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lunes, 15 de diciembre de 2014

LAS PARÁBOLAS DEL RETORNO [2 de 2]

¡AL QUE SE LE DIO MUCHO, SE LE PEDIRÁ MUCHO!
Lucas 12, 39-48
 Conferencia radial

Las parábolas que estamos comentando hoy, pertenecen a un género de parábolas de Jesús a las que les hemos llamado: “Parábolas del Retorno”.
 A este grupo de parábolas pertenecen, la parábola de los viñadores homicidas [1], las parábola de los administradores infieles [2] , la de las vírgenes necias y las vírgenes prudentes [3] , la parábola de los talentos [4] , la parábola del juicio final de las naciones [5].
Y yo pondría, como en la cumbre de todas ellas, la que encontramos al final del Apocalipsis, y que es como el cierre solemne del Nuevo Testamento: la parábola, -si es que la podemos llamar así-, de la esposa que espera la venida del esposo, y lo llama: ¡Ven Señor Jesús! ¡Marán attá!.

Hay una gradación y una progresión en las parábolas del retorno, que se diversifican según la disposición apropiada o no, de los que deben aguardar y recibir al Señor.
La disposición más hostil es la de los viñadores homicidas, que asesinan a todos los que vienen a cobrar los derechos del dueño de la viña, hasta que por fin matan al hijo

«Un hombre plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó un lagar y edificó una torre; la arrendó a unos labradores, y se ausentó. Envió un siervo a los labradores a su debido tiempo para recibir de ellos una parte de los frutos de la viña. Ellos le agarraron, le golpearon y le despacharon con las manos vacías. De nuevo les envió a otro siervo; también a éste le descalabraron y le insultaron. Y envió a otro y a éste le mataron; y también a otros muchos, hiriendo a unos, matando a otros. Todavía le quedaba un hijo querido; les envió a éste, el último, diciendo: `A mi hijo le respetarán'. Pero aquellos labradores dijeron entre sí: `Éste es el heredero. Vamos, matémosle, y será nuestra la herencia.' Le agarraron, le mataron y le echaron fuera de la viña. ¿Qué hará el dueño de la viña? Vendrá y dará muerte a los labradores y entregará la viña a otros. ¿No habéis leído esta Escritura:
La piedra que los constructores desecharon,
en piedra angular se ha convertido;
fue el Señor quien hizo esto
y es maravilloso a nuestros ojos?»
Trataban de detenerle -pero tuvieron miedo a la gente- porque habían comprendido que la parábola la había dicho por ellos. Y dejándole, se fueron [6].
         
          Esta parábola del retorno muestra que los que viven haciéndose dueños de la creación y de sí mismos, los que privatizan su vida y su existencia, los que viven su relación con Dios según la dialéctica del amo y del esclavo, sienten que Dios y sus enviados son como intrusos que amenazan su propiedad
          Dice Juan Pablo II: “poniendo en duda la verdad de Dios, que es Amor, y dejando sólo la conciencia de amo y esclavo [...] el Señor aparece como celoso de su poder sobre el mundo y sobre el hombre; en consecuencia el hombre se siente inducido a la lucha contra Dios [...] el hombre se ve empujado a tomar posiciones contra el amo que lo tenía esclavizado[7].
          . La soberbia humana que se apodera de la creación y de los demás, se hace deicida. Puede ser que aún tolere a Dios como idea, pero no como alguien real que tiene derechos sobre su vida y al que hay que darle cuenta de la administración, diezmo de los bienes cosechados. Es la actitud más hostil. Los viñadores homicidas no son discípulos de Cristo, sino sus enemigos.

          Las parábolas de las diez vírgenes, de los talentos y de los administradores infieles, se refieren, en cambio, a discípulos de Jesús. Pero a discípulos que no actúan consecuentemente con su condición. Que no toman en serio la realidad de Cristo ni de que están llamados a ser amorosos administradores. Ya sea por pura imprevisión, como las vírgenes necias, ya sea por miedo como el que entierra sus talentos, estos servidores, padecen más que del mal de los viñadores homicidas, de no tomarse en serio a Dios, pero sobre todo de no implicarse amorosamente, de no comprometerse, no identificarse, de no asociarse con el plan divino. porque no se han identificado con los intereses de Dios, como si les fueran ajenos.

Las parábolas que hemos leído ayer y hoy en Lucas, en cambio, nos muestran otro tipo de servidor. Ya lo hemos dicho. Son los servidores afectuosos, diríamos mimosos, que sufren mientras su Señor está ausente porque su felicidad está en estar con Él. Por eso, no lo esperan por deber, sino por amor. No por ley sino por gracia. Aún son siervos, es verdad. Pero sólo hasta que vuelve el Señor, se ciñe y se pone a servirlos y les dice, como Jesús en la última cena, promoviéndolos del rango de servidores al de amigos: “Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca”  [8]
          ¡Oh sí Jesús! Éste es el modo como quiero estar en la vida. Como amigo tuyo, honrado por ti con la confidencia de tus planes y designios secretos y por haber sido puesto a realizarlos junto contigo, como tú, a imitación tuya. Quiero fructificar las obras que el Padre tiene destinadas para que las realice, como hijo, como amigo del Hijo, a quien el Hijo le tiene la confianza para revelarle sus planes y asociarlo a sus afanes, luchas, metas y propósitos. ¡cuánto mejor es vivir así! - ¡para la gloria del Padre! - que no para sí mismo, para un plan egocéntrico, minúsculo, privado y destinado a perecer conmigo.

          ¿Es posible mejor disposición para esperar mejor a Jesús que con este anhelo de servidor que ha sido levantado por gracia a la condición de amigo? Parecería que no, pero sí.
          Sí es posible. Es posible esperar la venida del Señor de una manera mucho más ferviente, más afectuosa, más amorosa y anhelante:
“¡Maran Atá! ¡Ven Señor Jesús!” El suspiro de la novia al final del Apocalipsis, el gemido de la esposa que anhela la manifestación gloriosa y el retorno del Esposo es la cumbre de las actitudes de espera que nos retratan las parábolas del retorno: “El Espíritu y la Novia dicen: «¡Ven!» Y el que oiga, diga: «¡Ven!» Y el que tenga sed, que se acerque, y el que quiera, reciba gratis agua de vida [9].
          Esta es la cumbre de las parábolas del retorno. Es la cumbre de la revelación de lo que es la esperanza cristiana y el anhelo de la vida eterna, como vivir en presencia del Señor.

Las parábolas del Retorno nos demuestran que nuestra fe no es sólo una doctrina, ni un mensaje, ni una verdad abstracta. Que ser cristiano es estar vinculado por un lazo de amor a una persona. Que la esencia del cristianismo no es ninguna idea por muy sublime que sea, sino una persona: Jesús, Jesucristo, Jesús el Mesías, Jesús el Hijo de Dios que nos lleva al Padre, que nos sumerge en una comunión de amor. Que ha ido a prepararnos un lugar y que volverá a buscarnos y a llevarnos con Él, “para que allí donde estoy estéis también vosotros”.
Por eso, las virtudes teologales son tres. No basta la fe que conoce. Es necesario que la fe inflame la caridad que ama. Y ambas se encienden, durante esta vida, durante la historia, en el deseo del retorno del Señor amado, del amigo, del esposo... Y esto es lo propio de la esperanza. La esperanza es la caridad que espera… el retorno de Aquél a quien ama.
          La fe, sin caridad ni esperanza, se quedaría sólo en gnosis, y esa fe es la que pueden tener los demonios. De ellos dice Santiago que creen pero tiemblan.
          La fe y la caridad, sin esperanza, no alcanzarían la realidad de Dios en Cristo: Juez de vivos y muertos, Señor de la historia.

          Las parábolas del retorno nos ponen, por eso, en el corazón del hecho cristiano. Nos definen la esencia del cristianismo. Así se llama un librito de Romano Guardini, ese gran maestro de los católicos del siglo XX, cuya lectura me impactó fuertemente en mi juventud: “La esencia del Cristianismo” [10]  .
          Querido oyente, para terminar nuestra meditación evangélica de esta tarde, quiero contarte algo de lo que dice Guardini en este esencial librito. Pero antes, te pido que por un momento te imagines que alguien que no es cristiano te pregunta ¿qué es ser cristiano? ¿Cuál es la diferencia de la fe católica respecto de otras religiones? ¿Qué responderías?

La pregunta por la esencia del cristianismo, -dice Guardini- ha sido contestada de modos muy diversos. Se ha dicho que lo esencial del cristianismo es que en él la personalidad individual avanza al centro de la conciencia religiosa; se ha afirmado que la esencia del cristianismo radica en que en él Dios se revela como Padre, quedando el creyentes situado frente a Él directa e inmediatamente; también se ha sostenido que lo peculiar del cristianismo es ser una religión que pone el amor al prójimo en primer lugar.
La enumeración de opiniones podría continuarse hasta llegar a aquellas teorías que tratan de presentar al cristianismo como la religión perfecta en absoluto, tanto por ser la que está más de acuerdo con los postulados de la razón, como por ser la que tiene la doctrina ética más elevada y que coincide con las exigencias de la naturaleza.
Ninguna de estas respuestas da con la esencia del hecho cristiano. Todas ellas angostan la totalidad de la realidad cristiana, la reducen a un momento o a un aspecto, que por una u otra razón parece ser el más importante y decisivo.
Ningún concepto puede dar razón de la esencia del cristianismo. Lo propiamente cristiano no puede deducirse de presuposiciones terrenas, ni puede determinarse por medio de categorías naturales, porque de esa manera se anula lo esencial. [Cursilla omitida]

El cristianismo no es, en último término, ni una doctrina de la verdad ni una interpretación de la vida. Es todo eso también, pero nada de eso constituye su esencia nuclear. Su esencia está constituida por Jesús de Nazareth, por su existencia, por su obra y su destino concretos; es decir por una personalidad histórica.
Algo semejante, en cierto modo, a lo que con estas palabras quiere decirse, lo experimenta todo aquél para el que adquiere significación esencial otra persona. Para él no es ni la idea de la humanidad, ni la idea de lo humano, lo que reviste importancia, sino esta persona concreta. Ella determina todo lo demás, y tanto más profunda y ampliamente cuanto más intensa es la relación. Puede llegarse incluso a que todo: el mundo, el destino y el cometido propio, pasen a través de la persona amada, a que ésta se halle contenida en todo, a que se la vea a través de todo y a que todo reciba de ella su sentido. En la experiencia de un gran amor todo el mundo confluye en la relación yo-tú, y todo cuanto acontece se convierte en un episodio dentro de ese ámbito. El elemento personal al que se refiere en último término el amor, y que representa la más elevada entre las realidades del mundo, penetra y determino todo lo demás: espacio y paisaje, la piedra, el árbol y los animales... Todo ello es cierto, pero tiene lugar solamente entre este yo y este tú.

Cuanto más evidente se hace el amor, tanto menos se pretende, sin embargo, que lo que para él constituye el centro del mundo ha de revestir también esta cualidad para los demás. Una pretensión de esta especie podría ser sincera desde el punto de vista lírico; pero constituiría, por lo demás, un desatino.

Para la doctrina cristiana, en cambio, la situación es otra. La doctrina cristiana afirma, en efecto, que por la encarnación, por la humanización del Hijo de Dios, por su muerte y su resurrección, por el misterio de la fe y de la gracia, toda la creación se ha visto exhortada a abandonar su aparente objetividad y a situarse, como bajo una norma decisiva, bajo la determinación de una realidad personal, a saber: bajo la persona de Jesucristo.

En la vida y en el obrar cristiano, la persona histórica de Cristo ocupa el lugar de la norma general, el lugar de las ideas. Por eso, notémoslo bien: cuando hablamos de la persona histórica de Cristo, no hablamos de la idea de Cristo. La fe cristiana es una religión de la presencia. Presencia eucarística, presencia espiritual, presencia sacramental, presencia comunitaria, presencia mística... Si otras son religiones del libro, la fe católica es religión de la presencia y religión de la espera del retorno, o sea del deseo de la presencia...
La historia de los hombres no la conducen ni la política, ni la economía, ni las ideas, sino que toda ella está bajo el poderío de una persona: Cristo. A quien el Padre le ha dado todo poder en los cielos, en la tierra y en los abismos, y que es uno solo con su Iglesia peregrina en la tierra.

En el pequeño opúsculo titulado: “La Parábola del Perro”, le hago decir al imaginario cura Cayetano en su sermón, con lenguaje sencillo y en verso, la misma idea del docto Guardini. El cura Cayetano les pone a sus fieles como ejemplo al perro, como modelo de fidelidad y religiosidad. Pero, sobre todo, como ejemplo de sentido de lo concreto y de incapacidad incurrir en ilusiones gnósticas y de cambiar al amo real por ninguna idea, abstracción o concepto, símbolo o transignificación:

13
“Lo primero es que el perro no menea
su cola ante un concepto o una idea.
Venera a un dueño real. Que o bien lo mima
o, si cuadra, se enoja y lo patea.
Jamás confunde lo que se imagina
con lo que está presente y se olfatea
¿Y saben lo que me hace pensar eso?
Que hay gente que no reza, o reza mal,
porque toma por dios al propio seso.
Y extraviada en sus modos de pensar
le pierde el rastro a la Presencia Real
de Dios, que está en Jesús, en carne y hueso.

... El alma, sea culpable o inocente,
no menea su cola ante una idea.
Si es, de vera, un alma de creyente
sólo se alegra con Jesús presente
y anhela estar con Él, sea como sea”...

Y no es de otra manera como San Pablo y en su seguimiento el Catecismo de la Iglesia católica definen el cielo y la vida eterna: es un estar con Cristo de los que lo aman.
Por el contrario, la condenación y el infierno, consisten en el estar lejos de su presencia. Dice San Pablo: “Éstos sufrirán la pena de una ruina eterna, alejados de la presencia del Señor y de la gloria de su poder, cuando venga en aquel día a ser glorificado en sus santos y admirado en todos los que hayan creído [11]. Y el Catecismo enseña: “Morir en pecado mortal sin estar arrepentidos ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Él para siempre” [...] “este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra “infierno” (CIC 1033)

En cambio, del cielo dice San Pablo: “mientras habitamos en el cuerpo, vivimos lejos del Señor, pues caminamos en la fe y no en la visión”  [12]; “seremos arrebatados en las nubes, junto con ellos, al encuentro del Señor en los aires. Y así estaremos siempre con el Señor [13]. “Deseo ser desatado y estar con Cristo”  [14]
Y el catecismo de la Iglesia Católica enseña: “Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios y están perfectamente purificados, viven para siempre con Cristo” (CIC 1023) “Esta vida perfecta con la santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama “el cielo” (CIC 1024) “Vivir en el cielo es estar con Cristo” (CIC 1025).

Queridos oyentes: que nada nos separe de él.
Salud, Paz y Bendición.

[1] Marcos 12, 1-12
[2] Lucas 16, 1-13; Mateo 24, 48-51: “Pero si el mal siervo dijera, para sus adentros: Mi amo tardará en llegar, y comenzara a golpear a sus compañeros y a comer y a beber con borrachos, vendrá el amo de ese siervo el día que menos lo espera y a hora que no sabe, y le hará azotar y le echará con los hipócritas: allí habrá llanto y crujir de dientes”
[3] Mateo 25, 1-13
[4] Mateo 25, 14-30
[5] Mateo 25, 31-46
[6] Marcos 12, 1-12
[7] Juan Pablo II, Cruzando el Umbral de la Esperanza, Ed. Plaza y Janés, Madrid, 1994, p. 221
[8] Juan 15, 14-16
[9] Apocalipsis 22, 17
[10] Romano Guardini, La Esencia del Cristianismo Madrid 1964
[11] 2 Tesalonicenses 1, 8-9
[12] 2 Corintios 5, 6-7
[13] 1 Tesalonicenses 4, 17
[14] Filipenses 1, 23