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viernes, 3 de abril de 2015

SEXTA ESTACIÓN

La Verónica enjuga el rostro de Jesús

Lo presintió cercano sin verlo todavía,
lo anunciaba el silbido de agónicos jadeos,
el perfume doliente que tienen las heridas,
los cuajarones rojos, los ruines clamoreos.

Fue midiendo distancias por el crujir del hierro,
el crispar del flagelo, el eco del ultraje,
más punzante que el cardo que ceñía su frente,
como corona en llagas de un trágico linaje.

A golpes de la tralla, al son de los gemidos,
contó miles de pasos hasta su cuerpo roto,
la muralla deicida le cerraba el camino,
cada piedra un escarnio, anónimo e ignoto.

Resuelta sin embargo al destino imperado,
en su nombre de griegas resonancias orondas,
el Salterio le dicta la vocación labrada:
“He de buscar tu rostro, Señor, no me lo escondas”.

“He de buscar tu rostro, Señor, no me rechaces”,
repitió sosteniendo con las manos un lienzo,
su andar abría surcos entre fieros caínes,
mellados en el odio que asesinó El Comienzo.

A empellones avanza, a impulsos retrocede,
por un boscaje torvo de risas fariseas,
de innombrables traiciones, cobardías, relapsos,
las furias desatadas de venganzas hebreas.

Señoreaba esas turbas la historia del pecado,
las almas condenadas del pasado y presente,
pero estaba el futuro de falsías arteras,
el próximo Iscariote estaba ocultamente.

Escuchó imprecaciones más filosas que picas,
y por mujer no quiso mirar lo que veía;
se habían vuelto viernes los hombres y las cosas,
y el viernes más luctuoso se volvió profecía.

Cuando al fin, frente a frente, ya sin tiempo quedaron,
la Varona del Paño y el Dios de los Amores,
se cumplió la palabra del vidente Isaías:
era Cristo la imagen de un Varón de Dolores.

Milagro de la tela, misterio del Via Crucis,
Berenice prolonga ese alivio fugaz:
el Gólgota te espera, todo está consumado,
pero dame Dios mío besar tu Santa Faz.

Antonio Caponnetto