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lunes, 25 de marzo de 2013

MI CRISTO ECHADO - Horacio Bojorge

Quiero contarles algo.
El cuatro de diciembre del 2002 fui por el día a Carmelo, departamento de Colonia, Uruguay. Está a tres horas de ómnibus de Montevideo.

Resulta que el 11 de febrero de este año falleció allí María Rosa, un anciana que yo tengo por santa y muy llena de gracias místicas, por haber tenido, como sacerdote, el privilegio de asomarme al interior de su alma y ser testigo de la obra del Señor en ella.

Con María Rosa nos conocimos en algunas de mis idas apostólicas a Carmelo y luego seguimos en comunicación epistolar. Ella me consultaba las cosas de su alma, porque como tantas almas buenas, que temen ofender al Dios que tanto aman, sufría a veces tentaciones de escrúpulos. Fue una hija de Dios de grandes deseos de santidad y apostólicos. Soñó con un Instituto secular que se dedicara a enseñar la Doctrina católica en nuestro pueblo sumido en la ignorancia de su fe.

Después de dos años de cáncer falleció santamente, como me dice su sobrina María Teresa. Con gran paz y sin quejas ni ansiedades. Y hete aquí que en su testamento me dejó un legado que fui a recoger el otro día. Resultó ser un Crucifijo que tiene una historia que te quiero contar, porque creo que tiene que ver con la mía y de algún modo con la tuya y la de tantas almas como tú a las que el Señor me pone en el camino para servir.

El Crucifijo de mesa que me legó María Rosa es una cruz de madera ¡muy liviana!, de sesenta centímetros de alto, hermosamente adornada con volutas de madera tallada y un techito en dos aguas, parecido a los techitos de los relojes de Cu-cú, con adornos en madera de ese estilo. Aunque entiendo poco de artesanías de madera, me parece que es un estilo suizo, austríaco o nord-europeo.