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TOMA Y LEE - SAGRADAS ESCRITURAS
Un blog que edita el Padre Horacio Bojorge
Contiene lecturas, meditaciones bíblicas
y pautas de interpretación.
viernes, 17 de mayo de 2013
NUEVA PÁGINA WEB:
"EL SANTO Y BUEN AMOR"
Estimado visitante!
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martes, 14 de mayo de 2013
TIEMPO DE ASCENSIÓN
Tiempo de Ascensión
Me lo envía un amigo sacerdote.
Me lo envía un amigo sacerdote.
Signore delle Cime dirigé par Raffaele Ceriani - à l'orgue Bepi de Marzi - juin 2011
LETRA: Signore delle Cime Dio del cielo, Signore delle cime, // Un nostro amico hai chiesto alla montagna // Ma ti preghiamo, ma ti preghiamo, // Su nel paradiso, su nel paradiso // Lascia lo andare per le tue montagne. Santa Maria, Signora della neve,//Copri col bianco soffice mantello,//Il nostro amico, nostro fratello,//Su nel paradiso, su nel paradiso//Lascia lo andare per le tue montagne. Dio del cielo, l'alpino chè caduto//Ora riposa nel cuor della montagna//Ma ti preghiamo, ma ti preghiamo//Una stell'alpina, una stell'alpina//Lascia cadere dalle tue montagne// Traducción: Dios de los cielos, Señor de las alturas, a un amigo nuestro lo has llamado en la montaña, pero a ti te rogamos que allá arriba en el paraíso, allá arriba en el paraíso, déjalo andar por tus montañas. Santa María señora de las nieves cubre con tu blanco y suave manto a nuestro amigo, a nuestro hermano. Arriba allá en el paraíso déjalo caminar por tus montañas.
http://www.youtube.com/watch?v=zkeoTSPgruA&feature=player_embedded#!
Soy ascensionista y asuncionista, por Él y por Ella, por Cristo que asciende y abre, y por su Madre que es subida y deja abierto. El Cielo ya no se cerrará hasta que haya subido el último de los que subirán. Nuestra vocación es ascender, somos gente de subida.
Se sube por gracia de Dios. Nos sube la gracia de Dios. Se sube moralmente. Se sube espiritualmente. Se sube cuando superamos las tentaciones y adquirimos virtud. Se sube cuando recibimos la gracia de los Sacramentos y cuando rezamos.
Un alma cristiana santificada por la gracia está dispuesta para subir. Y sube. como un globo, como un aeróstato: Su interior le impulsa, desde dentro, a subir, subir, subir. Basta, sin embargo, un amarre, un anclaje, una cadena, una cuerda, basta una cadenilla, un hilo fino, para que la subida (toda la subida) se frustre, no se realice.
Pudiendo ascender, con todo el inmenso cielo para subir, ¿cuántas almas se quedan casi en plano de tierra, apenas alzadas un poco, pudiendo ascender, elevarse, elevarse y subir, subir, subir...?
La Ascensión de Cristo abrió el tiempo de las subidas, tantas como almas son llamadas a ascender, movidas por el Espíritu Santo, atraídas por Cristo que subió a lo más alto y nos requiere desde la diestra del Padre: El Altísimo llamándonos a la altura. ¡El Señor de las Alturas!
Hay momentos en que se siente el tirón del Cielo, instantes en que sentimos que nos suben, que subimos, que estamos subiendo.
Él dijo: "Cuando Yo sea elevado, atraeré a todos hasta Mí" (Jn 12, 32). No se refería sólo al momento de la elevación del Crucificado en el Calvario; también se entiende de su Ascensión admirable.
En la Misa, cuando el sacerdote alza la Hostia y el Cáliz, representa a la vez a Cristo alzado en la Cruz y al Señor exaltado a la Gloria. Y las almas piadosas, en ese momento, sienten la atracción de Cristo y son subidas, raptadas en ascensión, suben con el Señor que es elevado sacramentalmente, real y efectivamente.
Decía que las almas devotas sienten ese efecto de elevación. La otra mañana, el que tenía que tocar la campanilla no la tocó. Estaba elevado, me dije.
Muchas ascensiones pequeñas, litúrgicas, se hacen con temor y temblor. Y algunas, con lágrimas.
Si son de verdad, todas son ascensiones de amor.
Signore delle Cime dirigé par Raffaele Ceriani - à l'orgue Bepi de Marzi - juin 2011
LETRA: Signore delle Cime Dio del cielo, Signore delle cime, // Un nostro amico hai chiesto alla montagna // Ma ti preghiamo, ma ti preghiamo, // Su nel paradiso, su nel paradiso // Lascia lo andare per le tue montagne. Santa Maria, Signora della neve,//Copri col bianco soffice mantello,//Il nostro amico, nostro fratello,//Su nel paradiso, su nel paradiso//Lascia lo andare per le tue montagne. Dio del cielo, l'alpino chè caduto//Ora riposa nel cuor della montagna//Ma ti preghiamo, ma ti preghiamo//Una stell'alpina, una stell'alpina//Lascia cadere dalle tue montagne// Traducción: Dios de los cielos, Señor de las alturas, a un amigo nuestro lo has llamado en la montaña, pero a ti te rogamos que allá arriba en el paraíso, allá arriba en el paraíso, déjalo andar por tus montañas. Santa María señora de las nieves cubre con tu blanco y suave manto a nuestro amigo, a nuestro hermano. Arriba allá en el paraíso déjalo caminar por tus montañas.
http://www.youtube.com/watch?v=zkeoTSPgruA&feature=player_embedded#!
Soy ascensionista y asuncionista, por Él y por Ella, por Cristo que asciende y abre, y por su Madre que es subida y deja abierto. El Cielo ya no se cerrará hasta que haya subido el último de los que subirán. Nuestra vocación es ascender, somos gente de subida.
Se sube por gracia de Dios. Nos sube la gracia de Dios. Se sube moralmente. Se sube espiritualmente. Se sube cuando superamos las tentaciones y adquirimos virtud. Se sube cuando recibimos la gracia de los Sacramentos y cuando rezamos.
Un alma cristiana santificada por la gracia está dispuesta para subir. Y sube. como un globo, como un aeróstato: Su interior le impulsa, desde dentro, a subir, subir, subir. Basta, sin embargo, un amarre, un anclaje, una cadena, una cuerda, basta una cadenilla, un hilo fino, para que la subida (toda la subida) se frustre, no se realice.
Pudiendo ascender, con todo el inmenso cielo para subir, ¿cuántas almas se quedan casi en plano de tierra, apenas alzadas un poco, pudiendo ascender, elevarse, elevarse y subir, subir, subir...?
La Ascensión de Cristo abrió el tiempo de las subidas, tantas como almas son llamadas a ascender, movidas por el Espíritu Santo, atraídas por Cristo que subió a lo más alto y nos requiere desde la diestra del Padre: El Altísimo llamándonos a la altura. ¡El Señor de las Alturas!
Hay momentos en que se siente el tirón del Cielo, instantes en que sentimos que nos suben, que subimos, que estamos subiendo.
Él dijo: "Cuando Yo sea elevado, atraeré a todos hasta Mí" (Jn 12, 32). No se refería sólo al momento de la elevación del Crucificado en el Calvario; también se entiende de su Ascensión admirable.
En la Misa, cuando el sacerdote alza la Hostia y el Cáliz, representa a la vez a Cristo alzado en la Cruz y al Señor exaltado a la Gloria. Y las almas piadosas, en ese momento, sienten la atracción de Cristo y son subidas, raptadas en ascensión, suben con el Señor que es elevado sacramentalmente, real y efectivamente.
Decía que las almas devotas sienten ese efecto de elevación. La otra mañana, el que tenía que tocar la campanilla no la tocó. Estaba elevado, me dije.
Muchas ascensiones pequeñas, litúrgicas, se hacen con temor y temblor. Y algunas, con lágrimas.
Si son de verdad, todas son ascensiones de amor.
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Signore delle Cime dirigé par Raffaele Ceriani - à l'orgue Bepi de Marzi - juin 2011
viernes, 12 de abril de 2013
LECTIO DIVINA [5] A LOS SEMINARISTAS DE ROMA
LECTIO DIVINA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
VISITA AL PONTIFICIO SEMINARIO ROMANO MAYOR
Primera Carta de Pedro 1, 3-5
Eminencia, queridos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, queridos amigos:
http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/speeches/2007/february/documents/hf_ben-xvi_spe_20070217_seminario-romano_sp.html
VISITA AL PONTIFICIO SEMINARIO ROMANO MAYOR
CON OCASIÓN DE LA FIESTA DE LA VIRGEN DE LA CONFIANZA
Primera Carta de Pedro 1, 3-5
Eminencia, queridos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, queridos amigos:
Cada año es para mí una gran alegría estar aquí con vosotros, ver a tantos jóvenes que caminan hacia el sacerdocio, que están atentos a la voz del Señor, que quieren seguir esta voz y buscan el camino para servir al Señor en este tiempo nuestro.
Hemos escuchado tres versículos de la Primera Carta de San Pedro (cf. 1, 3-5). Antes de entrar en este texto, me parece importante estar atentos precisamente al hecho de que es Pedro quien habla. Las dos primeras palabras de la Carta son «Petrus apostolus» (cf. v. 1): él habla, y habla a las Iglesias en Asia y llama a los fieles «elegidos y extranjeros en la diáspora» (ibidem). Reflexionemos un poco sobre esto. Es Pedro quien habla, y habla —como se escucha al final de la Carta— desde Roma, a la que ha llamado «Babilonia» (cf. 5, 13). Pedro habla: es casi una primera encíclica, con la cual el primer apóstol, vicario de Cristo, habla a la Iglesia de todos los tiempos.
Pedro, apóstol. Habla entonces aquél que encontró en Cristo Jesús al Mesías de Dios, que habló el primero en nombre de la Iglesia futura: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo» (cf. Mt 16, 16). Habla aquél que nos ha introducido en esta fe. Habla aquél a quien dijo el Señor: : «Te entrego las llaves del reino de los cielos» (cf. Jn 16, 19), a quien confió su rebaño después de la Resurrección, diciéndole tres veces: «Apacienta mi rebaño, mis ovejas» (cf. Jn 21, 15-17). Habla también el hombre que cayó, que negó a Jesús y que tuvo la gracia de contemplar la mirada de Jesús, de ser tocado en su corazón y de haber encontrado el perdón y una renovación de su misión. Pero es sobre todo importante que este hombre, lleno de pasión, de deseo de Dios, de deseo del reino de Dios, del Mesías, que este hombre que encontró a Jesús, el Señor y el Mesías, es también el hombre que pecó, que cayó, y sin embargo permaneció bajo la mirada del Señor y así permaneció el responsable de la Iglesia de Dios, encargado por Cristo, portador de su amor.
Habla Pedro el apóstol, pero los exegetas nos dicen: no es posible que esta carta sea de Pedro, porque el griego es tan bueno que no puede ser el griego de un pescador del Lago de Galilea. Y no sólo el lenguaje, la estructura de la lengua es óptima, sino también el pensamiento es ya bastante maduro, pues existen ya fórmulas concretas en la cuales se condensa la fe y la reflexión de la Iglesia. Por lo tanto, ellos dicen: se trata de un estado de desarrollo que no puede ser el de Pedro. ¿Cómo responder? Hay dos posiciones importantes: primero, Pedro mismo —es decir, la Carta— nos da una clave de por qué al final del Escrito dice: «Os escribo por medio de Silvano —dia Silvano». Este por medio [dia] puede significar cosas diversas: puede significar que él [Silvano] transporta, transmite; puede querer decir que él ayudó en la redacción; que él realmente era el escritor práctico. En todo caso, podemos concluir que la Carta misma nos indica que Pedro no escribió solo esta Carta, sino que expresa la fe de una Iglesia que ya está en camino de fe, en una fe cada vez más madura. No escribe solo, como individuo aislado, escribe con la ayuda de la Iglesia, de las personas que ayudan a profundizar la fe, a entrar en la profundidad de su pensamiento, razonabilidad y profundidad. Y esto es muy importante: no habla Pedro como individuo, habla ex persona Ecclesiae, habla como hombre de la Iglesia, ciertamente como persona, con su responsabilidad personal, pero también como persona que habla en nombre de la Iglesia: no sólo ideas privadas, no como un genio del siglo XIX que quería expresar sólo ideas personales, originales, que nadie habría podido decir antes. No. No habla como genio individualista, sino que habla precisamente en la comunión de la Iglesia. En el Apocalipsis, en la visión inicial de Cristo se dice que la voz de Cristo es la voz de muchas aguas (cf. Ap 1, 15). Esto quiere decir: la voz de Cristo reúne todas las aguas del mundo, lleva en sí todas las aguas vivas que dan vida al mundo. Es Persona, pero precisamente ésta es la grandeza del Señor, que lleva en sí todo el río del Antiguo Testamento, es más, de la sabiduría de los pueblos. Y cuanto se dice aquí sobre el Señor vale, en otro modo, también para el apóstol, que no quiere decir sólo una palabra suya, sino que lleva en sí realmente las aguas de la fe, las aguas de toda la Iglesia; y justamente de este modo da fertilidad, da fecundidad, y precisamente así es un testigo personal que se abre al Señor, y se convierte en alguien abierto y amplio. Por lo tanto, esto es importante.
Luego me parece también importante que en esta conclusión de la Carta se nombren a Silvano y a Marcos, dos personas que pertenecen también a las amistades de san Pablo. De este modo, a través de esa conclusión, los mundos de san Pedro y de san Pablo van juntos: no es una teología exclusivamente petrina contra una teología paulina, sino que es una teología de la Iglesia, de la fe de la Iglesia, donde —ciertamente— hay diversidad de temperamento, de pensamiento, de estilo al hablar entre Pablo y Pedro. Es un bien, también hoy, que existan tales diversidades, diversos carismas, diversos temperamentos, que sin embargo no son contrastantes y se unen en la fe común.
Quisiera decir otra cosa: san Pedro escribe desde Roma. Es importante: aquí ya tenemos al Obispo de Roma, tenemos el inicio de la sucesión, tenemos ya el inicio del primado concreto situado en Roma, no sólo entregado por el Señor, sino ubicado aquí, en esta ciudad, en esta capital del mundo. ¿Cómo llegó Pedro a Roma? Esta es una pregunta seria. Los Hechos de los Apóstoles nos relatan que, tras la fuga de la cárcel de Herodes, fue a otro lugar (cf. 12, 17) —eis eteron topon—, no se sabe a qué otro lugar; algunos dicen Antioquía, otros dicen Roma. En todo caso, en este capítulo, se dice también que, antes de huir, confió la Iglesia judeo-cristiana, la Iglesia de Jerusalén, a Santiago; y, confiándola a Santiago, él permanece sin embargo Primado de la Iglesia universal, de la Iglesia de los paganos, pero también de la Iglesia judeo-cristiana. Y aquí en Roma encontró una gran comunidad judeo-cristiana. Los liturgistas nos dicen que en el Canon romano hay rastros de un lenguaje típicamente judeo-cristiano. De este modo vemos que en Roma se encuentran ambas partes de la Iglesia: la judeo-cristiana y la pagano-cristiana, unidas, expresión de la Iglesia universal. Para Pedro, ciertamente, el paso de Jerusalén a Roma es el paso a la universalidad de la Iglesia, el paso a la Iglesia de los paganos y de todos los tiempos, a la Iglesia siempre también de los judíos. Y pienso que, viniendo a Roma, san Pedro no sólo pensó en este paso: Jerusalén/Roma, Iglesia judeo-cristiana/Iglesia universal. Ciertamente se acordó también de las últimas palabras de Jesús dirigidas a él, recogidas por san Juan: «Al final, tú irás adonde no quieras ir. Te ceñirán, extenderán tus manos» (cf. Jn 21, 18). Es una profecía de la crucifixión. Los filólogos nos muestran que es una expresión precisa, técnica, este «extender las manos», para la crucifixión. San Pedro sabía que su final sería el martirio, que habría sido la cruz. Y así, se encontrará en el completo seguimiento de Cristo. Por lo tanto, al venir a Roma fue ciertamente también al martirio: en Babilonia lo esperaba el martirio. Por lo tanto, el primado tiene este contenido de la universalidad, pero también un contenido martiriológico. Desde el comienzo, Roma es también lugar del martirio. Pedro, al venir a Roma, acepta de nuevo esta palabra del Señor: va hacia la Cruz; y nos invita a que también nosotros aceptemos el aspecto martiriológico del cristianismo, que puede tener formas muy distintas. Y la cruz puede tener formas muy distintas, pero nadie puede ser cristiano sin seguir al Crucificado, sin aceptar incluso el momento martiriológico.
Después de estas palabras sobre el remitente, unas breves palabras también sobre las personas a las cuales escribió. He dicho ya que san Pedro define a aquellos a quienes escribe con las palabras «eklektois parepidemois», «a los elegidos que son extranjeros en la diáspora» (cf. 1 P 1, 1). Tenemos nuevamente esta paradoja de gloria y cruz: elegidos, pero dispersos y extranjeros. Elegidos: este era el título de gloria de Israel: nosotros somos los elegidos, Dios eligió a este pequeño pueblo no porque somos grandes —dice el Deuteronomio— sino porque Él nos ama (cf. 7, 7-8). Somos elegidos: esto, ahora san Pedro lo traslada a todos los bautizados, y el contenido propio de los primeros capítulos de su Primera Carta es que los bautizados entran en los privilegios de Israel, son el nuevo Israel. Elegidos: me parece que vale la pena reflexionar sobre esta palabra. Somos elegidos. Dios nos conoce desde siempre, antes de nuestro nacimiento, de nuestra concepción; Dios me quiso cristiano, católico, me quiso sacerdote. Dios ha pensado en mí, me ha buscado a mí entre millones, entre muchos, me ha visto y ha elegido, no por mis méritos que no existían, sino por su bondad. Ha querido que yo sea portador de su elección, que es siempre también misión, sobre todo misión, y responsabilidad por los demás. Elegidos: debemos estar agradecidos y alegres por este hecho. Dios ha pensado en mí, me ha elegido como católico, a mí como portador de su Evangelio, como sacerdote. Me parece que vale la pena reflexionar muchas veces sobre esto, y volver a entrar en este hecho de su elección: me eligió, me quiso; ahora yo respondo.
Tal vez hoy nos tienta decir: no queremos estar contentos por haber sido elegidos, sería triunfalismo. Triunfalismo sería si nosotros pensáramos que Dios me eligió porque soy grande. Esto sería realmente triunfalismo equivocado. Pero estar contentos porque Dios me ha querido no es triunfalismo, es gratitud. Pienso que debemos volver a aprender esta alegría: Dios ha querido que yo nazca así, en una familia católica, que haya conocido desde el comienzo a Jesús. ¡Qué gran don ser amado por Dios, de tal modo que he podido conocer su rostro, he podido conocer a Jesucristo, el rostro humano de Dios, la historia humana de Dios en este mundo! Estar alegres porque me ha elegido para ser católico, para estar en esta Iglesia suya, donde subsistit Ecclesia unica; debemos estar alegres porque Dios me ha dado esta gracia, esta belleza de conocer la plenitud de la verdad de Dios, la alegría de su amor.
Elegidos: una palabra de privilegio y de humildad al mismo tiempo. Pero «elegidos» —como decía— está acompañado de «parapidemois», dispersos, extranjeros. Como cristianos estamos dispersos y somos extranjeros: vemos que hoy en el mundo los cristianos son el grupo más perseguido porque no son conformistas, porque es un estímulo, porque están contra las tendencias del egoísmo, del materialismo, de todas estas cosas.
Ciertamente los cristianos no son sólo extranjeros; somos también naciones cristianas, estamos orgullosos de haber contribuido a la formación de la cultura. Hay un sano patriotismo, una sana alegría de pertenecer a una nación que tiene una gran historia de cultura, de fe. Pero, como cristianos, somos también siempre extranjeros, —la historia de Abrahán, descrita en la Carta a los Hebreos. Somos, como cristianos, precisamente hoy, siempre también extranjeros. En los lugares de trabajo los cristianos son una minoría, se encuentran en una situación de extrañeza; asombra que uno hoy pueda aún creer y vivir así. Esto pertenece también a nuestra vida: es la forma de ser con Cristo Crucificado; este ser extranjeros, viviendo no según el mundo en el que viven todos, sino viviendo —o tratando al menos de vivir— según su Palabra, en una gran diversidad respecto a lo que dicen todos. Y precisamente esto es característico para los cristianos. Todos dicen: «Pero todos hacen así, ¿por qué yo no?». No, yo no, porque quiero vivir según Dios. San Agustín dijo una vez: «Los cristianos son aquellos que no tienen las raíces hacia abajo como los árboles, sino que tienen las raíces hacia arriba, y viven esta gravitación no en la gravitación natural hacia abajo». Roguemos al Señor para que nos ayude a aceptar esta misión de vivir, en cierto sentido, como dispersos, como minoría; de vivir como extranjeros y ser incluso responsables de los demás y, precisamente así, dando fuerza al bien en nuestro mundo.
Llegamos finalmente a los tres versículos de hoy. Quisiera sólo subrayar, o digamos interpretar un poco, por lo que puedo, tres palabras: la palabra regenerados, la palabra herencia y la palabra custodiados por la fe. Regenerados —anaghennesas, dice el texto griego— quiere decir: ser cristiano no es simplemente una decisión de mi voluntad, una idea mía; yo veo un grupo que me gusta, me hago miembro de este grupo, comparto sus objetivos, etc. No: ser cristiano no es entrar en un grupo para hacer algo, no es un acto sólo de mi voluntad, no primariamente de mi voluntad, de mi razón: es un acto de Dios. Regenerado no concierne sólo al ámbito de la voluntad, del pensar, sino del ser. He renacido: esto quiere decir que llegar a ser cristiano es sobre todo pasivo; yo no puedo hacerme cristiano, sino que me hacen renacer, el Señor me rehace en la profundidad de mi ser. Y yo entro en este proceso del renacer, me dejo transformar, renovar, regenerar. Esto me parece muy importante: como cristiano no me hago sólo una idea mía que comparto con otros, y si dejan de gustarme puedo salir. No: concierne precisamente a la profundidad del ser, es decir, llegar a ser cristiano comienza con una acción de Dios, sobre todo una acción suya, y yo me dejo formar y transformar.
Me parece que es materia de reflexión, precisamente en un año en el que reflexionamos sobre los Sacramentos de la iniciación cristiana, meditar esto: este pasivo y activo profundo del ser regenerado, del devenir de toda una vida cristiana, del dejarme transformar por su Palabra, por la comunión de la Iglesia, por la vida de la Iglesia, por los signos con los que el Señor trabaja en mí, trabaja conmigo y para mí. Y renacer, ser regenerados, indica también que entro en una nueva familia: Dios, mi Padre; la Iglesia, mi Madre; los demás cristianos, mis hermanos y hermanas. Ser regenerados, dejarse regenerar implica, por lo tanto, dejarse voluntariamente introducir en esta familia, vivir para Dios Padre y desde Dios Padre, vivir desde la comunión con Cristo su Hijo, que me regenera mediante su Resurrección, como dice la Carta (cf. 1 P 1, 3), vivir con la Iglesia dejándome formar por la Iglesia en muchos sentidos, en tantos caminos, y estar abierto a mis hermanos, reconocer en los demás realmente a mis hermanos, que junto a mí son regenerados, transformados, renovados; uno lleva la responsabilidad por el otro. Una responsabilidad, por lo tanto, del Bautismo, que es un proceso de toda una vida.
Segunda palabra: herencia. Es una palabra muy importante en el Antiguo Testamento, donde se dice a Abrahán que su descendencia heredará la tierra. Y esta fue siempre la promesa para los suyos: Vosotros tendréis la tierra, seréis herederos de la tierra. En el Nuevo Testamento, esta palabra se convierte en una palabra para nosotros: nosotros somos herederos, no de un determinado país, sino de la tierra de Dios, del futuro de Dios. Herencia es una cosa del futuro, y así esta palabra dice sobre todo que como cristianos tenemos el futuro: el futuro es nuestro, el futuro es de Dios. Y así, siendo cristianos, sabemos que el futuro es nuestro y el árbol de la Iglesia no es un árbol moribundo, sino el árbol que crece siempre de nuevo. Por lo tanto, tenemos motivo para no dejarnos persuadir —como dijo el Papa Juan XXIII— por los profetas de desventuras, que dicen: la Iglesia, bien, es un árbol nacido del grano de mostaza, creció en dos milenios, ahora tiene el tiempo tras de sí, ahora es el tiempo en el cual muere. No. La Iglesia se renueva siempre, renace siempre. El futuro es nuestro. Naturalmente, existe un falso optimismo y un falso pesimismo. Un falso pesimismo que dice: el tiempo del cristianismo se acabó. No: ¡comienza de nuevo! El falso optimismo era el posterior al Concilio, cuando los conventos cerraban, los seminarios cerraban, y decían: pero... nada, está todo bien... ¡No! No está todo bien. Hay también caídas graves, peligrosas, y debemos reconocer con sano realismo que así no funciona, no funciona donde se hacen cosas equivocadas. Pero también debemos estar seguros, al mismo tiempo, de que si aquí y allá la Iglesia muere por causa de los pecados de los hombres, por causa de su falta de fe, al mismo tiempo, nace de nuevo. El futuro es realmente de Dios: esta es la gran certeza de nuestra vida, el grande y verdadero optimismo que conocemos. La Iglesia es el árbol de Dios que vive eternamente y lleva en sí la eternidad y la verdadera herencia: la vida eterna.
Y, finalmente, custodiados por la fe. El texto del Nuevo Testamento, de la Carta de San Pedro, usa aquí una palabra rara, phrouroumenoi, que quiere decir: están «los vigilantes», y la fe es como «el vigilante» que custodia la integridad de mi ser, de mi fe. Esta palabra interpreta sobre todo a los «vigilantes» de las puertas de una ciudad, donde ellos están y custodian la ciudad, a fin de que no la invadan los poderes de destrucción. Así la fe es «vigilante» de mi ser, de mi vida, de mi herencia. Debemos estar agradecidos por esta vigilancia de la fe que nos protege, nos ayuda, nos guía, nos da la seguridad: Dios no me deja caer de sus manos. Custodiados por la fe: así concluyo. Hablando de la fe pienso siempre en aquella mujer siro-fenicia enferma, que, en medio de la multitud, logra llegar a Jesús, lo toca para ser sanada, y es curada. El Señor dice: «¿Quién me ha tocado?». Le dicen: «Pero Señor, todos te tocan, ¿cómo puedes preguntar: quién me ha tocado?» (cf. Mc 7, 24-30). Pero el Señor sabe: existe un modo de tocarlo, superficial, exterior, que no tiene realmente nada que ver con un verdadero encuentro con Él. Y existe un modo de tocarlo profundamente. Y esta mujer le tocó verdaderamente: le tocó no sólo con la mano, sino con su corazón, y así recibió la fuerza sanadora de Cristo, tocándolo realmente desde dentro, desde la fe. Esta es la fe: tocar a Cristo con la mano de la fe, con nuestro corazón, y así entrar en la fuerza de su vida, en la fuerza sanadora del Señor. Pidamos al Señor que podamos tocarle cada vez más de este modo para ser sanados. Pidamos que no nos deje caer, que también ella nos tome siempre de la mano y, de este modo, nos custodie para la verdadera vida. Gracias.
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lunes, 25 de marzo de 2013
MI CRISTO ECHADO - Horacio Bojorge
Quiero contarles algo.
El cuatro de diciembre del 2002 fui por el día a Carmelo, departamento de Colonia, Uruguay. Está a tres horas de ómnibus de Montevideo.
Resulta que el 11 de febrero de este año falleció allí María Rosa, un anciana que yo tengo por santa y muy llena de gracias místicas, por haber tenido, como sacerdote, el privilegio de asomarme al interior de su alma y ser testigo de la obra del Señor en ella.
Con María Rosa nos conocimos en algunas de mis idas apostólicas a Carmelo y luego seguimos en comunicación epistolar. Ella me consultaba las cosas de su alma, porque como tantas almas buenas, que temen ofender al Dios que tanto aman, sufría a veces tentaciones de escrúpulos. Fue una hija de Dios de grandes deseos de santidad y apostólicos. Soñó con un Instituto secular que se dedicara a enseñar la Doctrina católica en nuestro pueblo sumido en la ignorancia de su fe.
Después de dos años de cáncer falleció santamente, como me dice su sobrina María Teresa. Con gran paz y sin quejas ni ansiedades. Y hete aquí que en su testamento me dejó un legado que fui a recoger el otro día. Resultó ser un Crucifijo que tiene una historia que te quiero contar, porque creo que tiene que ver con la mía y de algún modo con la tuya y la de tantas almas como tú a las que el Señor me pone en el camino para servir.
El Crucifijo de mesa que me legó María Rosa es una cruz de madera ¡muy liviana!, de sesenta centímetros de alto, hermosamente adornada con volutas de madera tallada y un techito en dos aguas, parecido a los techitos de los relojes de Cu-cú, con adornos en madera de ese estilo. Aunque entiendo poco de artesanías de madera, me parece que es un estilo suizo, austríaco o nord-europeo.
El cuatro de diciembre del 2002 fui por el día a Carmelo, departamento de Colonia, Uruguay. Está a tres horas de ómnibus de Montevideo.
Resulta que el 11 de febrero de este año falleció allí María Rosa, un anciana que yo tengo por santa y muy llena de gracias místicas, por haber tenido, como sacerdote, el privilegio de asomarme al interior de su alma y ser testigo de la obra del Señor en ella.
Con María Rosa nos conocimos en algunas de mis idas apostólicas a Carmelo y luego seguimos en comunicación epistolar. Ella me consultaba las cosas de su alma, porque como tantas almas buenas, que temen ofender al Dios que tanto aman, sufría a veces tentaciones de escrúpulos. Fue una hija de Dios de grandes deseos de santidad y apostólicos. Soñó con un Instituto secular que se dedicara a enseñar la Doctrina católica en nuestro pueblo sumido en la ignorancia de su fe.
Después de dos años de cáncer falleció santamente, como me dice su sobrina María Teresa. Con gran paz y sin quejas ni ansiedades. Y hete aquí que en su testamento me dejó un legado que fui a recoger el otro día. Resultó ser un Crucifijo que tiene una historia que te quiero contar, porque creo que tiene que ver con la mía y de algún modo con la tuya y la de tantas almas como tú a las que el Señor me pone en el camino para servir.
El Crucifijo de mesa que me legó María Rosa es una cruz de madera ¡muy liviana!, de sesenta centímetros de alto, hermosamente adornada con volutas de madera tallada y un techito en dos aguas, parecido a los techitos de los relojes de Cu-cú, con adornos en madera de ese estilo. Aunque entiendo poco de artesanías de madera, me parece que es un estilo suizo, austríaco o nord-europeo.
La madera es livianísima, llamativamente liviana y alguien entendido diría enseguida si es de alerce. Pero a mí me da que pensar en aquello de Mateo 11,30: “tomad sobre vosotros mi yugo, porque mi yugo es liviano y mi carga ligera”. El Cristo es de metal niquelado, y mide una cuarta de alto. (En centímetros 16 por 13. Más exactamente trece centímetros de la corona de espinas a la llagas de los pies; y doce centímetros de llaga a llaga de las manos.
(¡Perdoname Jesús! Te estoy midiendo como un paquete).
En una cruz tan alta te han puesto mi Jesús. Esa es la impresión que da el Cristo clavado en la mitad superior. Pero al mismo tiempo, la cruz ornamentada, techada, habla del amor que quiere rodear y venerar al inocente odiado.
Y ahora la historia del Cristo:
Me la cuenta el testamento de mi hija María Rosa, que era escribana. “El Crucifijo perteneció a la Inspección departamental de Escuelas de Colonia, de donde fue mandado retirar por el Gobierno (debió ser el de Batlle). La Inspectora de Colonia lo entregó a la familia Déniz Irurueta y la última sobreviviente, mi ex profesora Pepita Déniz me lo legó”. María Rosa no explica nada más acerca de por qué pensó en mí como depositario de este Crucifijo. Pero el Espíritu y los Ángeles me lo dan a entender. Y estoy seguro de que ella sintió que el legado era más elocuente que una carta.
Embalamos el Crucifijo lo mejor posible con la sobrina de María Rosa y saqué pasaje de vuelta para Montevideo. Mientras volvíamos en el ómnibus (me refiero al Señor crucificado y a mí), Él en el portaequipaje, empaquetado como un bulto más, (¡mi mejor equipaje eres Tú!), venía meditando de a ratos y comprendiendo y gustando. Como no dejo de recibir luces acerca de este hecho y acerca de lo que significa, no sé qué cosas medité entonces y cuáles después.
Te cuento lo que siento, como lo siento ahora. Siento que he sido nombrado heredero y elegido para dar hospitalidad y albergue al Cristo echado y a tantos miembros que corren su misma suerte. Echado de la escuela uruguaya, echado de la sociedad uruguaya. Pero que ha terminado siendo echado aquí porque venía siendo echado de Europa y de un mundo que había sido cristiano. Hasta tal punto que su expulsión forma parte de la misma historia de expulsiones y exilio que vivieron mis hermanos jesuitas de las reducciones del Paraguay.
Como un episodio más en esa historia de exilio, resulta que ahora he sido nombrado hospedero de un Cristo perseguido y expulsado en los mejores de sus discípulos (¡Saulo, Saulo! ¿Por qué me persigues?). Este hecho me inunda de luz y me traspasa de gozo sufriente.
Estabas en la Inspección de enseñanza primaria del departamento de Colonia y el gobierno te hizo retirar. ¿Qué razones pudieron tener los guardianes y servidores del bien común para expulsarte? ¿A quién amenazaba tu presencia? ¿A quién ofendía? ¿A quién dañaba? Son preguntas retóricas. Efusiones de afecto. No necesitan respuesta porque es historia sabida. Son razones conocidas y pretextos hipócritas. Fue avasallamiento violento de las mayorías creyentes. Fue el drama de la acedia convertida en civilización y cultura, encaramada al poder político. Te echaron. Te desterraron. A Ti y a los tuyos, que es lo mismo. Eres un Cristo echado, un Cristo no querido. Tú no eres “mi Cristo roto", como el que enciende la piedad y el afecto del Padre Cue, sino mi “Cristo echado”.
La Inspectora de primaria te entregó a una familia. Como a María tu cuerpo bajado de la Cruz. Con un gesto de piedad y respeto al inocente expulsado, afrentado y vencido en apariencia. Pero es necesario ser echado para poder ser recibido. De Cristo echado pasaste a ser un Cristo recibido, un Cristo acogido con amor, un Cristo custodiado como huésped honroso. No insististe en derribar las puertas que se cerraban. Te hospedaste en la casa de los que te recibían. El Cristo echado es también el Cristo recibido. el Cristo venerado a través de generaciones.
Me estremezco pensando que cuando María Rosa se preparaba a morir y pensó dónde dejar y a quién confiar al Cristo echado, el Espíritu Santo le hizo pensar en mí y le puso el deseo de legármelo. Fue una decisión largamente rumiada por ella, madurada en oración y meditación. Es para mí tan expresiva como una carta escrita. Sí, María Rosa, entiendo perfectamente lo que me quieres decir haciéndome heredero y hospedero de tu Cristo echado. María Rosa y su hermana Nelly, como tantos otros católicos “conservadores” también sufrieron una especie de ostracismo o de exilio interior en la misma Iglesia y por parte de sus pastores. Una nueva concepción de la catequesis a la que se pensaba, no sin razón, que no podrían adaptarse (o avenirse), aconsejaba cambiar los cuadros de catequistas en las parroquias. De una manera u otra también a ellas les tocó seguir la suerte del Maestro y fueron más o menos comedidamente, más o menos elegantemente, más o menos afectuosamente despedidas. Ya no de la escuela pública sino de las instituciones parroquiales y de la catequesis parroquial.
María Rosa vivió en un cierto ostracismo la fidelidad a formas de piedad y de fe que los responsables de la Iglesia pensaban sinceramente que era mejor que desapareciesen y que por lo tanto no era conveniente difundir, ni dejar difundir por los que aún vivían según ellas. Eran formas que se condenaron a morir con sus portadores.
El legado de María Rosa me persuade de que ella vivió esa situación dentro de una Iglesia y bajo la autoridad de unos pastores a los cuales permaneció inquebrantablemente fiel, consciente de que era aquella una misteriosa comunión con el Cristo echado. Y creo que por eso me lo legó. Nunca hablé con ella de mi situación eclesial y de las consecuencias de que miren como un “cura conservador” a quien es en realidad un progresista que “está de vuelta”.
Sin embargo su legado me confirma en que no lo necesitó para comprender con su perspicacia espiritual y femenina. Su legado es como un comentario que me alcanza después de muerta. Su legado me parece, también, una elección. No de María Rosa. Sino del Señor que le comisionó dármelo a entender, alcanzarme este signo elocuente. Jesús mismo me alcanza esta cruz liviana y este Cristo echado a través de ella. Por eso me consuela tanto recibirlos. A Él a María Rosa y a todos los echados. Jesús mismo me elige para que lo hospede.
Dicen que unas de las tareas de los caballeros andantes medievales era amparar a los peregrinos y a los sin techo ni protección alguna. No hacían sino imitar a Cristo en su condición histórica concreta. Mirá que vengo a tu casa porque me echaron. No es el discípulo mayor que su maestro. Si a mí me han recibido también a vosotros os van a recibir. Voy a vivir contigo como María fue a lo de Juan.
Oh mi Maestro, varón de dolores ante quien se vuelve el rostro. Mi Dios saciado de oprobios. Pero recibido también, y por eso mismo con mayor amor, piedad y devoción, por tantos. Como ahora por mí. Esta visita, esta elección, me hace sentir qué bienaventurado soy en lo poquito que me toca vivir configurándome con mi Maestro.
Gracias Jesús. No soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme. Gracias María Rosa, por este mensaje. Por este legado. Por este encargo. Por esta misión que el Señor te había dado y ahora me delegas. Intercede por mí para que la cumpla bien y hasta el fin. Como Tú.
(¡Perdoname Jesús! Te estoy midiendo como un paquete).
En una cruz tan alta te han puesto mi Jesús. Esa es la impresión que da el Cristo clavado en la mitad superior. Pero al mismo tiempo, la cruz ornamentada, techada, habla del amor que quiere rodear y venerar al inocente odiado.
Y ahora la historia del Cristo:
Me la cuenta el testamento de mi hija María Rosa, que era escribana. “El Crucifijo perteneció a la Inspección departamental de Escuelas de Colonia, de donde fue mandado retirar por el Gobierno (debió ser el de Batlle). La Inspectora de Colonia lo entregó a la familia Déniz Irurueta y la última sobreviviente, mi ex profesora Pepita Déniz me lo legó”. María Rosa no explica nada más acerca de por qué pensó en mí como depositario de este Crucifijo. Pero el Espíritu y los Ángeles me lo dan a entender. Y estoy seguro de que ella sintió que el legado era más elocuente que una carta.
Embalamos el Crucifijo lo mejor posible con la sobrina de María Rosa y saqué pasaje de vuelta para Montevideo. Mientras volvíamos en el ómnibus (me refiero al Señor crucificado y a mí), Él en el portaequipaje, empaquetado como un bulto más, (¡mi mejor equipaje eres Tú!), venía meditando de a ratos y comprendiendo y gustando. Como no dejo de recibir luces acerca de este hecho y acerca de lo que significa, no sé qué cosas medité entonces y cuáles después.
Te cuento lo que siento, como lo siento ahora. Siento que he sido nombrado heredero y elegido para dar hospitalidad y albergue al Cristo echado y a tantos miembros que corren su misma suerte. Echado de la escuela uruguaya, echado de la sociedad uruguaya. Pero que ha terminado siendo echado aquí porque venía siendo echado de Europa y de un mundo que había sido cristiano. Hasta tal punto que su expulsión forma parte de la misma historia de expulsiones y exilio que vivieron mis hermanos jesuitas de las reducciones del Paraguay.
Como un episodio más en esa historia de exilio, resulta que ahora he sido nombrado hospedero de un Cristo perseguido y expulsado en los mejores de sus discípulos (¡Saulo, Saulo! ¿Por qué me persigues?). Este hecho me inunda de luz y me traspasa de gozo sufriente.
Estabas en la Inspección de enseñanza primaria del departamento de Colonia y el gobierno te hizo retirar. ¿Qué razones pudieron tener los guardianes y servidores del bien común para expulsarte? ¿A quién amenazaba tu presencia? ¿A quién ofendía? ¿A quién dañaba? Son preguntas retóricas. Efusiones de afecto. No necesitan respuesta porque es historia sabida. Son razones conocidas y pretextos hipócritas. Fue avasallamiento violento de las mayorías creyentes. Fue el drama de la acedia convertida en civilización y cultura, encaramada al poder político. Te echaron. Te desterraron. A Ti y a los tuyos, que es lo mismo. Eres un Cristo echado, un Cristo no querido. Tú no eres “mi Cristo roto", como el que enciende la piedad y el afecto del Padre Cue, sino mi “Cristo echado”.
La Inspectora de primaria te entregó a una familia. Como a María tu cuerpo bajado de la Cruz. Con un gesto de piedad y respeto al inocente expulsado, afrentado y vencido en apariencia. Pero es necesario ser echado para poder ser recibido. De Cristo echado pasaste a ser un Cristo recibido, un Cristo acogido con amor, un Cristo custodiado como huésped honroso. No insististe en derribar las puertas que se cerraban. Te hospedaste en la casa de los que te recibían. El Cristo echado es también el Cristo recibido. el Cristo venerado a través de generaciones.
Me estremezco pensando que cuando María Rosa se preparaba a morir y pensó dónde dejar y a quién confiar al Cristo echado, el Espíritu Santo le hizo pensar en mí y le puso el deseo de legármelo. Fue una decisión largamente rumiada por ella, madurada en oración y meditación. Es para mí tan expresiva como una carta escrita. Sí, María Rosa, entiendo perfectamente lo que me quieres decir haciéndome heredero y hospedero de tu Cristo echado. María Rosa y su hermana Nelly, como tantos otros católicos “conservadores” también sufrieron una especie de ostracismo o de exilio interior en la misma Iglesia y por parte de sus pastores. Una nueva concepción de la catequesis a la que se pensaba, no sin razón, que no podrían adaptarse (o avenirse), aconsejaba cambiar los cuadros de catequistas en las parroquias. De una manera u otra también a ellas les tocó seguir la suerte del Maestro y fueron más o menos comedidamente, más o menos elegantemente, más o menos afectuosamente despedidas. Ya no de la escuela pública sino de las instituciones parroquiales y de la catequesis parroquial.
María Rosa vivió en un cierto ostracismo la fidelidad a formas de piedad y de fe que los responsables de la Iglesia pensaban sinceramente que era mejor que desapareciesen y que por lo tanto no era conveniente difundir, ni dejar difundir por los que aún vivían según ellas. Eran formas que se condenaron a morir con sus portadores.
El legado de María Rosa me persuade de que ella vivió esa situación dentro de una Iglesia y bajo la autoridad de unos pastores a los cuales permaneció inquebrantablemente fiel, consciente de que era aquella una misteriosa comunión con el Cristo echado. Y creo que por eso me lo legó. Nunca hablé con ella de mi situación eclesial y de las consecuencias de que miren como un “cura conservador” a quien es en realidad un progresista que “está de vuelta”.
Sin embargo su legado me confirma en que no lo necesitó para comprender con su perspicacia espiritual y femenina. Su legado es como un comentario que me alcanza después de muerta. Su legado me parece, también, una elección. No de María Rosa. Sino del Señor que le comisionó dármelo a entender, alcanzarme este signo elocuente. Jesús mismo me alcanza esta cruz liviana y este Cristo echado a través de ella. Por eso me consuela tanto recibirlos. A Él a María Rosa y a todos los echados. Jesús mismo me elige para que lo hospede.
Dicen que unas de las tareas de los caballeros andantes medievales era amparar a los peregrinos y a los sin techo ni protección alguna. No hacían sino imitar a Cristo en su condición histórica concreta. Mirá que vengo a tu casa porque me echaron. No es el discípulo mayor que su maestro. Si a mí me han recibido también a vosotros os van a recibir. Voy a vivir contigo como María fue a lo de Juan.
Oh mi Maestro, varón de dolores ante quien se vuelve el rostro. Mi Dios saciado de oprobios. Pero recibido también, y por eso mismo con mayor amor, piedad y devoción, por tantos. Como ahora por mí. Esta visita, esta elección, me hace sentir qué bienaventurado soy en lo poquito que me toca vivir configurándome con mi Maestro.
Gracias Jesús. No soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme. Gracias María Rosa, por este mensaje. Por este legado. Por este encargo. Por esta misión que el Señor te había dado y ahora me delegas. Intercede por mí para que la cumpla bien y hasta el fin. Como Tú.
viernes, 15 de marzo de 2013
LECTIO DIVINA [4]
Al Clero de Roma en Cuaresma
CON EL CLERO DE ROMA POR EL INICIO DE LA CUARESMA
LECTIO DIVINA
EFESIOS 4, 1-16
EFESIOS 4, 1-16
Aula Pablo VI,
Jueves 23 de febrero de 2012
Jueves 23 de febrero de 2012
Queridos hermanos:
Para mí es una gran alegría ver cada año, al inicio de la Cuaresma, a mi clero, el clero de Roma, y me complace ver que hoy somos numerosos. Yo pensaba que en esta gran aula íbamos a ser un grupo casi perdido, pero veo que somos un fuerte ejército de Dios y podemos entrar con fuerza en este tiempo nuestro, en las batallas necesarias para promover, para hacer que avance el reino de Dios. Ayer entramos por la puerta de la Cuaresma, renovación anual de nuestro Bautismo; repetimos casi nuestro catecumenado, yendo de nuevo a la profundidad de nuestra realidad de bautizados, retomando, volviendo a nuestra realidad de bautizados y así incorporados a Cristo. De este modo, también podemos tratar de guiar nuevamente a nuestras comunidades a esta comunión íntima con la muerte y resurrección de Cristo, llegando a ser cada vez más conformes a Cristo, llegando a ser cada vez más cristianos realmente.
El pasaje de la Carta de san Pablo a los Efesios que acabamos de escuchar (4, 1-16) es uno de los grandes textos eclesiales del Nuevo Testamento. Comienza con la autopresentación del autor: «Yo Pablo, prisionero por el Señor» (v. 1). La palabra griega desmios dice «encadenado»: Pablo, como un criminal, está entre cadenas, encadenado por Cristo y así comienza en la comunión con la pasión de Cristo. Este es el primer elemento de la autopresentación: él habla encadenado, habla en la comunión de la pasión de Cristo y así está en comunión también con la resurrección de Cristo, con su nueva vida. También nosotros, cuando hablamos, debemos hacerlo en comunión con su pasión, aceptando nuestras pasiones, nuestros sufrimientos y pruebas, en este sentido: son precisamente pruebas de la presencia de Cristo, de que él está con nosotros y de que, en la comunión con su pasión, vamos hacia la novedad de la vida, hacia la resurrección. Así pues, «encadenado» es en primer lugar una palabra de la teología de la cruz, de la comunión necesaria de todo evangelizador, de todo pastor con el Pastor supremo, que nos ha redimido «entregándose», sufriendo por nosotros. El amor es sufrimiento, es entregarse, es perderse, y
precisamente de este modo es fecundo. Pero así, en el elemento exterior de las cadenas, de la falta de libertad, aparece y se refleja otro aspecto: la verdadera cadena que ata a Pablo a Cristo es la cadena del amor. «Encadenado por amor»: un amor que da libertad, un amor que lo capacita para hacer presente el mensaje de Cristo y a Cristo mismo. Y también para todos nosotros esta debería ser la última cadena que nos libera, unidos con la cadena del amor a Cristo. Así encontramos la libertad y el verdadero camino de la vida, y, con el amor de Cristo, podemos guiar también a los hombres que nos han sido encomendados a este amor, que es la alegría, la libertad.
Luego dice «os exhorto» (Ef 4, 1): tiene la misión de exhortar, no se trata de una amonestación moral. Exhorto desde la comunión con Cristo; es Cristo mismo, en último término, quien exhorta, quien invita con el amor de un padre y de una madre. «Os exhorto a que andéis como pide la vocación a la que habéis sido llamados» (v. 1); o sea, el primer elemento es: hemos recibido una llamada. Yo no soy anónimo o sin sentido en el mundo: hay una llamada, hay una voz que me ha llamado, una voz que sigo. Y mi vida debería ser un entrar cada vez más profundamente en la senda de la llamada, seguir esta voz y así encontrar el verdadero camino y guiar a los demás por este camino.
He «recibido una llamada». Yo diría que la primera gran llamada es la del Bautismo, la de estar con Cristo; la segunda gran llamada es la de ser pastores a su servicio, y debemos escuchar cada vez más esta llamada, de modo que podamos llamar, o mejor, ayudar también a los demás a oír la voz del Señor que llama. El gran sufrimiento de la Iglesia de hoy en Europa y en Occidente es la falta de vocaciones sacerdotales, pero el Señor llama siempre; lo que falta es la escucha. Nosotros hemos escuchado su voz y debemos estar atentos a la voz del Señor también para los demás, ayudarles a que la escuchen y así acepten la llamada, se abran a un camino de vocación a ser pastores con Cristo. San Pablo vuelve a utilizar esta palabra «llamada» al final de este primer párrafo, y habla de una vocación, de una llamada a la esperanza —la llamada misma es una esperanza— y así demuestra las dimensiones de la llamada: no es sólo individual; la llamada ya es un fenómeno de diálogo, un fenómeno en el «nosotros»; en el «yo y tú» y en el «nosotros». «Llamada a la esperanza». Así vemos las dimensiones de la llamada; son tres. Llamada, en último término, según este texto, hacia Dios. Dios es el fin; al final llegamos sencillamente a Dios y todo el camino es un camino hacia Dios. Pero este camino hacia Dios nunca es aislado, no es un camino sólo en el «yo», es un camino hacia el futuro, hacia la renovación del mundo, y un camino en el «nosotros» de los llamados que llama a otros, que les ayuda a escuchar esta llamada. Por eso la llamada siempre es también una vocación eclesial. Ser fieles a la llamada del Señor implica descubrir este «nosotros» en el cual y por el cual estamos llamados, así como ir juntos y realizar las virtudes necesarias. La «llamada» implica la eclesialidad; implica, por tanto, las dimensiones vertical y horizontal, que van inseparablemente unidas; implica eclesialidad en el sentido de dejarse ayudar por el «nosotros» y de construir este «nosotros» de la Iglesia. En este sentido, san Pablo explica la llamada con esta finalidad: un Dios único, solo, pero con esta dirección hacia el futuro; la esperanza está en el «nosotros» de aquellos que tienen la esperanza, que aman dentro de la esperanza, con algunas virtudes que son precisamente los elementos del caminar juntos.
La primera es: «con toda humildad» (Ef 4, 2). Quiero detenerme un poco más en esta virtud, porque antes del cristianismo no aparece en el catálogo de las virtudes; es una virtud nueva, la virtud del seguimiento de Cristo. Pensemos en la Carta a los Filipenses, en el capítulo dos: Cristo, siendo de condición divina, se humilló, aceptando la condición de esclavo y haciéndose obediente hasta la cruz (cf. Flp 2, 6-8). Este es el camino de la humildad del Hijo que debemos imitar. Seguir a Cristo quiere decir entrar en este camino de la humildad. El texto griego dice tapeinophrosyne (cf. Ef 4, 2): no ensoberbecerse, tener la medida justa. Humildad. Lo contrario de la humildad es la soberbia, como la razón de todos los pecados. La soberbia es arrogancia; por encima de todo quiere poder, apariencias, aparentar a los ojos de los demás, ser alguien o algo; no tiene la intención de agradar a Dios, sino de complacerse a sí mismo, de ser aceptado por los demás y —digamos— venerado por los demás. El «yo» en el centro del mundo: se trata de mi «yo» soberbio, que lo sabe todo. Ser cristiano quiere decir superar esta tentación originaria, que también es el núcleo del pecado original: ser como Dios, pero sin Dios; ser cristiano es ser verdadero, sincero, realista. La humildad es sobre todo verdad, vivir en la verdad, aprender la verdad, aprender que mi pequeñez es precisamente mi grandeza, porque así soy importante para el gran entramado de la historia de Dios con la humanidad. Precisamente reconociendo que soy un pensamiento de Dios, de la construcción de su mundo, y soy insustituible, precisamente así, en mi pequeñez, y sólo de este modo, soy grande. Esto es el inicio del ser cristiano: vivir la verdad. Y sólo vivo bien viviendo la verdad, el realismo de mi vocación por los demás, con los demás, en el cuerpo de Cristo. Vivir contra la verdad siempre es vivir mal. ¡Vivamos la verdad! Aprendamos este realismo: no querer aparentar, sino agradar a Dios y hacer lo que Dios ha pensado de mí y para mí, aceptando así también al otro. Aceptar al otro, que tal vez es más grande que yo, supone precisamente este realismo y amor a la verdad; supone aceptarme a mí mismo como «pensamiento de Dios», tal como soy, con mis límites y, de este modo, con mi grandeza. Aceptarme a mí mismo y aceptar al otro van juntos: sólo aceptándome a mí mismo en el gran entramado divino puedo aceptar también a los demás, que forman conmigo la gran sinfonía de la Iglesia y de la creación. Yo creo que las pequeñas humillaciones que día tras días debemos vivir son saludables, porque ayudan a cada uno a reconocer la propia verdad, y a vernos libres de la vanagloria, que va contra la verdad y no puede hacernos felices y buenos. Aceptar y aprender esto, y así aprender y aceptar mi posición en la Iglesia, mi pequeño servicio como grande a los ojos de Dios. Precisamente esta humildad, este realismo, nos hace libres. Si soy arrogante, si soy soberbio, querré siempre agradar, y si no lo logro me siento miserable, me siento infeliz, y debo buscar siempre este placer. En cambio, cuando soy humilde tengo la libertad también de ir a contracorriente de una opinión dominante, del pensamiento de otros, porque la humildad me da la capacidad, la libertad de la verdad. Así pues, pidamos al Señor que nos ayude, que nos ayude a ser realmente constructores de la comunidad de la Iglesia; que crezca, que nosotros mismos crezcamos en la gran visión de Dios, del «nosotros», y que seamos miembros del Cuerpo de Cristo, que pertenece así, en unidad, al Hijo de Dios.
La segunda virtud —veámosla con más brevedad— es la «dulzura» (Ef 4, 2), dice la traducción italiana. En griego la palabra es praus, es decir, «manso»; y también esta es una virtud cristológica como la humildad, que consiste en seguir a Cristo por este camino de la humildad. Así también praus, ser amable, ser manso, es seguir a Cristo que dice: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29). Esto no quiere decir debilidad. Cristo también puede ser duro, si es necesario, pero siempre con un corazón bueno; siempre es visible la bondad, la mansedumbre. En la Sagrada Escritura, a veces, «los mansos» es simplemente el nombre de los creyentes, del pequeño rebaño de los pobres que, en todas las pruebas, permanecen humildes y firmes en la comunión del Señor: buscar esta mansedumbre, que es lo contrario de la violencia. La tercera bienaventuranza, en el Evangelio de san Mateo, dice: «Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra» (Mt 5, 4). No son los violentos los que heredan la tierra, al final corresponde a los mansos: ellos tienen la gran promesa, y así nosotros debemos estar seguros de la promesa de Dios, de que la mansedumbre es más fuerte que la violencia. En la palabra mansedumbre se oculta el contraste con la violencia: los cristianos son los no violentos, son los opuestos a la violencia.
Y san Pablo prosigue: «con magnanimidad» (Ef 4, 2): Dios es magnánimo. A pesar de nuestras debilidades y de nuestros pecados, comienza siempre de nuevo con nosotros. Me perdona, aunque sabe que mañana volveré a caer en el pecado; reparte sus dones, aunque sabe que a menudo no somos buenos administradores. Dios es magnánimo, de gran corazón, nos confía su bondad. Y esta magnanimidad, esta generosidad, forma parte precisamente del seguimiento de Cristo, de nuevo.
Por último, «sobrellevaos mutuamente con amor» (Ef 4, 2). Me parece que precisamente de la humildad deriva esta capacidad de aceptar a los demás. La alteridad de otro siempre es un peso. ¿Por qué el otro es diferente? Pero precisamente esta diversidad, esta alteridad es necesaria para la belleza de la sinfonía de Dios. Y precisamente con la humildad, reconociendo mis límites, mi alteridad respecto al otro, el peso que yo soy para el otro, puedo ser capaz no sólo de sobrellevar al otro, sino también, con amor, encontrar precisamente en la alteridad también la riqueza de su ser y de las ideas y de la fantasía de Dios.
Todo esto, por lo tanto, sirve como virtud eclesial para la construcción del Cuerpo de Cristo, que es el Espíritu de Cristo, para que sea de nuevo ejemplo, de nuevo cuerpo, y crezca. San Pablo lo dice luego en concreto, afirmando que toda esta variedad de dones, de temperamentos, del ser hombre, sirve para la unidad (cf. Ef 4, 11-13). Todas estas virtudes son también virtudes de la unidad. Por ejemplo, para mí es muy significativo que la primera Carta después del Nuevo Testamento, la Primera Carta de Clemente, esté dirigida a una comunidad, la de los Corintios, dividida, y que sufría por la división (cf. PG 1, 201-328). En esta Carta, precisamente la palabra «humildad» es una palabra clave: están divididos porque falta la humildad; la ausencia de humildad destruye la unidad. La humildad es una virtud fundamental de la unidad; y sólo así crece la unidad del Cuerpo de Cristo, sólo así llegamos a estar realmente unidos y recibimos la riqueza y la belleza de la unidad. Por eso, es lógico que la lista de estas virtudes, que son virtudes eclesiales, cristológicas, virtudes de la unidad, se oriente hacia la unidad explícita: «un solo Señor, una sola fe, un solo Bautismo. Un solo Dios y Padre de todos» (Ef 4, 5). Una sola fe y un solo Bautismo, como realidad concreta de la Iglesia que está bajo el único Señor.
Bautismo y fe son inseparables. El Bautismo es el sacramento de la fe y la fe tiene dos aspectos. Es un acto profundamente personal: yo conozco a Cristo, me encuentro con Cristo y pongo mi confianza en él. Pensemos en la mujer que toca sus vestiduras con la esperanza de ser salvada (cf. Mt 9, 20-21); confía totalmente en él y el Señor dice: «Tu fe te ha salvado» (Mt 9, 22). También a los leprosos, al único que vuelve, dice: «Tu fe te ha salvado» (Lc 17, 19). Así pues, la fe inicialmente es sobre todo un encuentro personal, un tocar las vestiduras de Cristo, un ser tocado por Cristo, estar en contacto con Cristo, confiar en el Señor, tener y encontrar el amor de Cristo y, en el amor de Cristo, también la llave de la verdad, de la universalidad. Pero precisamente por esto, porque es la clave de la universalidad del único Señor, esa fe no es sólo un acto personal de confianza, sino también un acto que tiene un contenido. La fides qua exige la fides quae, el contenido de la fe, y el Bautismo expresa este contenido: la fórmula trinitaria es el elemento sustancial del credo de los cristianos. De por sí, es un «sí» a Cristo, y de este modo al Dios Trinitario, con esta realidad, con este contenido que me une a este Señor, a este Dios, que tiene este Rostro: vive como Hijo del Padre en la unidad del Espíritu Santo y en la comunión del Cuerpo de Cristo. Por lo tanto, esto me parece muy importante: la fe tiene un contenido y no es suficiente, no es un elemento de unificación si no hay y no se vive y confiesa este contenido de la única fe.
Por eso, «Año de la fe» y Año del Catecismo —para ser muy práctico— están inseparablemente unidos. Sólo renovaremos el Concilio renovando el contenido —condensado luego de nuevo— del Catecismo de la Iglesia católica. Y un gran problema de la Iglesia actual es la falta de conocimiento de la fe, es el «analfabetismo religioso», como dijeron los cardenales el viernes pasado refiriéndose a esta realidad. «Analfabetismo religioso»; y con este analfabetismo no podemos crecer, no puede crecer la unidad. Por eso, nosotros mismos debemos reapropiarnos de este contenido, como riqueza de la unidad y no como un paquete de dogmas y de mandamientos, sino como una realidad única que se revela en su profundidad y belleza. Debemos hacer todo lo posible para una renovación catequística, para que la fe sea conocida y para que así sea conocido Dios, para que así sea conocido Cristo, para que así sea conocida la verdad y para que crezca la unidad en la verdad.
Luego todas estas unidades desembocan en el «un solo Dios y Padre de todos». Todo lo que no es humildad, todo lo que no es fe común, destruye la unidad, destruye la esperanza y hace invisible el Rostro de Dios. Dio es Uno y Único. El monoteísmo era el gran privilegio de Israel, que conoció al único Dios, y sigue siendo elemento constitutivo de la fe cristiana. Como sabemos, el Dios Trinitario no son tres divinidades, sino que es un único Dios; y vemos mejor lo que quiere decir unidad: unidad es unidad del amor. Es así: precisamente porque es el círculo de amor, Dios es Uno y Único.
Para san Pablo, como hemos visto, la unidad de Dios se identifica con nuestra esperanza. ¿Por qué? ¿De qué modo? Porque la unidad de Dios es esperanza, porque esta nos garantiza que, al final, no hay varios poderes; al final no hay dualismo entre poderes diversos y opuestos; al final no permanece la cabeza del dragón que se podría alzar contra Dios, no permanece la suciedad del mal y del pecado. ¡Al final sólo permanece la luz! Dios es único y es el único Dios: no hay otro poder contra él. Sabemos que hoy, con los males que vivimos en el mundo y que crecen cada vez más, muchos dudan de la Omnipotencia de Dios; más aún, algunos teólogos —incluso buenos— dicen que Dios no sería Omnipotente, porque la omnipotencia no sería compatible con lo que vemos en el mundo; y así quieren crear una nueva apología, excusar a Dios y «disculpar» a Dios de estos males. Pero esta no es la manera correcta, porque si Dios no es Omnipotente, si existen y persisten otros poderes, no es verdaderamente Dios y no hay esperanza, porque al final permanecería el politeísmo, al final permanecería la lucha, el poder del mal. Dios es Omnipotente, el único Dios. Ciertamente, en la historia se puso él mismo un límite a su omnipotencia, reconociendo nuestra libertad. Pero al final todo cuadra y no permanece otro poder; ésta es la esperanza: que ¡la luz vence, el amor vence! Al final no permanece la fuerza del mal, permanece sólo Dios. Y así estamos en la senda de la esperanza, caminando hacia la unidad del único Dios, que se reveló por el Espíritu Santo, en el único Señor, Cristo.
A continuación, desde esta gran visión, san Pablo baja a los detalles y dice de Cristo: «Subió a lo alto llevando cautivos y dio dones a los hombres» (Ef 4, 8). El Apóstol cita el Salmo 68, que describe de modo poético la subida de Dios con el Arca de la Alianza hacia las alturas, hacia la cima del Monte Sión, hacia el templo: Dios como vencedor que ha superado a los demás, que son cautivos, y, como un verdadero vencedor, reparte dones. El judaísmo ha visto en este vencedor más bien una imagen de Moisés, que sube hacia el Monte Sinaí para recibir en las alturas la voluntad de Dios, los Mandamientos, no considerados como un peso, sino como el don de conocer el Rostro de Dios, la voluntad de Dios. San Pablo, al final, ve aquí una imagen de la ascensión de Cristo, que sube hacia lo alto después de haber bajado; sube y lleva a la humanidad hacia Dios, hace lugar para la carne y la sangre en Dios mismo; nos eleva hacia la altura de su ser Hijo y nos libra de la cárcel del pecado, nos hace libres porque es vencedor. Al ser vencedor, él reparte los dones. Y así, a partir de la ascensión de Cristo, hemos llegado a la Iglesia. Los dones son la charis como tal, la gracia: estar en la gracia, en el amor de Dios. Y luego los carismas, en los que se concreta la charis en las diversas funciones y misiones: apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros para edificar así el Cuerpo de Cristo (cf. Ef 4, 11).
No quiero entrar ahora en una exégesis detallada. Acerca de este texto se ha discutido mucho sobre lo que quiere decir apóstoles, profetas... En cualquier caso, podemos decir que la Iglesia está construida sobre el fundamento de la fe apostólica, que siempre permanece presente: los Apóstoles, en la sucesión apostólica, están presentes en los pastores, que somos nosotros, por la gracia de Dios y a pesar de toda nuestra pobreza. Y damos gracias a Dios por habernos querido llamar a estar en la sucesión apostólica y seguir edificando el Cuerpo de Cristo. Aquí hay un elemento que me parece importante: los ministerios —los así llamados ministerios— son definidos «dones de Cristo», son carismas; es decir, no existe esa oposición: por una parte, el ministerio, como algo jurídico; y, por otra, los carismas, como don profético, vivaz, espiritual, como presencia del Espíritu y su novedad. ¡No! Precisamente los ministerios son don del Resucitado y son carismas, son articulaciones de su gracia; uno no puede ser sacerdote sin ser carismático. Ser sacerdote es un carisma. Creo que debemos tener presente esto: que estamos llamados al sacerdocio, que estamos llamados con un don del Señor, con un carisma del Señor. Así, inspirados por su Espíritu, debemos tratar de vivir este carisma nuestro. Creo que sólo de este modo se puede entender que la Iglesia en Occidente haya vinculado inseparablemente sacerdocio y celibato: estar en una existencia escatológica hacia el destino último de nuestra esperanza, hacia Dios. Precisamente porque el sacerdocio es un carisma y también debe estar vinculado a un carisma: si no fuese esto, y fuese solamente algo jurídico, sería absurdo imponer un carisma, que es un verdadero carisma; pero si el sacerdocio mismo es carisma, es normal que conviva con el carisma, con el estado carismático de la vida escatológica.
Pidamos al Señor que nos ayude a comprender cada vez más esto, a vivir cada vez más en el carisma del Espíritu Santo y a vivir así también este signo escatológico de la fidelidad al único Señor, que es necesario precisamente para nuestro tiempo, por la descomposición del matrimonio y de la familia, que sólo pueden componerse a la luz de esta fidelidad a la única llamada del Señor.
Un último punto. San Pablo habla del crecimiento del hombre perfecto, que alcanza la medida de Cristo en su plenitud: ya no seremos niños a merced de las olas, llevados a la deriva por todo viento de doctrina (cf. Ef 4, 13-14). «Sino que, realizando la verdad en el amor, hagamos crecer todas las cosas hacia él» (Ef 4, 15). No se puede vivir en un infantilismo espiritual, en un infantilismo de fe: por desgracia, en nuestro mundo vemos este infantilismo. Muchos, después de la primera catequesis, ya no han proseguido; tal vez haya quedado este núcleo, o tal vez incluso se haya destruido. Y, por lo demás, están a merced de las olas del mundo y nada más; no pueden, como adultos, con competencia y con convicción profunda, exponer y hacer presente la filosofía de la fe y —por decirlo así— la gran sabiduría, la racionalidad de la fe, que abre los ojos también de los demás, que abre los ojos precisamente a lo que hay de bueno y verdadero en el mundo. Falta este ser adultos en la fe y existe mucho infantilismo en la fe.
Ciertamente, en estos últimos decenios, hemos vivido también otro sentido de la palabra «fe adulta». Se habla de «fe adulta», es decir, emancipada del Magisterio de la Iglesia. Mientras dependo de mi madre, soy niño, y debo emanciparme; emancipado del Magisterio, finalmente soy adulto. Pero el resultado no es una fe adulta; el resultado es estar a merced de las olas del mundo, de las opiniones del mundo, de la dictadura de los medios de comunicación, de la opinión que todos tienen y quieren. No es verdadera emancipación: la emancipación de la comunión del Cuerpo de Cristo. Al contrario, es caer bajo la dictadura de las olas, del viento del mundo. La verdadera emancipación es precisamente liberarse de esta dictadura, en la libertad de los hijos de Dios que creen juntos en el Cuerpo de Cristo, con Cristo resucitado, y así ven la realidad, y son capaces de responder a los desafíos de nuestro tiempo.
Me parece que debemos orar mucho al Señor para que nos ayude a estar emancipados en este sentido, libres en este sentido, con una fe realmente adulta, que ve, que hace ver y puede ayudar también a los demás a llegar a la verdadera perfección, a la verdadera edad adulta, en comunión con Cristo.
En este contexto está la hermosa expresión del aletheuein en te agape, ser verdaderos en la caridad, vivir la verdad, ser verdad en la caridad: los dos conceptos van juntos. Hoy se discute sobre el concepto de verdad porque se combina con la violencia. Por desgracia, en la historia ha habido episodios donde se trataba de difundir la verdad con violencia. Pero las dos son opuestas. La verdad no se impone con otros medios, se impone por sí misma. La verdad sólo puede llegar por sí misma, por su propia luz. Pero necesitamos la verdad; sin la verdad no conocemos los verdaderos valores y ¿cómo podríamos ordenar el kosmos de los valores? Sin la verdad estamos ciegos en el mundo, no vemos el camino. El gran don de Cristo es precisamente que vemos el Rostro de Dios y, aunque sea de modo enigmático, muy insuficiente, conocemos el fondo, lo esencial de la verdad en Cristo, en su Cuerpo. Y, conociendo esta verdad, crecemos también en la caridad, que es la legitimación de la verdad y nos muestra qué es verdad. Yo diría precisamente que la caridad es el fruto de la verdad —el árbol se conoce por sus frutos— y si no hay caridad, tampoco nos apropiamos ni vivimos realmente la verdad; y donde está la verdad, nace la caridad. Gracias a Dios, lo vemos en todos los siglos: a pesar de los hechos negativos, el fruto de la caridad siempre ha estado presente en la cristiandad y también está presente hoy. Lo vemos en los mártires, lo vemos en tantas religiosas, religiosos y sacerdotes que sirven humildemente a los pobres, a los enfermos; que son presencia de la caridad de Cristo. Y así son el gran signo de que aquí está la verdad.
Pidamos al Señor que nos ayude a dar el fruto de la caridad y a ser así testigos de su verdad. Gracias.
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LECTIO DIVINA [3]
NECESIDAD DEL BAUTISMO
Luego de presentar las recomendaciones de la Lectura meditada de las Sagradas Escrituras que nos hizo el Papa Benedicto XVI vamos a presentar en sucesivas entradas algunos ejemplos de cómo el la practicó él mismo, dándonos ejemplo para hacerlo así nosotros también. Y primero veamos esta lectio dirigida a los fieles, sobre la necesidad del Bautismo
"LECTIO DIVINA" DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
SOBRE LA NECESIDAD DEL BAUTISMO
SOBRE LA NECESIDAD DEL BAUTISMO
«Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28, 19).
ASAMBLEA ECLESIAL DE LA DIÓCESIS DE ROMA
Basílica de San Juan de Letrán
Lunes 11 de junio de 2012
Eminencia, queridos hermanos en el sacerdocio y en el episcopado, queridos hermanos y hermanas: Para mí es una gran alegría estar aquí, en la catedral de Roma con los representantes de mi diócesis, y agradezco de corazón al cardenal vicario sus buenas palabras.
Hemos escuchado que las últimas palabras del Señor a sus discípulos en esta tierra fueron: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28, 19). Haced discípulos y bautizad. ¿Por qué a los discípulos no les basta conocer las doctrinas de Jesús, conocer los valores cristianos? ¿Por qué es necesario estar bautizados? Este es el tema de nuestra reflexión, para comprender la realidad, la profundidad del sacramento del Bautismo.
Una primera puerta se abre si leemos atentamente estas palabras del Señor.
La elección de la palabra «en el nombre del Padre» en el texto griego es muy importante: el Señor dice «eis» y no «en», es decir, no «en nombre» de la Trinidad, como nosotros decimos que un viceprefecto habla «en nombre» del prefecto, o un embajador habla «en nombre» del Gobierno.
No; Jesús dice: «eis to onoma», o sea, una inmersión en el nombre de la Trinidad, ser insertados en el nombre de la Trinidad, una inter-penetración del ser de Dios y de nuestro ser, un ser inmerso en el Dios Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, como en el matrimonio, por ejemplo, dos personas llegan a ser una carne, convirtiéndose en una nueva y única realidad, con un nuevo y único nombre.
El Señor, en su conversación con los saduceos sobre la resurrección, nos ha ayudado a comprender aún mejor esta realidad. Los saduceos, de los libros del canon del Antiguo Testamento, reconocían sólo los cinco libros de Moisés, y en ellos no aparece la resurrección; por eso la negaban. El Señor, partiendo precisamente de estos cinco libros, demuestra la realidad de la resurrección y dice: ¿No sabéis que Dios se llama Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob? (cf. Mt 22, 31-32).
Así pues, Dios toma a estos tres y precisamente en su nombre se convierten en el nombre de Dios. Para comprender quién es este Dios se deben ver estas personas que se han convertido en el nombre de Dios, en un nombre de Dios: están inmersas en Dios. Así vemos que quien está en el nombre de Dios, quien está inmerso en Dios, está vivo, porque Dios —dice el Señor— no es un Dios de muertos, sino de vivos; y si es Dios de estos, es Dios de vivos; los vivos están vivos porque están en la memoria, en la vida de Dios. Y precisamente esto sucede con nuestro Bautismo: somos insertados en el nombre de Dios, de forma que pertenecemos a este nombre y su nombre se transforma en nuestro nombre, y también nosotros, con nuestro testimonio —como los tres del Antiguo Testamento—, podremos ser testigos de Dios, signo de quién es este Dios, nombre de este Dios.
Por tanto, estar bautizados quiere decir estar unidos a Dios; en una existencia única y nueva pertenecemos a Dios, estamos inmersos en Dios mismo. Pensando en esto, podemos ver inmediatamente algunas consecuencias.
La primera es que para nosotros Dios ya no es un Dios muy lejano, no es una realidad para discutir —si existe o no existe—, sino que nosotros estamos en Dios y Dios está en nosotros. La prioridad, la centralidad de Dios en nuestra vida es una primera consecuencia del Bautismo. A la pregunta: «¿Existe Dios?», la respuesta es: «Existe y está con nosotros; es fundamental en nuestra vida esta cercanía de Dios, este estar en Dios mismo, que no es una estrella lejana, sino el ambiente de mi vida». Esta sería la primera consecuencia y, por tanto, debería decirnos que nosotros mismos debemos tener en cuenta esta presencia de Dios, vivir realmente en su presencia.
Una segunda consecuencia de lo que he dicho es que nosotros no nos hacemos cristianos. Llegar a ser cristiano no es algo que deriva de una decisión mía: «Yo ahora me hago cristiano». Ciertamente, también mi decisión es necesaria, pero es sobre todo una acción de Dios conmigo: no soy yo quien me hago cristiano, yo soy asumido por Dios, tomado de la mano por Dios y, así, diciendo «sí» a esta acción de Dios, llego a ser cristiano. Llegar a ser cristianos, en cierto sentido, es pasivo: yo no me hago cristiano, sino que Dios me hace un hombre suyo, Dios me toma de la mano y realiza mi vida en una nueva dimensión. Como yo no me doy la vida, sino que la vida me es dada; nací no porque yo me hice hombre, sino que nací porque me fue dado el ser humano. Así también el ser cristiano me es dado, es un pasivo para mí, que se transforma en un activo en nuestra vida, en mi vida. Y este hecho del pasivo, de no hacerse cristianos por sí mismos, sino de ser hechos cristianos por Dios, implica ya un poco el misterio de la cruz: sólo puedo ser cristiano muriendo a mi egoísmo, saliendo de mí mismo.
Un tercer elemento que destaca de inmediato en esta visión es que, naturalmente, al estar inmerso en Dios, estoy unido a los hermanos y a las hermanas, porque todos los demás están en Dios, y si yo soy sacado de mi aislamiento, si estoy inmerso en Dios, estoy inmerso en la comunión con los demás. Ser bautizados nunca es un acto «mío» solitario, sino que siempre es necesariamente un estar unido con todos los demás, un estar en unidad y solidaridad con todo el Cuerpo de Cristo, con toda la comunidad de sus hermanos y hermanas. Este hecho de que el Bautismo me inserta en comunidad rompe mi aislamiento. Debemos tenerlo presente en nuestro ser cristianos.
Y, por último, volvamos a las palabras de Cristo a los saduceos: «Dios es el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob» (cf. Mt 22, 32); por consiguiente, estos no están muertos; si son de Dios están vivos. Quiere decir que con el Bautismo, con la inmersión en el nombre de Dios, también nosotros ya estamos inmersos en la vida inmortal, estamos vivos para siempre. Con otras palabras, el Bautismo es una primera etapa de la Resurrección: inmersos en Dios, ya estamos inmersos en la vida indestructible, comienza la Resurrección. Como Abrahán, Isaac y Jacob por ser «nombre de Dios» están vivos, así también nosotros, insertados en el nombre de Dios, estamos vivos en la vida inmortal. El Bautismo es el primer paso de la Resurrección, es entrar en la vida indestructible de Dios.
Así, en un primer momento, con la fórmula bautismal de san Mateo, con las últimas palabras de Cristo, ya hemos visto un poco lo esencial del Bautismo. Ahora veamos el rito sacramental, para poder comprender aún más precisamente qué es el Bautismo.
Este rito, como el rito de casi todos los sacramentos, se compone de dos elementos: materia —agua— y palabra. Esto es muy importante. El cristianismo no es algo puramente espiritual, algo solamente subjetivo, del sentimiento, de la voluntad, de ideas, sino que es una realidad cósmica. Dios es el Creador de toda la materia, la materia entra en el cristianismo, y sólo somos cristianos en este gran contexto de materia y espíritu juntos. Por consiguiente, es muy importante que la materia forme parte de nuestra fe, que el cuerpo forme parte de nuestra fe; la fe no es puramente espiritual, sino que Dios nos inserta así en toda la realidad del cosmos y transforma el cosmos, lo atrae hacia sí. Y con este elemento material —el agua— no sólo entra un elemento fundamental del cosmos, una materia fundamental creada por Dios, sino también todo el simbolismo de las religiones, porque en todas las religiones el agua tiene un significado. El camino de las religiones, esta búsqueda de Dios de diversas maneras —también equivocadas, pero siempre búsqueda de Dios— es asumida en el Sacramento. Las otras religiones, con su camino hacia Dios, están presentes, son asumidas, y así se hace la síntesis del mundo; toda la búsqueda de Dios que se expresa en los símbolos de las religiones, y sobre todo —naturalmente— el simbolismo del Antiguo Testamento, que así, con todas sus experiencias de salvación y de bondad de Dios, se hace presente. Volveremos sobre este punto.
El otro elemento es la palabra, y esta palabra se presenta en tres elementos: renuncias, promesas e invocaciones. Es importante, por tanto, que estas palabras no sean sólo palabras, sino también camino de vida. En ellas se realiza una decisión; en estas palabras está presente todo nuestro camino bautismal, tanto el pre-bautismal como el post-bautismal; por consiguiente, con estas palabras, y también con los símbolos, el Bautismo se extiende a toda nuestra vida. Esta realidad de las promesas, de las renuncias y de las invocaciones es una realidad que dura toda nuestra vida, porque siempre estamos en camino bautismal, en camino catecumenal, a través de estas palabras y de la realización de estas palabras. El sacramento del Bautismo no es un acto de «ahora», sino una realidad de toda nuestra vida, es un camino de toda nuestra vida. En realidad, detrás está también la doctrina de los dos caminos, que era fundamental en el primer cristianismo: un camino al que decimos «no» y un camino al que decimos «sí».
Comencemos por la primera parte, las renuncias. Son tres y tomo ante todo la segunda: «¿Renunciáis a todas las seducciones del mal para que no domine en vosotros el pecado?». ¿Qué son estas seducciones del mal? En la Iglesia antigua, e incluso durante siglos, aquí se decía: «¿Renunciáis a la pompa del diablo?», y hoy sabemos qué se entendía con esta expresión «pompa del diablo». La pompa del diablo eran sobre todo los grandes espectáculos sangrientos, en los que la crueldad se transforma en diversión, en los que matar hombres se convierte en un espectáculo: la vida y la muerte de un hombre transformadas en espectáculo. Estos espectáculos sangrientos, esta diversión del mal es la «pompa del diablo», donde se presenta con aparente belleza y, en realidad, se muestra con toda su crueldad. Pero más allá de este significado inmediato de la expresión «pompa del diablo», se quería hablar de un tipo de cultura, de una way of life, de un estilo de vida, en el que no cuenta la verdad sino la apariencia, no se busca la verdad sino el efecto, la sensación, y, bajo el pretexto de la verdad, en realidad se destruyen hombres, se quiere destruir y considerarse sólo a sí mismos vencedores. Por lo tanto, esta renuncia era muy real: era la renuncia a un tipo de cultura que es una anticultura, contra Cristo y contra Dios. Se optaba contra una cultura que, en el Evangelio de san Juan, se llama «kosmos houtos», «este mundo». Con «este mundo», naturalmente, Juan y Jesús no hablan de la creación de Dios, del hombre como tal, sino que hablan de una cierta criatura que es dominante y se impone como si fuera este el mundo, y como si fuera este el estilo de vida que se impone. Dejo ahora a cada uno de vosotros reflexionar sobre esta «pompa del diablo», sobre esta cultura a la que decimos «no». Estar bautizados significa sustancialmente emanciparse, liberarse de esta cultura. También hoy conocemos un tipo di cultura en la que no cuenta la verdad; aunque aparentemente se quiere hacer aparecer toda la verdad, cuenta sólo la sensación y el espíritu de calumnia y de destrucción. Una cultura que no busca el bien, cuyo moralismo es, en realidad, una máscara para confundir, para crear confusión y destrucción. Contra esta cultura, en la que la mentira se presenta con el disfraz de la verdad y de la información, contra esta cultura que busca sólo el bienestar material y niega a Dios, decimos «no». También por muchos Salmos conocemos bien este contraste de una cultura en la cual uno parece intocable por todos los males del mundo, se pone sobre todos, sobre Dios, mientras que, en realidad, es una cultura del mal, un dominio del mal. Y así, la decisión del Bautismo, esta parte del camino catecumenal que dura toda nuestra vida, es precisamente este «no», dicho y realizado de nuevo cada día, incluso con los sacrificios que cuesta oponerse a la cultura que domina en muchas partes, aunque se impusiera como si fuera el mundo, este mundo: no es verdad. Y también hay muchos que desean realmente la verdad.
Así pasamos a la primera renuncia: «¿Renunciáis al pecado para vivir en la libertad de los hijos de Dios?». Hoy libertad y vida cristiana, observancia de los mandamientos de Dios, van en direcciones opuestas; ser cristianos sería una especie de esclavitud; libertad es emanciparse de la fe cristiana, emanciparse —en definitiva— de Dios. La palabra pecado a muchos les parece casi ridícula, porque dicen: «¿Cómo? A Dios no podemos ofenderlo. Dios es tan grande... ¿Qué le importa a Dios si cometo un pequeño error? No podemos ofender a Dios; su interés es demasiado grande para que lo podamos ofender nosotros». Parece verdad, pero no lo es. Dios se hizo vulnerable. En Cristo crucificado vemos que Dios se hizo vulnerable, se hizo vulnerable hasta la muerte. Dios se interesa por nosotros porque nos ama y el amor de Dios es vulnerabilidad, el amor de Dios es interés por el hombre, el amor de Dios quiere decir que nuestra primera preocupación debe ser no herir, no destruir su amor, no hacer nada contra su amor, porque de lo contrario vivimos también contra nosotros mismos y contra nuestra libertad. Y, en realidad, esta aparente libertad en la emancipación de Dios se transforma inmediatamente en esclavitud de tantas dictaduras de nuestro tiempo, que se deben acatar para ser considerados a la altura de nuestro tiempo.
Y, por último: «¿Renunciáis a Satanás?». Esto nos dice que hay un «sí» a Dios y un «no» al poder del Maligno, que coordina todas estas actividades y quiere ser dios de este mundo, como dice también san Juan. Pero no es Dios, es sólo el adversario, y nosotros no nos sometemos a su poder; nosotros decimos «no» porque decimos «sí», un «sí» fundamental, el «sí» del amor y de la verdad. Estas tres renuncias, en el rito del Bautismo, antiguamente iban acompañadas de tres inmersiones: inmersión en el agua como símbolo de la muerte, de un «no» que realmente es la muerte de un tipo de vida y resurrección a otra vida. Volveremos sobre esto. Luego viene la profesión de fe en tres preguntas: «¿Creéis en Dios Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra?; ¿Creéis en Jesucristo? y, por último, ¿Creéis en el Espíritu Santo y en la santa Iglesia?». Esta fórmula, estas tres partes, se han desarrollado a partir de las palabras del Señor: «bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo»; estas palabras se han concretado y profundizado: ¿qué quiere decir Padre?, ¿qué quiere decir Hijo —toda la fe en Cristo, toda la realidad del Dios que se hizo hombre— y qué quiere decir creer que hemos sido bautizados en el Espíritu Santo, es decir, toda la acción de Dios en la historia, en la Iglesia, en la comunión de los santos? Así, la fórmula positiva del Bautismo también es un diálogo: no es simplemente una fórmula. Sobre todo la profesión de la fe no es sólo algo para comprender, algo intelectual, algo para memorizar —ciertamente, también es esto—; toca también el intelecto, toca también nuestro vivir, sobre todo. Y esto me parece muy importante. No es algo intelectual, una pura fórmula. Es un diálogo de Dios con nosotros, una acción de Dios con nosotros, y una respuesta nuestra; es un camino. La verdad de Cristo sólo se puede comprender si se ha comprendido su camino. Sólo si aceptamos a Cristo como camino comenzamos realmente a estar en el camino de Cristo y podemos también comprender la verdad de Cristo. La verdad que no se vive no se abre; sólo la verdad vivida, la verdad aceptada como estilo de vida, como camino, se abre también como verdad en toda su riqueza y profundidad. Así pues, esta fórmula es un camino, es expresión de nuestra conversión, de una acción de Dios. Y nosotros queremos realmente tener presente también en toda nuestra vida que estamos en comunión de camino con Dios, con Cristo. Y así estamos en comunión con la verdad: viviendo la verdad, la verdad se transforma en vida, y viviendo esta vida encontramos también la verdad.
Pasemos ahora al elemento material: el agua. Es muy importante ver dos significados del agua. Por una parte, el agua hace pensar en el mar, sobre todo en el mar Rojo, en la muerte en el mar Rojo. En el mar se representa la fuerza de la muerte, la necesidad de morir para llegar a una nueva vida. Esto me parece muy importante. El Bautismo no es sólo una ceremonia, un ritual introducido hace tiempo; y tampoco es sólo un baño, una operación cosmética. Es mucho más que un baño: es muerte y vida, es muerte de una cierta existencia, y renacimiento, resurrección a nueva vida. Esta es la profundidad del ser cristiano: no sólo es algo que se añade, sino un nuevo nacimiento. Después de atravesar el mar Rojo, somos nuevos. Así, el mar, en todas las experiencias del Antiguo Testamento, se ha convertido para los cristianos en símbolo de la cruz. Porque sólo a través de la muerte, una renuncia radical en la que se muere a cierto estilo de vida, puede realizarse el renacimiento y puede haber realmente una vida nueva. Esta es una parte del simbolismo del agua: simboliza —sobre todo con las inmersiones de la antigüedad— el mar Rojo, la muerte, la cruz. Sólo por la cruz se llega a la nueva vida y esto se realiza cada día. Sin esta muerte siempre renovada no podemos renovar la verdadera vitalidad de la nueva vida de Cristo.
Pero el otro símbolo es el de la fuente. El agua es origen de toda la vida. Además del simbolismo de la muerte, tiene también el simbolismo de la nueva vida. Toda vida viene también del agua, del agua que brota de Cristo como la verdadera vida nueva que nos acompaña a la eternidad.
Al final permanece la cuestión —la comento brevemente— del Bautismo de los niños. ¿Es justo hacerlo, o sería más necesario hacer primero el camino catecumenal para llegar a un Bautismo verdaderamente realizado? Y la otra cuestión que se plantea siempre es: «¿Podemos nosotros imponer a un niño qué religión quiere vivir, o no? ¿No debemos dejar a ese niño la decisión?». Estas preguntas muestran que ya no vemos en la fe cristiana la vida nueva, la verdadera vida, sino que vemos una opción entre otras, incluso un peso que no se debería imponer sin haber obtenido el asentimiento del sujeto. La realidad es diversa. La vida misma se nos da sin que podamos nosotros elegir si queremos vivir o no; a nadie se le puede preguntar: «¿quieres nacer, o no?». La vida misma se nos da necesariamente sin consentimiento previo; se nos da así y no podemos decidir antes «sí o no, quiero vivir o no». Y, en realidad, la verdadera pregunta es: «¿Es justo dar vida en este mundo sin haber obtenido el consentimiento: quieres vivir o no? ¿Se puede realmente anticipar la vida, dar la vida sin que el sujeto haya tenido la posibilidad de decidir?». Yo diría: sólo es posible y es justo si, con la vida, podemos dar también la garantía de que la vida, con todos los problemas del mundo, es buena, que es un bien vivir, que hay una garantía de que esta vida es buena, que está protegida por Dios y que es un verdadero don. Sólo la anticipación del sentido justifica la anticipación de la vida. Por eso, el Bautismo como garantía del bien de Dios, como anticipación del sentido, del «sí» de Dios que protege esta vida, justifica también la anticipación de la vida. Por lo tanto, el Bautismo de los niños no va contra la libertad; y es necesario darlo, para justificar también el don —de lo contrario discutible— de la vida. Sólo la vida que está en las manos de Dios, en las manos de Cristo, inmersa en el nombre del Dios trinitario, es ciertamente un bien que se puede dar sin escrúpulos. Y así demos gracias a Dios porque nos ha dado este don, que se nos ha dado a sí mismo. Y nuestro desafío es vivir este don, vivir realmente, en un camino post-bautismal, tanto las renuncias como el «sí», y vivir siempre en el gran «sí» de Dios, y así vivir bien. Gracias.
viernes, 8 de marzo de 2013
LECTIO DIVINA [2]
1) Se comienza con la lectura (lectio) del texto, que suscita la cuestión sobre el conocimiento de su contenido auténtico: ¿Qué dice el texto bíblico en sí mismo? Sin este momento, se corre el riesgo de que el texto se convierta sólo en un pretexto para no salir nunca de nuestros pensamientos.
2) Sigue después la meditación (meditatio) en la que la cuestión es: ¿Qué nos dice el texto bíblico a nosotros? Aquí, cada uno personalmente, pero también comunitariamente, debe dejarse interpelar y examinar, pues no se trata ya de considerar palabras pronunciadas en el pasado, sino en el presente.
3) Se llega sucesivamente al momento de la oración (oratio), que supone la pregunta: ¿Qué decimos nosotros al Señor como respuesta a su Palabra? La oración como petición, intercesión, agradecimiento y alabanza, es el primer modo con el que la Palabra nos cambia.
4) Por último, la lectio divina concluye con la contemplación (contemplatio), durante la cual aceptamos como don de Dios su propia mirada al juzgar la realidad, y nos preguntamos: ¿Qué conversión de la mente, del corazón y de la vida nos pide el Señor?
5) Conviene recordar, además, que la lectio divina no termina su proceso hasta que no se realiza ni llega a su culminación si es acompañada y seguida por las virtudes, teologales y cardinales. En primer lugar las virtudes teologales, de fe esperanza y caridad que se ejercitan a lo largo de los pasos anteriores y, después de la meditación, en el cumplimiento de los deberes de estado. Es decir en el ejercicio de las virtudes cardinales (prudencia, justicia, fortaleza y templanza) informadas por las virtudes teologales en la vida cristiana (consigo mismo y con los demás).
P. Horacio Bojorge S.J.
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lunes, 4 de marzo de 2013
LECTIO DIVINA [1]
LECTURA ORANTEDE LAS SAGRADAS ESCRITURAS
Recomendaciones de la Lectio Divina
por Su Santidad Benedicto XVI
Su Santidad Benedicto XVI nos recomendó en numerosas ocasiones la práctica de la lectura meditada de las Sagradas Escrituras también llamada Lectio divina.
He aquí algunas de sus recomendaciones
«Se ha de alentar vivamente sobre todo esa praxis de la Biblia que se remonta a los orígenes cristianos y que ha acompañado a la Iglesia en su historia. Se llama tradicionalmente Lectio Divina con sus diversos momentos (lectio, meditatio, oratio, contemplatio). Ella tiene su casa en la experiencia monástica, pero hoy el Espíritu, a través del Magisterio, la propone al clero, a las comunidades parroquiales, a los movimientos eclesiales, a la familia y a los jóvenes.»
(Lineamenta; Sínodo de los obispos; XII Asamblea General ordinaria, 2008)
«"La Lectio Divina es la lectura de la Sagrada Escritura de un modo no académico, sino espiritual", lo que nos permitirá "conocer a Jesús de un modo cada vez más personal, escuchándolo, viviendo con él, estando con él", siendo sus amigos (Jn 15,15), en una comunión de pensamiento que "no es algo meramente intelectual, sino también una comunión de sentimientos y de voluntad, y por tanto también del obrar" ».
(Cf. S.S. Benedicto XVI. Homilía 13 de abril del 2006; Santa Misa Crismal. Basílica de San Pedro).
«La constitución conciliar Dei Verbum ha dado un fuerte impulso a la valoración de la palabra de Dios. [...] Entre los múltiples frutos de esta primavera bíblica me complace mencionar la difusión de la antigua práctica de la lectio divina, o "lectura espiritual" de la sagrada Escritura. Consiste en reflexionar largo tiempo sobre un texto bíblico, leyéndolo y releyéndolo, casi "rumiándolo", como dicen los Padres, y exprimiendo, por decirlo así, todo su "jugo", para que alimente la meditación y la contemplación y llegue a regar como linfa la vida concreta. Para la lectio divina es necesario que la mente y el corazón estén iluminados por el Espíritu Santo, es decir, por el mismo que inspiró las Escrituras; por eso, es preciso ponerse en actitud de "escucha devota". »
(S.S Benedicto XVI. Angelus; Domingo 6 de noviembre del 2005).
viernes, 22 de febrero de 2013
LA SERPIENTE Y LA TENTACIÓN A LA MUJER
COMO VIOLACIÓN DEL ALMA
El demonio es violador del alma, especialmente del alma de la mujer de la cual es enemigo desde el principio.
Porque ella era el Amor en forma de creatura antes del pecado.
Y principalmente el Amor a Dios para comunicarlo a toda su descendencia.
Y porque ella vivía en la dependencia amorosa del Verbo eterno,
que le mostraba el Bien divino para amarlo.
La Lengua trífida de la serpiente simboliza
las tres pasiones relativas al mal que inspira su lengua,
es decir sus palabras portadoras de su veneno:
Miedo, Tristeza e Ira
¿Sabes que el demonio es un violador del alma, de toda alma,
pero sobre todo del alma de la mujer? Sobre todo del alma de la mujer porque
ella, a menudo, sobre todo cuando es buena, es más ingenua y fácil de engañar. Y
no te digo nada cuando está en pecado y a merced del malo.
Violador, quiere decir que se apodera de ella al margen o en contra de su voluntad.
La domina y
como que la posee mediante la mentira, mostrándole el mal como bien o el bien
como mal. Pero sobre todo desesperándola de poder lograr el bien y
procurando que salga a comprarlo o a
apoderarse del bien por sí misma.
El demonio, dice la Escritura, es enemigo de la mujer y la
ataca principalmente con miedos, tristezas, iras. Yo le llamo a esas tres
pasiones del alma frente al mal: “el tridente de Satanás”. Obviamente se trata
de miedos, tristezas e iras inmotivadas,
suscitadas en el alma humana mediante pensamientos engañosos. Miedos de futuro,
tristezas sin motivo, iras desproporcionadas, celos sin fundamento real, etc.
etc.
El fruto del árbol de la Vida, que era el árbol de la Vida
de Dios, era el Árbol de la sabiduría y
del amor divino, porque Dios es Sabiduría (El Verbo, Jesucristo, del cual es
imagen y ministro principakmente el varón) y Dios es Amor (Es Espíritu Santo del cual es imagen y servidora principalmente la mujer). Por
eso estaba prohibido tomar por sí mismo el fruto. Porque la creatura debía
respetar la libertad del Dios Creador. Nadie puede apoderarse del Amor si no le
es dado. Eso sería violencia, violación de Dios.
Ahora bien, Satanás engaña a la mujer diciéndole la verdad
pero sugiriéndole una mentira.
¿Cuál es la verdad? Le dice la verdad cuando le dice que
Dios sabe muy bien que cuando coman de ese fruto serán como dioses conocedores
del bien y del mal. Eso es verdad. Y eso sucede cuando se nos da la Eucaristía.
Allí entramos en comunión con la Sabiduría y el Amor divino. Pero había que esperar a que Dios se
ofreciera a sí mismo. “Tomad y comed este es mi cuerpo, esta es la copa de la
Alianza nueva y eterna”. Este es el fruto del árbol de la vida, el cuerpo de Cristo en el árbol de la Cruz,
sabiduría de Dios. Ese era un fruto del que no les estaba permitido apoderarse para comer por sí mismos, sino que debían aguardar hasta
que les fuera dado. De los demás frutos del jardín del Edén podían servirse por
sí mismos. El fruto del árbol de la vida les debía ser servido porque de la vida divina nadie se puede apoderar sino que se ha de recibir por gracia, como un don de amor.
¿Cuál es la mentira? La mentira, el engaño, está en que el
demonio astuto, a la vez que le dice la verdad al Amor, le sugiere que el fruto
nunca les será dado, y que siendo tan bueno a los ojos del amor, nunca lo
alcanzará si no se apodera de él por sí mismo.
Por eso la mujer, fácilmente intenta apoderarse del amor por
sí misma. Intenta ser dueña de los que ama. Intenta comprar el amor “con todas
las riquezas de su casa” (Cantar de los
cantares 8, 7) a veces entregándose a sí misma en la esperanza de conseguir ser
amada, con lo que sólo consigue el desprecio y el abandono.
Así que el demonio,
el falso Logos, engaña al Amor-mujer sustituyéndose al Logos verdadero, autor del mandamiento del cual el varón es portador ministro. Y de esa
manera viola al Amor con la mentira y lo corrompe apoderándose del Amor y
poniéndolo al servicio de la mentira por la transgresión del mandamiento "no comerás". Es la violación del alma de la mujer por la mentira, semen espiritual que engendra en ella la transgresión.
Pienso, me lo sugiere la meditación del texto, que si el Ángel más astuto se presenta en el relato
en forme de serpiente, como un animal fálico, que sugiere la posibilidad de la
violación y penetración física de la mujer, es porque esta imagen material
expresa una realidad de orden espiritual, expresa la violación del alma de la
mujer por la mentira, por el espíritu de una inteligencia mentirosa.
Satanás no habló con el Varón aún inocente y portador de la sabiduría del mandamiento, habló con La Mujer. Porque Adán (antes de
pecar) era imagen, portador y ministro del Logos, del Verbo, de la Verdad El varón inocente era como un espejo de la razón divina,
reflejo e imagen perfecta del Padre. Y la Mujer (antes de pecar) era como el espejo privilegiado del amor, espejaba al Espíritu Santo que procede del Padre "a través del Hijo".
El Logos, la inteligencia que conoce el Bien, es el que le presenta el bien al
Amor. Por eso el el Logos le muestra el
bien a la Agapé, al Amor, porque el Amor no conoce por sí mismo, sino que sigue
al bien que le muestra la inteligencia. El varón le mostraba el bien a la
mujer. Era el varón el que la había enseñado a la mujer el mandamiento: "no comerás". Es decir el Logos divino, le había mostrado el bien a la Mujer, por medio del
ministerio docente del varón. Cuando la serpiente la interroga ella repite la sabiduría del mandamiento dado al varón y comunicado por el varón a ella
La serpiente que es el Angel de Luz, el falso Logos, se
susituye al Logos verdadero, del cual el varón era el portador y el maestro, y le muestra a la mujer lo bueno como malo. Y le
promete así al amor, que él mismo dirá lo que es bueno o malo, "serás
conocedora del bien y del mal". El
amor quedó así a merced de la mentira, sometido a la mentira, dominado y
poseído por la mentira, hecho un solo espíritu con el espíritu de la mentira,
como por una cópula espiritual. Inseminada por una mentira que engendraría la transgresión y la tentación al esposo para que comiera del fruto, para que también transgrediera, luego de haber abdicado de su condición de ministro del Logos de la verdad.
Y eso que sucedió al origen sigue siendo hoy así.
El falso logos sigue insinuándose y confundiendo al Amor, a
la mujer, cuando ella no e conducida por el verdadero Logos. Por eso es tan importante
que la mujer se case con el Verbo hecho hombre y sea dirigida interiormente por
Jesucristo, sin guiarse por sí misma, comportándose como si sus amores, sus afectos, fueran también fuentes de
conocimiento. Y por eso es necesario que el varón, el esposo, como ministro del Logos verdadero para su mujer, esté identificado
espiritualmente con Jesucristo, el Verbo, el Hijo, para poder ser ministro del
Verbo en mostrar el Bien y ser digno de ser seguido por la mujer. De lo
contrario, la mujer queda a merced de las astucias y violencias del falso logos, del
espíritu del engaño.
Cuando el Amor no dialoga con el Logos, cuando no sigue al
Logos verdadero, queda a merced del logos falso que se apodera del Amor, lo somete, lo viola y
engendra del Amor los frutos de la mentira, que son precisamente contrarios al
Amor: miedos, tristezas, iras, odios, rencores, envidias, desesperación,
exasperación, malignidad, celos, venganzas, dominación, engaños,
manipulaciones.
El alma que no vive en relación de diálogo con Jesucristo,
el Logos verdadero del Padre, como quien trata de amistad con quien sabe que la
ama, cuando queda solitaria, es atropellada y violada espiritualmente por el
falso logos, encadenada, privada de su libertad y sometida a esclavitud para
poner por obra los fines perversos del enemigo.
Cuando la mujer
acepta y alberga en su alma los miedos, tristezas e iras que le inspira su enemigo, aunque no lo advierta,
está aceptando ser violada por satanás y fornicando con él al entregarle el
alma. De esa fornicación sólo pueden nacer males y más males. Es necesario
advertírselo a toda alma, especialmente a toda mujer, y enseñarle a pedir
auxilio a su Esposo del alma verdadero: Nuestro Señor Jesucristo, el Cordero
esposo de la iglesia y de cada bautizada llamada a ser
esposa-iglesia-individual.
Mujer cristiana, bautizada, hija de Dios, no entregues tu
alma a miedos, tristezas, iras, celos, desesperanzas, incredulidad, pesimismos,
desánimos, rencores… fornicarías con Satanás entregándole tu alma. Si bien es cierto que el miedo, la tristeza y la ira, son pasiones en sí mismas buenas porque están referidas al mal verdadero, cuando por un error de percepción, se experimentan ante un bien, son obra del tentador que, padre de la acedia, muestra el bien como malo y el mal como bueno
El grito de auxilio que en esas circunstancias debes
proferir es: Jesús en vos confío, hágase en mí según tu palabra (y no según
estos pensamientos de la mentira), ven en mi auxilio…
Así, rechazando al Tentador crecerá en ti la conciencia esponsal y la experiencia de
que siempre que pides la ayuda de tu Esposo, eres escuchada y salvada.
En resumen: El demonio es violador del alma. De toda alma, pero especialmente
del alma de la mujer de la cual es enemigo desde el principio ("Yo pondré enemistad entre ti y la mujer" Génesis 3,15), porque ella era el Amor
en forma de creatura (antes del pecado) y principalmente el Amor a Dios para
comunicarlo a toda su descendencia. Y porque ella era reflejaba la procedencia amorosa del Espíritu Santo, que procede del Padre por el Hijo. Procedencia o dependencia amorosa
del Verbo, que le mostraba el bien para amarlo. Por eso la transgresión o desobediencia de la mujer fue la inversión del orden divino que la concibió habitable, receptiva, acogedora del Logos divina y de la voluntad del Padre a través del Hijo
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