viernes, 14 de abril de 2017

HECHO OBEDIENTE HASTA LA MUERTE
Y MUERTE DE CRUZ:
OBEDIENCIA RELIGIOSA
EN UNA CULTURA SECULARIZADA

"La voluntad consagrada por el voto de obediencia está destinada a unirse a la de Dios. 
Ya no pertenece a hombres. 

No pertenece al que la ha entregado, quien no puede recobrarla para sí sin sacrilegio, porque arrebataría lo que ya no le pertenece a él sino a Dios. 

Pero la libertad del súbdito tampoco pertenece al superior. 
Éste, el superior, en efecto, está también sometido a la voluntad de Dios y no puede abusar de una voluntad consagrada sin, de alguna manera, incurrir en sacrilegio por la profanación de algo consagrado, o sea apoderándose humanamente de la voluntad del súbdito
para planes y fines humanos, no conferidos religiosamente con Dios".

La desacralización, como pérdida del sentido de lo sagrado, toca también al ejercicio de la obediencia religiosa, tanto en el ejercicio del gobierno y de la autoridad del que manda, como en la sumisión del que obedece.    
El idioma castellano tiene una sola palabra para los dos aspectos de esta relación de obediencia. Y para peor, mandar y obedecer, siendo en realidad dos aspectos de una misma realidad religiosa, expresan en nuestra lengua una antinomia y presentan ambas acciones en lo que tienen de opuesto o complementario y no en lo que tienen de común. Sirven más para expresar situaciones militares que la plena verdad de la relación espiritual de la obediencia religiosa. Esto no nos facilita la tarea de expresar lo que pensamos. Pero queremos intentarlo de todos modos. San Ignacio salió airosamente de esta dificultad mostrando el carácter "procesional" de la obediencia, donde el mandato del superior emana de su obediencia a otra instancia superior:
La secularización, por ser una visión irreligiosa de la existencia, destruye la visión de la cadena de obediencias, fragmenta la procesión de mediaciones de la voluntad divina, y destruye la obediencia como fenómeno religioso de comunión y comunicación que se realiza precisamente -valga la redundancia- mediante las mediaciones   
La visión ignaciana de la obediencia, puede ayudarnos, tanto a súbditos como a superiores, a mantener la vivencia religiosa de la obediencia en un mundo donde la virtud de la religión está en franco proceso de deterioro y desaparición en algunos ambientes.
Lo que se ofrece a Dios en el voto de obediencia es la libertad, la voluntad, la parte más digna y alta del hombre. Un tiempo como el nuestro en que se habla tanto de los derechos del hombre y de la dignidad humana, parece bien dispuesto para entender la grandeza de lo que se ofrece. Pero quizás peor dispuesto que nunca a comprender por qué se ofrece, y menos persuadido que nunca, a falta de testimonios claros, de que esa oblación sea un acto religioso. Por eso mismo muchos vacilan y retroceden ante la oblación de su dignidad en la vida religiosa. Y no se engañan.
Los motivos de esa vacilación son complejos. En primer lugar, no se comprende por qué haya de ser ofrecida en sacrificio la más digna parte del hombre. En segundo lugar, por motivos más bien históricos y concretos, ha dejado de ser patente y visible la condición de consagrados. En parte porque se han abandonado los hábitos religiosos interiores y correlativamente los signos visibles en el vestido religioso. En parte porque no se reciben señales claras de que los "consagrados" se tengan por tales o, a veces, de que sean tenidos por tales por sus superiores.
Es doloroso decirlo: Alguna vez he oído decir a algún superior, refiriéndose sobre todo a los hermanos coadjutores, que era preferible trabajar con laicos que con jesuitas. Y la razón que daba es que a los laicos uno los puede elegir según las conveniencias de la obra y despedirlos cuando convenga. Esta percepción funcionarial de la obra apostólica influye también en algunos a la hora de pedir vocaciones, a las cuales se las considera también, con una óptica poco religiosa, como personal necesario para las obras, más que como almas en camino de perfección, como llamados de Dios.
Esto es parte del fenómeno más general de la pérdida del sentido de lo sagrado que trae la cultura secularizada y secularizante al invadir los ámbitos de la vida religiosa, al filtrarse en el corazón de los consagrados, tanto súbditos como superiores. Esta infición redunda en la pérdida de identidad como consagrados. Ya no se siente la veneración por lo que pertenece a Dios, por haberle sido dedicado apartándolo de los usos profanos.
No en vano se pierde el sentido de la liturgia, el sentido de los ritos y de los símbolos, el sentido de la consagración de los objetos, y de los tiempos. El cáliz, los ornamentos, los lugares y espacios consagrados, la materia de los sacramentos, los gestos y posturas corporales. En cuanto a los tiempos, se pierde el sentido del domingo y de las fiestas de guardar. Si todo vale en esos dominios, y si da lo mismo consagrar con galletitas María que con pan con grasa, o celebrar en cualquier copa y sobre cualquier mesa o en el suelo, o gritar o fumar dentro del templo, si se puede, sin dolor, demoler por cualquier motivo un altar consagrado o destinar los templos a usos profanos, es porque se ha perdido el sentido religioso. El hombre religioso es el que percibe la diferencia entre los objetos profanos y los que han sido dedicados a Dios.  Si nos preguntamos acerca de las causas de este fenómeno hay que responder que se trata de una pérdida del sentido de la realidad de Dios. No de su realidad nominal. El secularismo es gnóstico, en el sentido que sustituye a Dios por la idea de Dios. De ahí la ambigüedad de las conductas secularistas de apariencia religiosa y cristiana. El secularismo sigue manteniendo el lenguaje cristiano, pero ha cortado la comunión con las realidades nombradas. El actual secularismo es hijo de la gnosis y del nominalismo.
 Lo que al desacralizado le parece mojigatería o hasta superstición, no lo es de ninguna manera para el hombre religioso.
Cuando la pérdida de la religiosidad alcanza a los mismos religiosos, y la desacralización a "la vida consagrada", se produce algo así como la irrupción de la abominación de la desolación en el lugar sagrado, con la pérdida consiguiente de identidad. Los que habían hecho profesión de buscar la perfección de la caridad por los caminos de la obediencia no saben ya quiénes son, ni lo saben los que, entre ellos, ofician de superiores. Esto da lugar por un lado a insinceridades en la sujeción y por otro a abusos y arbitrariedades en el mando; por un lado a actitudes de tiranía y dominación, por el otro a actitudes de adulación o de cinismo, de rebeldía o de huída. Por ambos extremos, a profanaciones de la libertad consagrada.
Tales abusos ponen por fin en crisis la institución misma de la autoridad y el gobierno. Por esos caminos, algunos religiosos han dado en vivir en "comunidades sin superior". De aquellos polvos vienen estos lodos. Sin sentido de la sacralidad de la obediencia consagrada, ésta no se mantiene. Profanada, se desvirtúa, tanto en la vivencia del súbdito como en la del que ejerce la autoridad.
Siendo la obediencia religiosa una forma de la caridad que desciende del Padre, se aplica a ella lo que se dice de la Caridad. Y lo primero, es que la relación de obediencia, requiere una relación de cierta simetría y reciprocidad espiritual, en lo referente a la actitud religiosa de súbdito y superior.
Observa atinadamente Santo Tomás que: "no basta la benevolencia (querer el bien del otro) para que se pueda hablar propiamente de amistad (=caridad), sino que se requiere la reciprocidad de amor; porque el amigo debe ser amado del amigo. Y esta benevolencia recíproca se funda en alguna comunicación" (Sto. Tomás de Aquino, Summa Theol., 2ª 2ae, q.23, art.1 c.). O, para decirlo en palabras de San Ignacio: "el amor consiste en comunicación de las dos partes, es a saber, en dar y comunicar el amante al amado y el amado al amante" (EE 231).
Lo que se comunican superior y súbdito en la relación de caridad que es la obediencia es precisamente sus voluntades sumisas a Dios. El superior ofrece una voluntad sumisa a la de Dios y que preceptúa y el súbdito retribuye con una voluntad sumisa a Dios y que acata. Así ambos se comunican su amor a Dios.
El deterioro de la relación de obediencia (sumisión-mando) religiosa puede ser bilateral o unilateral, simétrico o disimétrico.
El deterioro es bilateral y simétrico, cuando afecta tanto al súbdito como al superior, secularizados, y que han perdido, en diferentes grados, el espíritu religioso.
El deterioro es unilateral o disimétrico, cuando uno de los dos quiere vivir religiosa y sobrenaturalmente su consagración, pero no encuentra en el otro la necesaria reciprocidad. Estas situaciones son particularmente dolorosas y conflictivas para la parte fiel, superior o súbdito, según los casos. Esto se ve ejemplificado en la vida de los santos. Santa Teresa, por ejemplo, sufrió como reformadora en conventos imposibles de reformar, el drama del superior desobedecido o no reconocido. San Juan de la Cruz, sufrió el drama del súbdito de superiores inflexibles.
¿Es posible vivir la obediencia en sus vertientes de sumisión o de mando en estas condiciones? Sí. El ejemplo de Jesús y de los santos nos lo demuestra: es posible vivir la caridad aún cuando no se encuentra la respuesta de una recíproca benevolencia. Pablo lo recalca en el himno de la Caridad, que se puede cantar asimismo a la Obediencia: "La obediencia, -ya sea la que manda ya sea la que se somete-, es paciente, es benigna, no es envidiosa, no es jactanciosa, no se hincha, no es descortés, no es interesada, no se irrita, no piensa mal, no se alegra de la injusticia, se complace en la verdad, todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta" (Cfr. 1 Cor 13,4-7).
En la actual crisis de la cultura religiosa, no es fácil comprender qué es la consagración. Aunque se siga usando la palabra, ya no se vive, en muchos casos, la realidad que ella nombra. Es significativo que la palabra consagración, que aún mantiene cierta fuerza significativa para denominar la consagración religiosa, haya perdido prestigio cuando se refiere a las tradicionales consagraciones piadosas (al Sagrado Corazón, o a la Virgen). En ese plano ha aparecido una resistencia tanto al uso de la palabra como a la realidad nombrada. Donde la realidad se mantiene, se prefiere hablar hoy de entrega, en un esfuerzo por recuperar la capacidad expresiva y el contacto con la realidad.
El problema de la falta de vocaciones viene de ahí. Muchos religiosos/as, aunque mantengan la continuidad de un discurso verbal, ya no trasmiten los meta mensajes, por no decir los buenos ejemplos, que le dan eficacia a las palabras. Hoy tampoco es popular hablar de buen ejemplo. Meta mensaje viene a decir lo mismo que buen ejemplo, pero en forma quizás más potable para el actual paladar.
Lo que agrega la consagración a Dios al ya altísimo valor y dignidad de la libertad, lo percibe el alma religiosa. Es un acto de la virtud de religión. La religión es una virtud moral. Y esta distinción es necesaria para distinguir entre los que siguen usando el discurso cristiano sin esa virtud y los que la viven aún cuando no sepan decir mucho acerca de ella.
Lo que se ofrece a Dios, lo que pasa a pertenecerle, es: sagrado. Ya no está destinado a fines profanos, por más altos, dignos y nobles que puedan ser en sí mismos. Pertenece a los fines del Reino y no a los fines propios.
La voluntad consagrada está destinada a unirse a la de Dios. Ya no pertenece a hombres. No pertenece al que la ha entregado, quien no puede recobrarla para sí sin sacrilegio, porque arrebataría lo que ya no le pertenece a él sino a Dios. Pero la libertad del súbdito tampoco pertenece al superior. Este, en efecto, está también sometido a la voluntad de Dios y no puede abusar de una voluntad consagrada sin, de alguna manera, incurrir en sacrilegio por la profanación de algo consagrado, o sea apoderándose humanamente de la voluntad del súbdito para planes y fines humanos, no conferidos religiosamente con Dios.
El camino obediente de San Ignacio de Loyola resulta así particularmente iluminador para orientarnos en las problemáticas situaciones que nos plantea la obediencia en esta época secularista en la que nos ha tocado vivir.


Horacio Bojorge S.J.