerta, entraré a él y comeré con él y él conmigo» (Apoc 3, 20).

La puerta se abre ahora a la cena nupcial del Cordero