En la escena del Nacimiento de Jesús, como nos la relata Lucas 2, 1‑20, vamos a considerar, poniéndolos a la luz del contexto de la teología de las Guerras de Yahveh en el Antiguo Testamento, cuatro elementos: 1) la Noche; 2) el Grito; 3) El Canto de los ángeles 4) la adoración de los pastores. Como sabemos todo el Antiguo Testamento contiene y prefigura al Nuevo y se manifiesta plenamente en él. Las Guerras de Israel, prefiguran la Guerra final del Dios-Amor.
1) La Noche
Un Antiguo texto del judaísmo palestinense, conocido como Targum Neophyti Éxodo 12, 42 dice que hay cuatro grandes noches en que Dios actuó:
1) La primera noche es la noche de la Creación, en medio de la cual dijo: "hágase la luz";
2) La segunda noche es la de la Promesa y Alianza con Abraham: cuando le dijo "cuenta si puedes las estrellas" (Génesis 15, 5);
3) La tercera noche es la noche de la liberación de Egipto y de la Pascua, cuando Yahveh dijo "Yo pasaré durante esta noche" (Ex. 12, l. 29‑31. 42) y
4) La cuarta noche es la noche de la Consolación de Israel o sea, la noche del Mesías[1].
2) El Grito
El antiguo texto del judaísmo palestino que hemos mencionado, datado en tiempos de Jesús, testimonia que se esperaba que el Mesías llegara de noche.
Los católicos celebramos dos noches mesiánicas, estrechamente unidas entre sí y que enmarcan toda la vida terrena del Mesías: Navidad y Pascua.
La misma convicción parece reflejarse en el libro de la Sabiduría 18, 14, que la Iglesia retoma en la liturgia de la Navidad y que nos orienta, como una clave, para penetrar en el misterio de aquella noche:
“Cuando un sosegado silencio todo lo envolvía y la noche se encontraba en la mitad de su carrera, Tu Palabra Omnipotente, como un implacable guerrero, saltó del cielo, del trono real, en medio de una tierra condenada al exterminio, empuñando como cortante espada, tu decreto irrevocable” (Sab. 18, l4‑15).
La palabra de Dios parece haber tenido predilección por hacerse oír en la noche. Quizás porque a esas horas, los hombres duermen y callan. Como palabra creadora, como palabra de Promesa y Alianza, como palabra liberadora de la esclavitud de Egipto, como palabra o grito mesiánico de victoria definitiva.
Naturalmente, en esa noche de la Navidad, el hombre sólo oye el primer vagido de un niño recién nacido. Pero la madre Iglesia (las madres saben comprender el significado del llanto de los niños) nos explica que se trata de un grito de guerra, de un grito de victoria de Dios.
Comprobamos que la victoria de Dios y el signo del parto virginal, van juntos.
¿Guerra de Dios? se preguntará alguno con extrañeza.
¡Sí! Dios es amor y empeña una guerra contra el Príncipe del desamor, y contra todo desamor.
El amor de Dios ha triunfado sobre todo desamor por su Hijo hecho hombre.
Dios vence y vencerá.
Por eso puede decirnos la siempre Virgen María: "Mi Corazón Inmaculado triunfará". Su descendencia aplasta la cabeza de la Serpiente:
"Todo el que ha nacido de Dios vence al mundo. Y Lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe. Porque ¿quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?" (1ª Juan 5, 4-5)
Concepción y parto virginales
No soy yo quien desdobla, por arbitraria iniciativa propia, el misterio de la Encarnación virginal del Verbo en dos misterios: 1) concepción virginal y 2) parto virginal. Es nada menos que San Ignacio de Antioquía quien le da su propio relieve al misterio del parto, al misterio de la Navidad, incórporándolo a una terna, que es una trilogía de signos de victoria:
"Y quedó oculta al príncipe de este mundo la virginidad de María y el parto de ella, del mismo modo que la muerte del Señor: tres misterios sonoros que se cumplieron en el silencio de Dios” (Carta a los Efesios. XIX, 1 ).
3) El Canto de los Ángeles
En el momento en que el Verbo de Dios se abalanza como un guerrero hacia la Ciudad de los hombres, un coro de Ángeles se aparece a unos pastores, con un mensaje de Paz. ¿Es esto, acaso, coherente con una escena de guerra santa?
¡Lo es, si consideramos qué tipo de guerra es ésta: la guerra del amor de Dios contra el desamor en la tierra!
Leemos en el libro del Deuteronomio 20, 10, en el contexto de un Reglamento de la Guerra Santa, prefigurativa de la guerra final del Amor y del Verbo: “Cuando te acerques a una ciudad para atacarla, le prepondrás la paz. Si ella te responde con la paz y te abre sus puertas, todo el pueblo que en ella se encuentre te deberá el tributo y te servirá. Pero si no hace la paz contigo y te declara la guerra, la sitarás” (Dt. 20, 10‑12).
¡Ay de los que en esta noche no escuchan el ultimatum del Amor de Dios!
Durante su vida pública, Jesús envió a sus discípulos a predicar, con un Reglamento del Apóstol muy semejante: anunciar la paz, sanar enfermos, expulsar demonios, comer lo que le den, sacudir sus sandalias donde no los reciben.
Pero Jesús, Rey ya pero recién nacido, incapaz de hablar aún, no puede todavía conminarle al desamor humano el ultimatum del amor divino - que prefiguraba el que prescribe el Deuteronomio -, a un mundo que ha cerrado las puertas de las posadas a sus padres y los somete al tributo del César, . Pero en su nombre, los Ángeles, según el ritual de la guerra de Dios, nos ofrecen la paz. Rindámonos al Amor que nos conmina.
4) La Adoración de los Pastores
A la conminación de los Ángeles, los pastores responden con el tributo correspondiente. La piedad cristiana los representa, en los pesebres, trayéndole al niño sus dones humildes: corderitos, leche de cabra u oveja. El texto de Lucas no habla de dones materiales. Nos refiere el pago de un tributo que es más importante para Dios. ¿Qué le ha quitado a Dios el hombre, que deba devolverle y darle como tributo debido al Soberano? Exactamente lo que los pastores le dan, aceptando el ofrecimiento de la paz y del beneplácito divino: "se volvieron glorificando y alabando a Dios” por su Amor y su bondad.
El Signo de la Cruz
En las guerras santas Dios daba a sus guerreros un signo de victoria, para que no temieran en el combate. Porque el miedo es al amor derrotado. Y al revés, el amor victorioso, exorciza al miedo (1ª Juan 3, 4, 18).
En el pesebre, los pastores habían encontrado El Signo, La Señal que les anunciaran los Ángeles: “y esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre “.
“La Señal del cristiano es la Santa Cruz” nos enseñaron a responder en el catecismo. Es nuestro signo. Signo de la victoria de Cristo. Signo oculto al enemigo, príncipe de este mundo.
San Ignacio de Antioquía pone el signo de la Cruz en una relación de triada con los de la concepción y el parto virginal. Y tenía para ello una profunda razón.
Cristo no podría haber triunfado en la Cruz, si no hubiera asumido nuestra carne. Y eso sucedió por la Encarnación y el Nacimiento. Según observa San Hilario de Poitiers, comentando el combate de Jesús con el demonio, en la escena de las Tentaciones en el Desierto:
“El diablo debía ser vencido, no por Dios, sino por la carne, y a³n a esa carne no habría osado tentarla, si no hubiera reconocido en ella lo que es propio del hombre: la debilidad del hambre” (Comm. in Matt. 3, 2. 2; SC. 254, p. 115).
La carne de Cristo, parece ser el elemento unificador, mediante el cual San Ignacio de Antioquia asocia en terna los tres misterios, y también en honor de esa carne existe la Vida Religiosa: “los que pueden permanecer en castidad en honor de la carne del Señor” (Ad. Polic. V, 2).
Muchas veces, los dichos de los Santos Padres, nos encaminan para una mejor comprensión de las Escrituras. La carne de Cristo es el Gran Signo, es el Signo primordial de todas las realidades divinas. El que lo ve, ve al Padre, el que lo escucha, escucha al Padre, el que lo desprecia, desprecia al Padre. La carne de Cristo es también el Signo que visibiliza al Espíritu Santo, el cual está en plenitud en Él. La carne de Cristo es el Templo que es morada visible de la Divinidad. La carne de Cristo es el estandarte que divide los ejércitos del amor de los del desamor y el odio Es, como dice San Simeón: signo de contradicción.
Los cristianos siguen a Cristo en su carne, hoy glorificada. Y es su carne la que les permite ponerse en su seguimiento. Quizás así deban explicarse las afirmaciones enigmáticas de San Ignacio de Antioquía “convertíos en nuevas creaturas por la fe, que es la carne del Señor, y por la caridad que es la sangre de Jesucristo” (Ad. Tral. VIII, 1).
Esa carne de Cristo está signada. Siendo el Gran Signo, está marcada principalmente por su origen y su condición virginal, expresión de su unión con Dios. Dios signa lo que asume .
[1] Targum Neophyti Éxodo I2, 42. Los Targumes son traducciones arameas del Antiguo Testamento hebreo que se ofrecían en la sinagoga a los judíos que ya no entendían la lengua hebrea. El Tárgum Neophyti, descubierto por el P. Alejandro Diez Macho y publicado por él contiene una traducción datable en Palestina y contemporánea de Cristo. Es lo que los judíos contemporáneos oían en la Sinagoga. De ahí la importancia de sus glosas, para iluminar aspectos de la enseñanza de Jesús en el Nuevo Testamento.