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lunes, 8 de diciembre de 2014

LAS PARÁBOLAS DEL RETORNO DEL SEÑOR [1 de 2]
PARA MEDITAR EN ADVIENTO

¡AL QUE SE LE DIO MUCHO, SE LE PEDIRÁ MUCHO! 
Lucas 12, 39-48 
 Conferencia radial 

 En aquél tiempo: Jesús dijo a sus discípulos:
 «Entiéndanlo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora va a llegar el ladrón, no dejaría perforar las paredes de su casa. Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada.» Pedro preguntó entonces: «Señor, ¿esta parábola la dices para nosotros o para todos?» El Señor le dijo: «¿Cuál es el administrador fiel y previsor, a quien el Señor pondrá al frente de su personal para distribuirle la ración de trigo en el momento oportuno? ¡Feliz aquél a quien su señor, al llegar, encuentre ocupado en este trabajo! Les aseguro que lo hará administrador de todos sus bienes. Pero si este servidor piensa: "Mi señor tardará en llegar", y se dedica a golpear a los servidores y a las sirvientas, y se pone a comer, a beber y a emborracharse, su señor llegará el día y la hora menos pensada, lo castigará y le hará correr la misma suerte que los infieles. El servidor que, conociendo la voluntad de su señor, no tuvo las cosas preparadas y no obró conforme a lo que él había dispuesto, recibirá un castigo severo. Pero aquel que sin saberlo, se hizo también culpable, será castigado menos severamente. Al que se le dio mucho, se le pedirá mucho; y al que se le confió mucho, se le reclamará mucho más.» 
Hasta aquí las palabras del Santo Evangelio. 

 Querido oyente,.
 El texto evangélico que acabamos de leer, es parte de un pasaje en el que el evangelista Lucas reúne varias parábolas de Jesús. Todas esas parábolas exhortan a sus discípulos a permanecer vigilantes en la espera de la venida del Señor. Las dos parábolas que acabamos de leer pertenecen a un grupo de tres parábolas, de las cuales leímos la primera en la misa de ayer. Hoy leemos las otras dos. Pero aunque las leímos por separado, una ayer y las otras dos hoy, las tres forman una unidad. Y las tres se refieren al retorno de Jesús. Pertenecen por ese motivo a un tipo de parábolas que llamaré Parábolas del retorno, y a las que voy a referirme más adelante esta tarde.. 

 Cada una de las tres parábolas del retorno que hemos leído entre ayer y hoy, acentúa un aspecto distinto de un mismo acontecimiento. Jesús nos quiere inculcar, en estas tres parábolas, que tenemos que tomárnoslo a Él muy en serio, y que no tenemos que vivir para nosotros mismos sino para Él, que por nosotros murió y resucitó. El amor de Jesús es exigente. Él nos dice: “el que ama a su padre o a su madre, a su hija o a su hijo más que a mí, no es digno de mí”. 
Pero a su vez, Jesús ama al Padre más que a sí mismo, hasta aceptar la muerte por hacer la voluntad del Padre. Jesús les enseña a los que quieran ser sus discípulos que él no vino a ser servido sino a servir. 
En primer lugar a servir y hacer la voluntad del Padre. La carta a los Hebreos pone en boca del Verbo que se encarna, al entrar en el mundo, las palabras del Salmo 40: “Sacrificios y holocaustos no quisiste, he aquí que vengo oh Señor, a hacer tu voluntad!”. 
Y en otro lugar dice Jesús: “mi comida es hacer la voluntad del Padre que me envió” [1]. 
 Él es pues el Siervo, el servidor del Señor, del que hablaba Isaías.

Jesús nos enseña con su ejemplo que el Hombre no debe reclamar ser servido por Dios, sino disponerse a servirlo. Y que el hombre debe servir a Dios amorosamente y de buena gana, como un buen hijo, como Jesús. Y no refunfuñando y a regañadientes como un esclavo rebelde y sometido a la fuerza. No es el Señor quien está para servirnos a nosotros sino nosotros para servir a Dios. Sin embargo, los seres humanos tendemos a vivir pendientes de nuestros pequeños intereses y a pensar en Dios como alguien que puede -¡y hasta debe!- ayudarnos y servirnos a nosotros. Hasta tal punto que, a menudo, ni siquiera los “servicios” recibidos de Dios, sirven para encender el amor a Él en nuestros corazones exigentes y caprichosos. 

 Hace unos años escribí un pequeño opúsculo titulado: “La Parábola del Perro” [2], en el que le hago predicar en verso a un cura imaginario de un imaginario pueblo de provincia. En ese sermón, el cura Cayetano, - así se llama mi personaje - saca toda su doctrina acerca de cómo debe comportarse un hombre con Dios, del comportamiento que tiene un perro con su amo. 

En cambio, de los seres humanos que pretenden que Dios los sirva en vez de hacerse servidores de Dios, dice, en su Parábola del Perro aquel buen cura:

 “¿Me pueden explicar qué dios es ése 
que el hombre puede atarlo a una cadena
 para que vele por sus intereses? 
 ¿Qué dios, que si él lo llama y no obedece,
 me lo reta y castiga; y lo condena 
 o lo perdona cuando le parece?
 Imagínense a un cuzco que quisiera 
 hacer entrar al dueño en su casilla! 
 Por más que rece todo lo que quiera 
 No será grato a Dios, si así lo humilla”. 

 Los hombres, por lo general, y más todavía en esta civilización individualista, tendemos a privatizar nuestras vidas. Es decir a vivir cada uno como dueño de sí mismo. Además, los filósofos anticristianos han visto las relaciones entre los hombres como relaciones dialécticas, polémicas, conflictivas, de lucha y de oposición. Lucha de clases: entre obreros y patrones, lucha de partidos: hasta el desencadenamiento de guerras civiles, lucha de naciones: guerras entre naciones, lucha de generaciones: entre viejos y jóvenes, lucha de mercados, lucha de sexos: entre hombre y mujer, lucha entre alumnos y docentes, lucha... lucha... lucha también con Dios. 

 La visión que tenían de sus dioses los pueblos paganos de la Antigüedad, era precisamente una visión de amos despóticos y egoístas. Por eso un hombre, Prometeo tuvo que ingeniárselas para arrebatarle el fuego a unos dioses avaros y mezquinos, que se calentaban ellos y dejaban al hombre pasar frío y necesidad. Los hombres tenían que robarle a unos dioses incapaces de amarlos, lo que necesitaban para su bienestar. 

 En esas visiones, la servidumbre es realmente una esclavitud desgraciada. El amo es un opresor y el servidor un esclavo. Pero no es así en la visión bíblica, donde “servir a Dios es reinar”. En la visión bíblica, en efecto, un Dios dadivoso, generoso con el hombre, le entrega la creación y lo hace rey de ella para que la gobierne, y al sexto día de la creación, lo sienta a la mesa para servirlo y alimentarlo. En la visión cristiana, Dios se revela todavía más filántropo, es decir, más amoroso y servicial con el hombre.

 Hecho hombre, Cristo revela en un nuevo tipo de hombre, a un Dios que es capaz de morir por amor a todos para que los demás vivan. Él, pudiendo venir como amo dominador y despótico, quiso venir como servidor, como amigo. Pudiendo venir como un tirano, quiso mostrarse Padre enviando a su Hijo muy amado. Esto es lo que Jesús practicó y enseñó a sus discípulos: “El que entre vosotros quiera ser el primero, hágase el último y el servidor de todos, porque el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos” [3]. 

 La idea cristiana de la convivencia entre los hombres, que es reflejo de la relación entre Dios y los hombres, no es, por lo tanto, la dialéctica del amo o del esclavo, según la cual el que no domina es dominado: “Si no dominás a los demás, ellos te dominan; si no los sometés vos, te someten ellos” No. La visión cristiana de la relación entre los hombres es fraterna, amistosa. Todos hijos de un mismo Padre, a los que el Padre ama y por lo tanto deben amarse, sin otra consideración, ni condiciones, ni motivos para amarse que eso: el Padre me ama, nos ama, lo ama. No una convivencia basada en la rivalidad y la dominación sino en la generosidad, la solidaridad y el servicio amoroso. 

 Tenemos que servir con amor. No como esclavos, sino voluntaria y amorosamente, como hermanos, al Padre y a Jesús en primer lugar, y a todos los demás como Jesús y por amor al Padre. Esta visión de paz ha de ser nuestro telón de fondo cuando meditamos las parábolas del retorno. Esta visión la tenemos que tener muy en cuenta cuando leemos las parábolas del retorno en las que se nos habla de un Señor que se va de viaje y de unos servidores a los que les encomienda sus intereses.

En la primera de este grupo de tres parábolas, decía Jesús: “tened ceñida la cintura y las lámparas encendidas. Sed como los criados que están esperando a que su Señor vuelva de una boda, para abrirle en cuanto llegue y llame. Dichosos los criados a quienes el Señor encuentre vigilantes a su llegada. Os aseguro que se ceñirá, los hará sentarse a la mesa y se pondrá a servirlos a ellos. Si viene a media noche o de madrugada, y los encuentra así, dichosos ellos” [4] 

 ¿No resulta asombroso este Señor que al volver de una fiesta, se ciñe, hace sentar a los servidores y se pone a servirlos él? ¿Reconocemos el gesto? ¿No es acaso eso lo que hizo Jesús en la última cena, cuando se ciñó una toalla y se puso a lavarle los pies a sus discípulos? 

 Parece que Lucas quisiera decirnos: miren que así es el Señor al que estamos esperando. Merece ser esperado amorosamente, gustosamente, no por deber. Sin miedos serviles, sin impaciencias, sin fastidios, pero sobre todo sin olvidarnos de él. Velando amorosamente por sus intereses, sin adueñarnos de sus bienes y sin privatizar nuestra administración. Esto es lo que ha comenzado a sugerirnos Jesús en la primera de estas tres parábolas, la cual se nos ha leído en la misa de ayer. Las dos parábolas de hoy continúan desarrollando e inculcando la misma idea de que no somos dueños sino sólo servidores y administradores. 

 Servidores y administradores: Sí, ¡Pero de qué Señor! ¡De un Señor que merece ser inolvidable! ¡Que merece ser extrañado en su ausencia! ¡Un Señor que se ha hecho querer tanto por sus servidores, que sus servidores pierden el sueño y hasta el apetito con sus ausencia, y no recobran su alegría hasta que él vuelve! ¡Y cuando vuelve y los ve tan mal dormidos, tan mal comidos, tan demacrados por la larga espera, tan maltrechos de ausencia, el mismo Señor se pone a servirlos! Y se franquea y se confía con ellos, y les abre su corazón como a amigos. 

 Es que el servicio evangélico es un intercambio de caridad, un intercambio de favores y gracia, un intercambio de amor. ¡Qué lejos estamos de la rivalidad y de la envidia; de la dialéctica [hegeliana] del amo y del esclavo! ¡Qué lejos del golpe de audacia de Prometeo contra los dioses mezquinos! La segunda parábola, - que es la primera de las leídas hoy -, apunta a encarecernos la incertidumbre de la hora en que tendrá lugar la venida del Señor: “el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada”. 

 La tercera parábola, que Jesús dice ante el pedido de explicaciones de Pedro, parece dirigida a los que tienen autoridad de pastores dentro de la Iglesia. Si no somos dueños sino administradores de nuestra propia vida, mucho menos somos dueños de la vida de los que nos han sido confiados para que los sirvamos en la Iglesia, o en la Iglesia doméstica que es la familia. Esta parábola subraya la mayor responsabilidad que tienen en la Iglesia aquéllos que Jesús ha puesto a servir en los múltiples ministerios de la caridad, desde la enseñanza y el gobierno, hasta la oración y la limosna. El que sirve amorosamente, no se cree que ha hecho mucho cuando ha hecho lo que le dictaba su amor. Creo que es en ese sentido que puede interpretarse aquél dicho de Jesús que nos cuenta Lucas: “Así también vosotros, cuando hayáis hecho estas cosas que os están mandadas, decid: Siervos inútiles somos, lo que teníamos que hacer, eso hicimos” [5] 

 San Pablo va a formular hermosamente lo mismo cuando dice: “ninguno de nosotros vive para sí mismo como tampoco muere nadie para sí mismo. Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así que, ya vivamos, ya muramos, del Señor somos”[6]. Y en otro lugar refuerza esta idea de que nadie se pertenece a sí mismo sino que pertenece al Señor: “Todo es vuestro, ya sea Pablo, Apolo, Cefas, el mundo, la vida, la muerte, el presente, el futuro, todo es vuestro [sí], pero vosotros sois de Cristo y Cristo es de Dios” [7]

La razón de que le pertenezcamos a Jesús, es que él nos ha comprado. Nos ha comprado con su sangre cuando éramos esclavos. Esclavos de nuestros pecados, de nuestras pasiones, de las modas del mundo, de la opinión de los demás, de los afanes por procurarnos riquezas, honores; esclavos de las mentiras del demonio; esclavos del culto soberbio de nuestra propia rebeldía contra Dios, contra sus mandamientos, contra su voluntad, contra las solicitaciones suavísimas de su Espíritu Santo. Éramos esclavos de nuestro celo por nuestra libertad. Olvidados, o más bien ignorantes, de que “servir a Dios es reinar”.

 La Caridad de Jesús nos ha arrebatado efectivamente de la lógica de la dominación, de la dialéctica del amo y el esclavo, para hacernos hijos libres del Padre. Pero eso nos ata a él con las cadenas de la amistad y de la caridad. Pasamos a ser suyos por amor. Por eso dirá Pablo: “¿No sabéis... que no os pertenecéis? ... Habéis sido comprados [8] a buen precio” ¿A qué precio? El Apóstol Pedro nos lo dice: “habéis sido rescatados de [la esclavitud] de la conducta necia heredada de vuestros padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha ni mancha, Cristo” [9]. 

 Pondré pues mi mano sobre mi corazón y le diré: corazón mío, ¿a quién quieres pertenecer? ¿Quieres vivir para ti mismo? ¿O quieres vivir para el que te amó hasta entregarse a sí mismo a la muerte por ti, para librarte de tus cadenas egoístas? ¿Quieres vivir tu vida como si no la hubieras recibido del Padre y no la hubiera recuperado Cristo del Señorío de la carne, del mundo y del demonio? 
¿O quieres responder con tu amor a tanto amor y entregarte al que se te entregó? ¿quieres ser y vivir como hijo a ejemplo de Jesús, no para ti y buscando tu propia gloria, sino recibiendo tu ser y tu vida del Padre que te engendra y devolviéndole la gloria que él merece con todo tu ser y tu existencia? 
 ¿Quieres vivir como alguien que no espera la venida de su Señor y se ha adueñado de los bienes que le entregaron en administración? ¿cuál es tu relación con tu Señor? ¿La del que no quiere dar cuentas de su administración? ¿O la del que administra diligentemente bienes divinos que se le han confiado? 

 Corazón mío, vive pues para tu Señor, no para ti mismo. Porque el que se busca a sí mismo se perderá pero el que vive para Jesús y el Padre, ése se salvará


[1] Juan 4, 34 [2] Horacio Bojorge, La Parábola del Perro. Doctrina espiritual del Cura Cayetano. La oración sin esfuerzo por el método Assimil. Editorial Gladius – Narnia; Buenos Aires – Mendoza, 2000 [3] Marcos 10, 44-45 [4] Lucas 12,35-48 [5] Lucas 17,10 [6] Rom 14,7-8 [7] 1 Cor 3,21 [8] 1 Cor 6,19-20 [9] 1ª Pe 1,18-19