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viernes, 5 de agosto de 2016

LA ZARZA ARDIENTE
Según los Santos Padres [3]

SAN AGUSTÍN


San Agustín, siguiendo a San Ireneo, San Gregorio de Nisa y otros santos Padres, enseña que fue el Verbo quien se manifestó a Moisés en forma de llama de fuego, dentro de la zarza sin consumirla. 
Ya hemos explicado en la entrada dedicada a la zarza ardiente y los Sagrados Corazones que ese texto puede estarnos hablando de corazones de fuego, o de corazones humanos que estando entre las espinas no las destruyen.

El Señor se le manifestó a Moisés en la zarza como antes se había mostrado y hablado con Adán llamándolo en el Edén cuando se ocultaba de su mirada, o con Noé instruyéndolo para construir el  arca y mostrándose en el  arco iris, o con Abraham, Jacob y Moisés. 

Así nos lo enseña a enteder la Carta a los Hebreos cuando comienza diciendo:
“Dios, que en los tiempos pasados había hablado con nuestros padres de muchas  e imperfectas maneras  por medio de los profetas, al final de estos días nos habló ahora a nosotros en el Hijo” (Hebreos 1, 1-2)

Veamos pues la enseñanza de San Agustín al  respecto:

 “Todo lo hizo [el Padre] por su Verbo, y, según nos enseña la regla ortodoxa de la fe, el Verbo es el Hijo unigénito. Y si Dios Padre habló al primer hombre y Él paseaba por el edén en la penumbra del atardecer, y de su rostro se escondió en la floresta al pecador, ¿por qué no admitir que fue Él quien se apareció a Moisés, a Abrahán y a todos aquellos a quienes plugo manifestarse por medio de la criatura visible y caduca, sujeta a su dominio soberano, permaneciendo Él inmutable e invisible en su esencia? Con todo, cabe en la Escritura un paso inadvertido de persona a persona, de suerte que al decir Dios Padre: “sea la luz”, y todas las demás cosas que se dicen hechas por el Verbo, se quiera indicar que fue el Hijo el que habló al primer hombre, aunque esto no se diga claramente, sino tan sólo se insinúe a un buen entendedor” (Tratado De Trinitate II,10,17).

Y en otro lugar, en uno de sus sermones, San Agustín explica que cuando en este pasaje de la zarza ardiente y en otros lugares del Antiguo Testamento, se habla de la aparición del Ángel del Señor, el que se aparece es el Hijo, enviado del Padre:

“Algunos dicen que se llama ángel del Señor y Señor porque era Cristo, de quien claramente dice el profeta que es “ángel del gran consejo”. Porque ángel es nombre de función[y significa enviado a anunciar o a enseñar, mensajero], no de naturaleza (Hijo). Se dice ángel en griego a quien en latín llamamos mensajero. Mensajero es vocablo de acción: obrando, es decir, anunciando, se llama nuncio. ¿Y quién niega que Cristo nos anunció el reino de los cielos? Además, el ángel, es decir, el nuncio, es enviado por alguien que por medio de él anuncia una cosa. ¿Y quién duda de que fue enviado Cristo, el cual dice tantas veces: “no vine a hacer mi voluntad, sino la voluntad de aquel que me envió?” Por eso es propiamente enviado...
    Pues del mismo modo Dios, aunque apareció en el fuego, no es fuego; si apareció en el humo, no es humo; si apareció en un sonido, no es sonido. Estas realidades no son Dios, sino que indican a Dios. Habida cuenta de esto, creemos con seguridad que el Hijo, que se apareció a Moisés, era el Señor y el ángel del Señor” 
(Sermón 7, 3.4).